Ciudades de Humo #1

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Capítulo 24

Jake ahogó un grito cuando uno de los hombres los apuntó con la pistola al instante. 

Alice se quedó paralizada.

—¡Mierda! —soltó el otro, sacando también su pistola y apuntándolos—. ¡De pie! ¡Vamos!

Jake miró a Alice, esperando que ella supiera qué hacer. Tras unos segundos, Alice se puso de pie lentamente. Jake la imitó con la misma cara de aterrorizado que antes. No sabía cuál de los dos tenía más miedo.

—¿Estáis solos? —preguntó el mismo hombre.

—Sí —le dijo ella enseguida.

—Acercaos. Lentamente.

Obedecieron. Alice agachó la cabeza inconscientemente. Si eran de la capital de los rebeldes, de Ciudad Capital, la buscaban a ella. ¿Sería por eso que estaban en la ciudad?

—¿Qué hacemos? —preguntó el otro hombre, sin dejar de apuntarlos.

—Pregúntale a Giulia. Ella sabrá qué hacer.

El aludido se llevó una mano a la cabeza y pulsó un botón de algo que llevaba en la oreja. Sin dejar de pulsarlo, empezó a hablar.

—Tenemos a dos extraviados. Una chica joven y un niño de unos... doce.

—Trece —susurró Jake.

—Cállate —le exigió el otro hombre.

El que estaba hablando con Giulia escuchó unos instantes.

Después, se quedó mirándola a ella.

—Unos... ¿diecinueve? Diría que poco menos de un metro setenta. Sí... delgada. Pelo oscuro, ojos... —silencio—. Muy bien.

Asintió con la cabeza a su amigo, que se acercó a ellos.

Alice dio un paso hacia delante cuando vio que uno agarraba a Jake por el brazo y lo empujaba hacia la puerta, clavando una pistola en su cabeza.

—Andando.

—¡Alice! —él parecía aterrorizado.

Ella intentó acercarse a ellos, pero alguien la sujetó por el cuello y la tiró al suelo con ridícula facilidad. Cuando intentó ponerse de pie, lo primero que notó fue que el hombre la sujetaba contra el suelo y que le levantaba la camiseta.

—Mierda —masculló.

Oh, no.

Ella bajó la mirada y vio el enorme 43 en su estómago. El hombre se quedó mirándola unos segundos, incrédulo, y después se llevó la mano a la oreja.

—¿Giulia? Creo que...

Alice, por puro impulso, se abalanzó sobre él, le arrancó el auricular y lo lanzó al otro lado de la habitación. Durante unos segundos, se quedaron mirando el uno al otro, cada uno más sorprendido que el anterior.

Entonces, el hombre la apuntó a la cabeza con la pistola. Ahora ya sabía que, aunque disparara, Alice no moriría. Ella se apartó por impulso, y el ruido del disparo hizo que en su oreja solo se escuchara un pitido insoportable durante unos segundos. Su pobre tímpano...

Se consiguió arrastrar lejos de él, buscando cualquier cosa que pudiera lanzarle. La primera opción fue un bote lleno de un líquido rosa que no hacía muy buena pinta. El hombre lo esquivó con ridícula facilidad antes de volver a disparar. Esta vez, el disparo casi le rozó el hombro.

Alice consiguió ponerse de pie y agarrar otro bote de cristal. Esta vez le apuntó en el estómago y acertó. Mientras el hombre se doblaba de dolor, se lanzó sobre él e intentó quitarle la pistola. Pero él, con una sola mano, consiguió forcejear con ella durante unos segundos, mientras Alice sudaba por conseguir que no la apuntara con ella.

Parecía que había pasado una eternidad cuando el hombre la empujó con fuerza y volvió a disparar.

Notó el segundo exacto en que la bala le rozó el brazo.

Se quedó tumbada en el suelo apenas un segundo en el que su visión se quedó blanca y no pudo oír ni sentir nada que no fuera una oleada de dolor punzante que iba en un aumento vertiginoso.

—Siempre en el mismo brazo —masculló, mareada.

Se sujetó el brazo con la otra mano y miró al hombre, que ya estaba de pie encima de ella, apuntándola a la cabeza. Alice apretó los labios. No había nada ya que pudiera hacer. Iban a llevársela otra vez. Era un hecho. La desconectarían.

Y quién sabía lo que les harían a los demás.

Solo el pensarlo le dolió más que cincuenta balazos.

Solo hacía un segundo que la apuntaba a la cabeza, pero fue en ese preciso instante cuando Alice escuchó un gruñido y vio que el hombre caía al suelo a su lado, retorciéndose.

No entendió nada hasta que vio que Trisha estaba sobre él, intentando neutralizarlo con todas sus fuerzas. Alice se puso de pie torpemente, mirando la situación medio mareada por el disparo y por el contexto en sí.

—¡Alice, la pistola! —le gritó Trisha urgentemente.

Ella clavó la mirada en la pistola, que había resbalado de la mano del hombre. Se apresuró a cogerla con la mano buena, que por suerte era la derecha, y apuntó al hombre. El problema era que no dejaba de moverse con Trisha, y no quería arriesgarse a dispararle a ella.



juju1255

Editado: 10.12.2018

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