Cobradores de tiempos.

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III

 

 

Toda criatura viva teme a la muerte, sin embargo, el ser humano suele intentar lidiar con el miedo imaginando un final agradable. Alejado del día en el que vive, quizás a los noventa años, rodeado de hijos adultos e independientes. Agarrando la mano de un cónyuge, con el que cada mirada va ligada a un hermoso recuerdo de la juventud. Bod sabía que jamás tendría un final similar, que ya no gozaría del placer de la compañía, ni tendría una residencia cálida en la que morir de viejo.

Tenía claro que algún día su corazón cansado cedería ante el maltrato que había recibido durante toda su vida. Que moriría solo, en un rincón de cualquier lugar abandonado y que encontrarían su cuerpo putrefacto semanas después. Lo que nunca presagió es que moriría a golpes por una muchedumbre enferma que abrazaba con fuerza el final de los tiempos.
Giró la cabeza cuando escuchó rozar dos hierros, tras el doble batiente del club nocturno. Abrió los ojos como platos cuando las puertas se abrieron y un hombre se asomó con precaución. Acto seguido, lo llamó con ímpetu utilizando la mano. Bod no vaciló un segundo, se apresuró sin reparos con avidez hacia el interior.
El hombre se apartó y permitió a Bod sumergirse en la penumbra que se ceñía en el interior.
Con movimientos rápidos, comenzó a rodear las manivelas de la puerta con una cadena de hierro y las unió con un candado.
Cuando aseguró la puerta, se giró, sacó del bolsillo de su camisa blanca una pequeña linterna de mano. La encendió y alumbró hacia Bod.

—¿Armas? —Preguntó declinando su mirada celeste de hito a hito.

Bod tenía una navaja de siete mulleres oculta en uno de los compartimentos de la chaqueta campestre que vestía. Era un regalo de un viejo amigo y el utensilio que utilizaba para desmenuzar alimentos.
Demoró unos instantes antes de responder, aunque finalmente se declinó por la sinceridad, no quería jugarse su billete de salvación

—Solo esto —Bod metió la mano en el bolsillo, la sacó y se la mostró —. Es importante para mí, quisiera conservarla.

—Te la devolveré —afirmó el hombre, extendiendo la mano y agitando los dedos para que se la entregara.

—Espero que así sea —Bod se la dio. El hombre la guardó en el bolsillo trasero de sus vaqueros y volvió a extender la mano, esta vez como gesto amigable.

—Soy Daniel.

—Bod —ambos se dieron la mano.

—Dime algo Bod —Daniel sonrió y añadió: —¿Querías morir ahí fuera? Bod agachó su oscura mirada, dejó escapar un suspiro y pensó en qué muerte era mejor, morir de inhalación y sed, o ser destrozado por un montón de locos.

—Necesito agua y algo de comer —admitió sin levantar la cabeza.

—Pues estas de suerte —el hombre lo esquivó y comenzó a caminar alumbrando sus pasos con la resplandeciente luz de la linterna—. Sígueme, tengo algo de agua y comida abajo.

—¿Abajo?

—Aquí no es seguro, pero ten cuidado, este lugar es un verdadero vertedero —desvío el tema alejándose en la penumbra de aquel lugar.

Realmente el local estaba destrozado. Parecía que había sido azotado por un huracán.
Habían colocado tablas de madera en las ventanas, utilizando los estantes en los que posaban las bebidas. Dejando caer las botellas sobre la alfombra roja que cubría el suelo.
Bod imaginó que fue un intento desesperado para protegerse. Lo que conllevó al desastre.
Los taburetes contiguos a la barra yacían sobre el piso y pedazos de vidrios rotos parecían nacer bajo la suela de sus zapatos.
Ladeó la mirada observando el lugar, mientras Daniel se aproximó al interior de la barra donde los camareros debían pasarse largas horas sirviendo copas.
Se tratan de un local nocturno, donde hombres casados huían de sus monótonas vidas y por una noche hacían realidad sus fantasías más oscuras. Donde los jóvenes con la suficiente economía se agrupaban con amigos mientras miraban hermosas chicas bailando alrededor de un cañón vertical, con escasez de prendas que apenas cubrían la vajina.
Allí las mujeres eran el producto, los striptease eran el marketing y el dinero adquiría mayor valor que el del ser humano.
Bod sabía que había tenido que acabarse el mundo para poder entrar en un club como ese.
Antes el equipo de seguridad no le hubiera permitido ni acercarse a la puerta.

