Cirque Du Freak:la Asistente del Vampiro

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Capítulo 12: Quiere Unirse Al Cirque

Pov Becca

Sam pensó que la serpiente era lo más fabuloso que había visto nunca. No le tenía ningún miedo y no dudó en enroscársela alrededor del cuello como si fuera una bufanda. Hizo muchas preguntas: cuánto medía, qué comía, de dónde procedía, lo rápido que podía moverse...

Evra respondió a todas las preguntas de Sam. Era un experto en serpientes. No había nada que no supiera sobre el mundo de las serpientes. ¡Incluso le pudo decir a Sam muy aproximadamente cuántas escamas tenía la serpiente!

Después ofrecimos a Sam un tour guiado por todo el campamento. Le
llevamos a ver al hombre-lobo (Sam se quedó muy quieto ante la caravana del peludo hombre-lobo, completamente intimidado por la. criatura que gruñía en su interior). Le presentamos a Hans el Manos.

Luego nos topamos con Rhamus Dostripas ensayando su número. Evra
le preguntó si podíamos mirar y Rhamus nos lo permitió. Los ojos de
Sam casi se salían de sus órbitas mientras contemplaba a Rhamus
masticando el cristal y reduciéndolo a pedacitos, tragándoselo,
recomponiéndolo en su estómago, regurgitándolo y sacándolo nuevamente por la boca.

Pensé en ir en busca de Madam Octa para enseñarle a Sam algunos de los trucos que podía hacer con ella, pero no me sentía muy bien. La ausencia de sangre humana en mi dieta me estaba debilitando: me rugían las tripas por mucho que comiera, y a veces me sentía mareada o tenía que sentarme repentinamente. No quería desmayarme o marearme mientras la tarántula estuviera fuera de su jaula; sabía por experiencia lo mortífera que podía llegar a ser si perdía el control sobre ella aunque sólo fuera por un par de segundos.

Sam se habría quedado para siempre, pero estaba oscureciendo y yo sabía que Mr. Crepsley despertaría pronto. Evra y yo teníamos cosas que hacer, así que le dijimos que ya era hora de que regresara a casa.

-¿No puedo quedarme un poco más? -suplicó.

-Tu madre te estará esperando para cenar -dijo Evra.

-Podría comer con vosotros -repuso Sam.

-No hay bastante comida -mentí.

-Bueno, de todas formas no tengo hambre -replicó Sam-. Ya me he comido casi toda la cebolla picada.

-Quizá pueda quedarse -dijo Evra. Le miré, sorprendida, pero me hizo un guiño para hacerme ver que no hablaba en serio.

-¿Puedo? -preguntó Sam, con una sonrisa extasiada.

-Claro -dijo Evra-. Pero tendrás que ayudarnos con nuestras tareas.

-Haré lo que sea -aceptó Sam-. No me importa. ¿Qué hay que hacer?

-Hay que darle de comer al hombre-lobo, y luego bañarlo y cepillarlo -respondió Evra.

La sonrisa de Sam se desvaneció.

-¿Al ho-ho-hombre-lo-lo-lobo? -preguntó, nervioso.

-No pasa nada -dijo Evra-. Se queda muy tranquilo cuando ha
comido. Casi nunca muerde a sus cuidadores. Si intenta atacarte, mantén la cabeza lejos de su boca, y métele un brazo hasta la garganta. Es mejor perder un brazo que la...

-¿Sabéis? -se apresuró a decir Sam-. Creo que tengo que volver a casa. Mi madre dijo algo sobre unos amigos que vendrían esta noche.

-Oh. Es una pena -sonrió Evra.

Sam se dio la vuelta, mirando hacia la jaula del hombre-lobo. Parecía triste por tener que irse, así que le llamé.

-¿Qué vas a hacer mañana? -le pregunté.

-Nada -dijo.

-¿Quieres venir por la tarde y pasarla con nosotros?

-¡Sí! -respondió Sam de inmediato, y luego hizo una pausa-. No tendré que ayudar a dar de comer y bañar al... -Tragó saliva sonoramente.

-No -dijo Evra, sonriendo todavía.

-Entonces, aquí estaré. ¡Os veo mañana, chicos!

-Hasta mañana, Sam -respondimos a la vez.

Nos dijo adiós con la mano, se dio la vuelta y se fue.

-Sam es guay, ¿verdad? -le dije a Evra.

-Es un buen chico -convino Evra-. Un poco sabihondo, y un cobardica, pero aparte de eso, es guay.

-¿Crees que encajaría aquí si se uniera al espectáculo? -pregunté.

Evra soltó un resoplido sarcástico.

-¡Como un ratón en una casa llena de gatos!

-¿A qué te refieres? -inquirí.

-Esta vida no es para cualquiera. Unas cuantas semanas lejos de su
familia, limpiando retretes y cocinando para treinta o cuarenta personas... Acabaría corriendo por las colinas.

-Nosotros nos las arreglamos bien -dije.

-Nosotros somos diferentes -replicó Evra-. No somos como el resto de la gente. Estamos hechos para esto. Cada persona pertenece anun lugar, y éste es el nuestro. Estamos destinados a...

Se detuvo y frunció el ceño. Estaba mirando algo allá en la distancia, sobre mi cabeza. Me volví para ver qué le preocupaba. Durante unos
segundos no pude distinguir nada, pero luego, a lo lejos, aproximándose entre la arboleda desde algún lugar hacia el este, vi la luz parpadeante de
una antorcha encendida.

-¿Qué es eso? -pregunté.

-No estoy seguro -dijo Evra.

Contemplamos durante unos minutos cómo se acercaba la antorcha.

Vi figuras moviéndose entre las ramas de los árboles. No podía decir cuántas eran, pero había al menos seis o siete. Entonces, mientras avanzaban bajo los árboles, vi quiénes eran, y se me puso la carne de gallina en el cuello y los brazos.

Eran aquella gente pequeñita de las capuchas azules que Steve y yo habíamos visto la noche de la función, los que ayudaban a vender las golosinas y los juguetes al público y echaban una mano en las actuaciones. Me había olvidado de aquellos extraños ayudantes encapuchados. Ya habían pasado meses desde aquella noche, y tenía muchas otras cosas en las que pensar.

Salieron de los bosques en parejas, una tras otra. Conté doce en total, aunque había un decimotercer miembro, una persona algo más alta que caminaba detrás de los demás. Era quien que portaba la antorcha.

-¿De dónde vienen? -le pregunté a Evra en voz baja.

-No lo sé -respondió-. Abandonaron el espectáculo hace unas semanas. No tengo ni idea de a dónde fueron. Suelen ser muy
reservados.

-¿Quiénes son? -pregunté.



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En el texto hay: vampiros, circo, romance

Editado: 04.07.2019

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