Cobradores de tiempos.

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I


Introducción
 


Daniel, se levantó con desazón del suelo, sin saber cómo había acabado cayéndose del asiento contiguo al mostrador y totalmente aturdido logró incorporarse. 
Pensó por un instante, que debía haber tenido un problema de salud y le resultó una situación bastante compleja. Tenía la sensación de que no podía confiar en su cuerpo y se sentía asustado ante la posibilidad de desfallecer para no volver a despertarse. 
Pero cuando estuvo en pie, apoyó las manos sobre el mostrador, alzó la mirada y descubrió algo inusual y desconcertante. 
Todos los asistentes yacían en las gradas, junto a sus asientos. Las personas se agrupaban en los estrechos huecos que quedaban entre cada plaza. Algunos prevalecían sobre ellas, inconscientes e incluso, logró visualizar a algunos individuos sobre otros. 
La presentadora se había caído de su silla y yacía junto a la curvada mesa, así como Aura y el resto de los invitados. 
Atolondrado se dirigió hacia Aura, y se dejó caer de rodillas junto a ella. La agitó tantas veces como pudo, sin obtener el más mínimo movimiento por parte de su mujer. Hizo una mueca de desesperación y comenzó a notar secreción fría impregnado su frente y asilas. 
Se puso en pie y se tambaleo hasta hallar un teléfono. Cuando descolgó se percató de que no había señal. 
Miró a sus alrededores, observando movimiento en el área reservada para el público.

—Ayuda... —susurró casi al unísono, era incapaz de gritar. Las palabras rondaban por su cabeza aunque no podía pronunciar apenas un par de letras.

Miró a todas partes girando en sí mismo, aterrado, se detuvo tras contemplar a su esposa mirándole finamente a pocos metros de él. Su tez era pálida, tenían una mirada distante, parecía completamente vacía. Bajo la tenue luz de un tono azulón que proyectaban los focos todavía encendidos, pudo distinguir como una sonrisa se dibujaba en su rostro. No era común esa expresión en el rostro de Aura, era como si hubiera perdido por completo la cordura.

—Aura... ¿Estas bien? —le preguntó e hizo ademán de acercarse, pero ella se adelantó.

Se abalanzó corriendo hacia él y agarró las mejillas de Daniel con las uñas. Penetró en la piel con todas sus fuerzas mientras intentaba meterte el dedo pulgar de ambas manos en los ojos. Daniel forcejeó con fuerza hasta empujarla y hacerla caer contra el mostrador. Jamás había golpeado a su mujer, pero en aquel instante el instinto de supervivencia le impulsó a protegerse.
Salió corriendo mirando hacia atrás varias veces, pudo observar con espanto como todas aquellas personas le perseguían con intención de golpearlo. Debía salir de allí deprisa. Cerró cada batiente que cruzó e intentó llegar hasta el aparcamiento.

Bod estaba recostado sobre un colchón que había hallado en un contenedor y había colocado en la casa abandonada, cuando escuchó la explosión. Abrió los ojos de golpe y dio un salto en sí mismo. 
El estruendo sonó cercano e intenso, pero fueron más alentadores los sonidos que escuchó después. Gritos, alarmas de vehículos, golpes fuertes, disparos e incluso el sonido de vehículos colisionado. 
Se levantó deprisa pese a su minusvalía en la pierna derecha y caminó con avidez hacia la entrada de la vivienda. 
Estaba próxima al río Bronx, en una zona bastante turbia pero céntrica. Cuando salió observó con espanto una ciudad catastrófica. 
El humo negro se elevaba, aunque el fuego se encontraba a varias manzanas, era perfectamente visible. Había seres humanos en el asfalto, algunos habían sido atropellados, otros parecían dormidos, sin presentar ninguna magulladura. 
Abrió los ojos como platos ladeando la mirada.

—¡Es el fin del mundo! —le gritó un tipo que lo agarró con fuerza de la rebeca de lana que vestía—. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Dios viene a por nosotros!

Aquel hombre estaba desquiciado. Tenía los ojos muy abiertos y la gesticulación que presentaba era familiar para Bod. 
Podía distinguir que era un adicto, probablemente había consumido drogas recientemente y los efectos proseguían en su organismo. La tez de su faz se ceñía a los huesos dándole un aspecto consumido y enfermizo.

—¡Llena tus bolsillos de comida y escóndete! —lo soltó y comenzó a correr—. Nosotros somos los primeros en caer.

Se alejó corriendo como alma que llevaba el diablo. 
Bod pensó que tenía razón. De nada serviría permanecer allí mirando la catástrofe. No podía permitir que el pavor escribiera su destino. Quería vivir, aquello fue lo único que pudo pensar. 
Entró nuevamente en la casa y deprisa recogió sus escasas pertenecías. Tenían una mochila vacía que pensaba llenar de alimentos y luego buscaría un lugar seguro.
Salió con avidez de la vivienda abandonada y entró en el establecimiento comercial más cercano, donde comenzó a recoger todos los productos alimenticios que pudo cargar. 
Cuando salió, más de un centenar de personas se agrupaban al final de la calle.
Bod iba a acudir a ellos para hallar una explicación coherente acerca de lo que había sucedido. Dio un par de pasos, antes de escuchar los gritos de una macabra escena. Aquel tipo, que pocos minutos antes lo había agarrado de la rebeca, había sido acorralado y la muchedumbre lo golpeaba sin piedad. Sus alaridos eran escasos y se fueron apagando mientras Bod huía utilizando todas sus fuerzas para mantener su pierna derecha firme. 
Tras declinar en una bocacalle, se detuvo para analizar una posible escapatoria. Frente a él, había material de obra, parecía que habían estado reparando algo en los túneles del alcantarillado. 
Bod se acercó a la arqueta que dejaba una abertura a la escalera que descendía bajo tierra. Se inclinó y apartó la pesada tapadera de hierro, descubriendo por completo aquella escalera oxidada. 
Descolgó la mochila de su espalda y la arrojó al oscuro agujero, acto seguido, se enganchó de la escalera y comenzó a descender. 
Antes de perderse en la penumbra, arrastró la arqueta con la mano que le quedaba libre, utilizando todas sus fuerzas para tapar el acceso a los túneles.



The Jewel 92

Editado: 01.09.2019

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