Daniel se detuvo tras la barra y esperó a que Bod estuviera cerca. Acto seguido, se agachó y tiró de una anilla, unida a una cadena, que abría la trampilla al sótano.

—Mi hija está ahí abajo —Daniel cerró los ojos unos segundos y dejó escapar el aire de sus pulmones por la nariz —. Dios... Espero que seas buena persona, porque esto que estoy haciendo podría ser el mayor error que he cometido.

Daniel abrió los ojos y su celeste mirada se cruzó con los oscuros ojos de Bod, quien no parecía ni parpadear.

—No soy una amenaza —afirmó con serenidad y esa voz ronca a causa de años fumando.

—Eso espero —concluyó Daniel aproximándose al borde y comenzando a bajar por las escaleras en las que apenas había amplitud para una persona.

Bod le siguió bajando tras él los peldaños, al final del estrecho corredor una luz anaranjada fijaba el final de las escaleras. Cuando cruzaron el umbral y accedieron a una habitación pequeña, cuadricular, con las paredes repletas de estantes.
Bod miró a su alrededor, visualizando una lámpara de gas que era nacimiento de luz que había visto antes. Junto a ella, una joven sentada sobre una manta gruesa de algodón. Cerca de la chica había dos mochilas, una de ellas era deportiva marca Nike, típica para cargar las pertenecías necesarias a la hora de ir al gimnasio. La otra era más infantil, con colores vivos y dibujos abstractos.

—¡Papá! —la adolescente se levantó con ímpetu —. ¿¡Quién es ese!?

—Tranquila Emily —le dijo Daniel acercándose mientra movía las manos como si estuviera botando un balón —. Es Bod. Se quedará con nosotros un rato hasta que las calles sean viables.

Emily Hamilton tenía apenas doce años, pero creía que su padre era mucho más ingenuo que ella. Era un hombre de buena fe, que trataba de ayudar a cualquier criatura en apuros, lo entendía. Comprendía que recogiera animales callejeros y tratara de darles un hogar. Aceptaba que los últimos tres años, todo su tiempo libre lo hubiera dedicado a ayudar a los más necesitados, como voluntario en alberges e incluso que hubiera viajado unas cuantas veces a países tercermundistas. Pero lo que no podía entender, era que hubiera metido a un vagabundo desconocido a su escondrijo.
La ley no existía, la humanidad estaba desesperada y él seguía anteponiendo a otros, antes que a su propia familia.
Quería gritar, estaba furiosa, nerviosa y asustada. Pero no hizo nada de eso, mantuvo la compostura y solo dedicó una mirada desafiante a Bod.

—Sabes que no esta bien —le dijo en voz baja, apretando la mandíbula mientras hablaba —. No es seguro traer gente desconocida.

—¿¡Crees que no lo sé!? —Daniel estaba furioso, no le gustaba alzar la voz.

—¡Pues entonces no te entiendo! —le espetó la adolescente.

—Dime una cosa Emily... Si echamos a este hombre—Daniel lo señaló con el dedo índice girando ligeramente el torso pero sin apartar la vista de su hija y añadió: —y mañana salimos ahí fuera y lo encontramos muerto ¿Podrás vivir con ello?

Emily suspiró furiosa, miró a Bod con recelo y no respondió. Se limitó a volver junto a la lámpara.
Se sentó sobre la manta y se cruzó de brazos, furiosa.

—No quiero ocasionar problemas —susurró Bod, incómodo.

—Pues lo estás haciendo —Masculló Emily, apretando el entrecejo.

—¡Emily! —vociferó Daniel, furioso.

—Me iré, puedo quedarme en el piso de arriba —propuso Bod, intentando apaciguar el ambiente.

—De eso nada —Daniel se dirigió a la mochila deportiva, se inclinó para abrirla. Del interior sacó una botella de plástico con agua y una bolsa de nachos con queso—. Te quedarás aquí y mañana Dios dirá.

