Ciudades de Humo #1

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Capítulo 2

Había pasado una semana desde su charla.

Seguía sin poder dormirse. Había estado durante horas tumbada en la cama, mirando al techo. Aunque era imperceptible, tenía la sensación de clavarse el revólver en la espalda a través de colchón. Estaba segura de que todo el mundo vería que lo tenía y en cualquier momento entrarían en la habitación los guardias de las puertas y la llevarían con su padre, para castigarlos a ambos. Incluso podía ver la malévola —y a la vez entrañable— sonrisa del padre Tristan mientras ordenaba a los guardias que se los llevaran a la sala de los castigos —que, aunque no había entrado en ella, estaba segura de que no era agradable.

Se tumbó del otro lado y se quedó mirando la cama de su compañera, 42. Ella dormía profundamente, con el pelo rubio desparramado por la cama. Alice también tenía el pelo muy largo, estaba modificado para no crecer. Había oído que en algunas partes se cortaba el pelo de las chicas como castigo, como una pérdida de su feminidad, aunque no lo entendía. ¿Qué tenía que ver el pelo con eso? Se suponía que seguían teniendo rasgos femeninos.

42 suspiró y murmuró algo en sueños. Se conocían desde el día de su creación, que había sido simultáneo, pero con diferentes padres. Según lo que sabía Alice, había sido dos años atrás, pero en su memoria sentía como si hubiera vivido sus diecisiete años.

Nunca habían hablado de nada que no fuera el tiempo o el ambiente. En realidad, con el único con el que podía hablar realmente era con su padre. Se preguntó hasta qué punto podía confiar en ella y se giró hacia el otro lado, frunciendo el ceño. ¿Debía decirle que corría peligro? No, su padre le había dicho que no lo hiciera.

Justo en ese momento, escucho un pequeño ruido del exterior. Su ceño se profundizó. Apenas había sido un susurro, pero lo había oído. Y nunca había ningún ruido cuando daban el toque de queda. ¿Había alguien despierto a esas horas? Quizá era una madre vigilando los pasillos.

Intentó ignorarlo con todas sus fuerzas, pero justo en ese momento volvió a escuchar el ruido, esta vez más insistente, y estaba detrás de la puerta del pasillo. Sintió que se le erizaba el vello de todo el cuerpo y se incorporó inconscientemente.

—¿43?

Dio un respingo ante el susurro de su compañera 42, que la miraba con los ojos muy abiertos. Se había despertado.

—¿Qué haces? —susurró, asustada.

—¿Lo has oído? —preguntó Alice en un susurro, también.

Ella negó con la cabeza con tanta rapidez que Alice supo que mentía. En un momento de pura curiosidad, dejó los pies colgando de la cama y se puso de pie. Pareció que a 42 iba a darle un infarto en cualquier momento. Se incorporó también.

—¡No puedes levantarte de la cama durante el toque de queda! —susurró, siguiéndola.

—No, he oído un ruido —Alice empezó a caminar lentamente hacia la puerta.

—¿Y qué? No te preocupes, encontrarán al que lo haya causado. No es...

Pero la interrumpieron unos claros pasos alejándose por el pasillo, y el sonido de la puerta del pabellón del fondo abriéndose de un portazo. Las habitaciones estaban insonorizadas, por lo que apenas se había oído. Los demás seguían durmiendo.

—¿Q-qué ha sido eso? —preguntó 42, temblorosa.

—Alguien entrando en la otra habitación —susurró ella.

Y, sin pensarlo demasiado, abrió la puerta solo para ver a través de una rendija y se asomó. Con sorpresa, vio que 42 también se asomaba, justo debajo de ella. Quizá la curiosidad era más poderosa que el miedo, después de todo.

El pasillo estaba oscuro, pero sus ojos estaban adaptados a la oscuridad, así que un pequeño escudriño fue suficiente para ver la silueta de tres hombres vestidos de negro que llevaban... ¿qué era eso? Parecía un saco. Frunció el ceño cuando vio que tiraban el saco al suelo y uno de los hombres levantaba algo que llevaba en los brazos y lo apuntaba. Cuando vio lo que era, cerró la puerta de golpe, justo a tiempo para que el disparo apenas se escuchara en la habitación. No era un saco.

—¿Eso era...? —preguntó 42 entrecortadamente.

—Eso creo —y la miró un momento, su corazón iba a toda velocidad, no podía pensar—. Tenemos que irnos.

—¿Qué?



juju1255

Editado: 10.12.2018

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