Le extendió el alimento y el agua.
Bod estaba hambriento, no vaciló un segundo para cogerlo. Bebió con ansias y, acto seguido, abrió la bolsa metiendo una de sus grandes manos en el interior.
Comió tan deprisa que los nachos se caían de sus manos. Las migas colgaron de su poblada barba. Daniel no pudo evitar sonreír ligeramente.

—Muchas gracias —Dijo Bod, sin dejar de mascar.

—Ponte cómodo y descansa, mañana tendremos que salir de este sitio. No es seguro permanecer en el mismo lugar durante mucho tiempo.

Bod asintió con la cabeza, hizo una bola con la bolsa de los nachos y la dejó sobre uno de los estantes junto a la botella de plástico vacía. Se desprendió de la mochila y la colocó cerca de la esquina que unía las paredes de la sala. Después se quitó la chaqueta, la dejó en el suelo y se sentó sobre ella. Apoyó la espalda en la pared y dejó caer la cabeza sobre la misma, intentando relajarse.
Miró a Daniel, quien había pedido permiso a Emily para sentarse junto a ella.
La joven le había dicho que sí, pero seguía furiosa.
Bod no pensó que el cansancio lo abatiera, pero no tardó demasiado en sentirte adormilado. Hacia tiempo que no conciliaba un sueño profundo, era como dormir pero estar siempre despierto. Consciente de cada sonido, de cada movimiento.
Daniel miró a Emily, quien seguía con el ceño fruncido mirando como Bod pegaba cabezadas.

—Siento haberte gritado —le susurró e hizo ademán de pasar el brazo por encima de sus hombros.

Emily lo miró, vaciló unos instantes y finalmente se separó de la pared para permitir que su padre le abrazara.

—Sabes que tengo razón —insistió la chica —. No sabemos quién es, ni de dónde viene, pero está aquí con nosotros...

—Sé que la tienes, pero no podemos permitir que nuestro miedo pueda con la bondad —besó su frente y la joven acurrucó la cabeza sobre su pecho—. Dios decía "amar al prójimo como a uno mismo" y eso es lo que haré hasta el día de mi muerte. Solo espero, que mi hija haga lo mismo.

"¿Dónde está Dios ahora?" Emily no expresó sus pensamientos porque no quería que su padre se sintiera molesto. Sabía que él era un hombre aferrado a la religión y saber que su hija no compartía esas creenciasle causaría desasosiego.

—Procura dormir, mañana nos espera un día difícil —le acarició la cabeza con cariño—. No te preocupes por él, yo estaré mirándolo.

Cuando Bod despertó la fuente de luz había cambiado de posición. La lámpara se encontraba en el centro de la habitación. Junto a ella había un enorme plano de la ciudad y Daniel estaba sentado de rótulas en el suelo mirando con euforia.
Trazaba líneas con un rotulador negro sin parar, con el ceño fruncido y los labios apretados. Parecía estar tan absorto que no había reparado en el recién despertar de Bod.
Bod gateó hasta él, llamando la atención de Daniel que alzó la mirada al sentir su presencia. La parte izquierda de su rostro estaba iluminada por la lamparilla dándole un tono más claro y anaranjado que a la parte derecha de su faz, creando una imagen algo siniestra.

—¿Cuándo he dormido? —Preguntó Bod, declinando la gusta hacia el plano de la ciudad.

—Como unas cuatro horas —Daniel señaló a Emily con la cabeza, que permanecía dormida sobre la manta—. Ella te gana.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Bod observando el plano fijamente.

—Estoy trazando la ruta más viable y segura que nos permita llegar hasta el ferry de Waterway —señaló con el dedo índice el lugar exacto y luego lo declinó hasta la ubicación en la que se encontraban—. Nosotros estamos aquí. Daniel deslizó el dedo por la carretera Henry Huson.

Bod seguía la indicación con la mirada.

—Tardaría alrededor de tres horas a pie. Pasaríamos desapercibidos sin vehículo, pero estaríamos más tiempo expuestos. —

—¿Por qué quieres llegar al ferry? —interrumpió Bod, si quería traspasar el túnel Lincoln o el Washington Bridge podían hacerlo sin necesidad de surcar el agua.

—Podemos navegar hacia el norte por el río Husom para llegar a los bosques. Estoy seguro de que allí estaremos más seguros.

—Creo que lo es... Pero ¿luego? —Bod meditó e intentó explicarse —. Quiero decir... ¿Vivirás en el bosque?

Daniel negó con la cabeza.

—Poco después de que se estableciera el toque de queda, los informativos de emergencias decían que debíamos ir a ciertos puntos para ser evacuados. Uno de los refugios que más nombraban estaba cerca de Crotonville— Un brillo inusual en los ojos de Daniel llamó la atención de Bod, tenía esperanzas—. Si lo encontramos estaremos protegidos por fuerzas militares y tendremos un techo seguro donde dormir.

Bod asintió con la cabeza, aunque comprendía lo que Daniel proponía, sabía que necesitaban un milagro para lograr llegar al ferry sin incidencias.
Tres hora a pie por la ciudad era una misión suicida.

—¿Vendrás? —le preguntó Daniel rompiendo el silencio que se había formado.

Bod pensó en ello unos segundos antes de responder. Era arriesgado e incrementando su situación física aún más. Pero, quería ayudar al hombre que le había salvado la vida, fuese como fuese.

—Iré. Os ayudaré a llegar al ferry pero después seguiré mi camino.

—¿Dónde irás? —Daniel sonrió ligeramente —. No te ofendas pero no te ha ido muy bien solo.

—Volveré a los túneles.

—¿Qué túneles?

—Los túneles del alcantarillado.

Daniel abrió mucho los ojos como si acabara de describir algo grandioso y miró el mapa absorto. Bod se preguntó que estaba mirando, pero antes de que pudiera preguntar, Daniel alzó sus grandes ojos celestes hacia el hombre negro y expresó lo que se estaba acumulando en sus pensamientos.

—Recorren toda la ciudad ¿no es cierto? —Bod afirmó con la cabeza—. ¿Los conoces? ¿Son seguros?

—Salvo por las raras, sí —acto seguido negó con la cabeza—. Solo conozco algunas rutas.

—¿Crees que sería viable?

Para decepción de Daniel, Bod negó con la cabeza mientras agachaba la mirada hacia el mapa. Lo que le estaba pidiendo era una tarea totalmente imposible, no había forma de orientarse dentro de los túneles. Era imposible acertar al azar el camino correcto que los llevara hasta el ferry.

—Es un maldito laberinto —concluyó y añadió: —Necesitaría ayuda del exterior e incluso así, quizás, no podríamos llegar.

—¿Por qué?

—Hay túneles estrechos y algunos tienen barrotes de hierro.

—Pero... ¿Podríamos acercaros?

—Puede...

—Yo te guiaré desde arriba.

Bod lo miró atónito, aquello era otra locura más de un hombre desesperado.
Daniel no solo tendría que caminar durante tres horas, sino que debería detenerse en cada arqueta para indicarles el camino... ¿Cuándo tiempo sumaría aquellas intervenciones? Quizás un par de horas... No... Aquello no era factible.
Además supondría que él estuviera en constante peligro y probablemente pereciera en el intento.
Miró el plano intentando imaginar los túneles, entonces visualizó la gran avenida de Central Park y recordó como recorrían los visitantes las inmediaciones del enorme parque; en bicicleta. Un medio rápido y silencioso que se comería los kilómetros sin llamar la atención.
Utilizar dicho trasporte, estrecharía la hora estimada.
Buscó entonces en el mapa la vieja estación de autobús, recordaba pasarse horas en aquel lugar pidiendo dinero a las personas que llegaban. Frente a la misma, recordó que había una tienda llamada "Outdoor" donde vendían especialmente artículos para acampada y deportes al aire libre.
Dio varios golpes con el dedo índice, donde creía que debía estar la tienda y declinó la mirada hacia el punto donde se encontraban actualmente. Tan solo dos manzanas de distancia.
Con suerte y algo de maña, podían llegar hasta la tienda sin incidencias, donde lograrían encontrar lo que necesitaban atravesar la ciudad hasta el ferry.

—Justo aquí, hay una tienda donde puede que haya bicicletas de montaña. Sería perfecto encontrar una. Así no solo irías más rápido, sino que podrías huir con mayor facilidad.

Daniel asintió con la cabeza mirando el lugar que señalaba Bod con el dedo. El susodicho prosiguió.

—Pero de todas formas, no estoy cien por cien seguro de que podamos recorrer todos esos kilómetros por los túneles, como ya te dije antes, algunos son inaccesibles. Además las arquetas... —levantó la vista encontrándose los ojos de Daniel de frente—. Algunas se pueden levantar, otras son de barrotes y otras están totalmente cerradas, sin una herramienta adecuada sería imposible levantarla.

—Nos arriesgamos a cualquier contratiempo, pero creo es lo más seguro para ella —señaló a Emily nuevamente con la cabeza—. Lo que sea seguro para mi hija, es lo adecuado.

—Tú me has ayudado a ciegas y yo iré a ciegas por esos túneles para ayudarte a ti —concluyó Bod y Daniel le respondió con una sonrisa.

Antes de salir al exterior, los dos hombres volvieron al piso superior del club, para recaudar cualquier cosa útil que los ayudara a sobrevivir fuera. Emily preparaba a regañadientes las mochilas, guardaba todas las pertenecías y doblaba la manta haciendo de ella un rollo para colgarla bajo la mochila una vez reducida.
Bod se alejó con disimulo de Daniel para acercarse hacia uno de los estantes. Miró de reojo al hombre que le había salvado la vida y cuando se cercioró de que estaba lo suficientemente lejos de él, agarró con rapidez una botella de whisky.
La metió dentro de la mochila que cargaba de los hombros con avidez, bastante nervioso y siguió buscando. No quería que Daniel supusiera que era un adicto al alcohol, aunque él no lo consideraba una adicción, más bien, lo veía como una vía de escape. Pero en su interior sabía que era un borracho desde hacia más años de los que podía recordar. Se sintió como cuando su mujer encontraba las latas vacías de cerveza en el horno, ocultas hasta la madrugada donde aprovechaba para sacar la basura. Sabía perfectamente que ella conocía su afinidad con el alcohol, pero aun así, seguía ocultando las pruebas que lo delataban.
Como cuando era un niño y escondía la marihuana en un calcetín, o la cocaína y el crack tras la lámpara central del techo de su coche para evitar que la policía lo arrestara.
Llevaba toda la vida huyendo del desastre de persona que era.
Daniel retiró la cadena que los separaba del exterior con bastante cuidado para evitar los estridentes ruidos del hierro. La dejó junto al marco de la puerta, en el suelo y se preparó para abrir los batientes.
Respiró hondo, colocó las manos sobre las manivelas y abrió un resquicio por el que instantáneamente se filtró la luz solar. Despacio siguió empujando las puertas hasta quedar expuestos.
Bod apretó los puños, cerró los ojos y suspiró.
Emily tragó saliva sin apartar la mirada de las puertas que se abrían ante ella y que la volvían a expulsar al mismo infierno.
Daniel se deslumbró con la claridad que regalaba el radiante sol y se asomó como cuando rescató a Bod para cerciorarse de que el callejón estaba totalmente vacío.
Sus pulsaciones comenzaron a descender. Ni siquiera parecía que hubiera cruzado por debajo del camión que bloqueaba la calle.
Avanzaron en silencio, como si el asfalto fuese una fina capa de hielo sobre un profundo y gélido lago.
Daniel iba por delante, aterrado y tenso a partes iguales.
Emily estaba entre medio de los dos hombres y Bod formaba parte de la cola de la fila.
El afroamericano miró varias veces atrás, aunque sabía que ninguna criatura iba a saltar el muro que finalizaba en alambre de espinas al otro lado de la calleja.
Daniel se volteó, colocó el dedo índice en el centro de los labios, en señal de silencio y se arrodilló junto al camión para arrastrarse por debajo.
Se quitó la mochila y procedió.
Lentamente, con el pecho pegado a la carretera y ayudándose con los brazos, avanzó por debajo del automóvil para asomarse.
Miró a ambos lados de la siguiente calle, sin visualizar ningún peligro.

—No hay nadie —avisó y siguió raptando hacia el otro lado.

Emily y Bod hicieron lo mismo que Daniel, pasaron sus pertenecías por debajo del camión y luego procedieron a cruzar.
Continuaron el camino tomando las mismas precauciones. Daniel en cabeza agarraba con fuerza un cuchillo que había encontrado en el club, tembloroso, se paraba en casa bocacalle para asegurar sus pasos.
Bod no paraba de girarse para mirar sus espaldas, el hombre estaba tan asustado que pensaba que sus piernas iban a descomponerse y acabaría tirado en el asfalto sin miembros que le permitieran levantarse. Emily rodeaba su cuerpo con los brazos, como si así pudiera protegerse y declinaba la vista una y otra vez, pese a que no quería visualizar los cadáveres que inundaban las calles, no podía evitarlo.
Daniel sintió alivio cuando observó unas grandes letras blancas sobre un fondo azul marino que decía "Outdoor".
Daniel se preguntó si realmente aquella era la tienda, aquel letrero parecía dar la bienvenida a una inmobiliaria. Estaba sobre una persiana de aluminio cerrada hasta la mitad, podían pasar perfectamente por debajo.
Cuando se acercaron descubrieron que tras la persiana las puertas estaban totalmente destrozadas, como el resto de establecimientos había sido dañado por las bombas aéreas o bien por saqueadores desesperados.

—Es esta —indicó Bod, señalado con la cabeza lo evidente—. Iré primero.

Bod se inclinó lo suficiente para pasar, Daniel y Emily le siguieron al interior.
Daniel encendió su linterna y alumbró el lugar para percatarse de que los daños en la puerta habían sido causados por las fuerzas militares. Nadie había entrado a ese lugar para adquirir pertenecías. No era la diana más jugosa de ciudad para saquear. Un desesperado buscaría un centro comercial, una tienda de comestibles e incluso una licorería o un estanco eran blancos más demandados.

—¿Qué buscamos exactamente? —Preguntó Daniel, enfocando la enorme tienda que se extendía ante ellos con un sinfín de productos.

—Necesitamos bengalas, algo que haga bastante ruido pero que no necesite electricidad para funcionar, como un MP4 con pilas y hilo de pescar o cualquier cuerda —indicó Bod y añadió:—Será mejor que nos separemos, este lugar es grande.

Daniel asintió, extendió la mano hacia Emily, la chica se asió la mano a la de su padre y juntos cambiaron hacia la derecha mientras Bod iba hacia la izquierda.

—Busca los MP4 yo iré a por las bengalas y el hilo, luego cogemos la bicicleta —concluyó Bod antes de alejarse.

Emily se sorprendió al ver el precio de los prismáticos, el importe estimaba entre trescientos y mil dólares, lo que le parecía una verdadera locura. Para ella veinte dólares era todo un logro, aunque se percató de que el dinero era obsoleto en la actualidad.
Daniel se detuvo frente a los prismáticos y cogió unos que parecían bastante buenos. Los metió en su mochila, podían servir para algo en el futuro.
Bod, por el contrario, se fijó en la cantidad de anzuelos que colgaban de unos anclajes en la pared. Había de todo tipo, él no entendía de pesca, pero podían ser útiles para utilizarlos en el futuro. Con el fin de encontrar alimentos.
Se quitó la mochila, cogió un buen puñado de anzuelos y el hilo, los metió en el compartimento más grande, justo donde se encontraba la botella de whisky.
Ladeó la mirada nervioso y sacó la botella con rapidez tras cerciorarse de que Daniel y Emily estaba lo suficientemente lejos. Le dio un largo trago y sintió un fuerte ardor deslizándose por su garganta. La guardó nuevamente en el interior con avidez y se dispuso a seguir buscando.
Después de casi dos horas en el local, se volvieron a reunir justo en la entrada.

—¿Lo tienes todo? —Preguntó Daniel, caminando rápidamente hacia Bod.

—Sí —Bod mostró dos maletines de plástico que contenía seis luces led estroboscópica magnética portátil. Mayormente se utilizaban para ser visualizado en la nocturnidad en caso de emergencia —. Serán mejor que las de fuego.

—Vamos a por la bicicleta. Cogieron una bicicleta de montaña, valorada en tres mil dólares, tenía unas gruesas ruedas que parecían las de una motocicleta.

Daniel sintió que el capitalismo y el valor de las cosas habían sido, durante décadas, una pérdida de tiempo. Darle al dinero más valor que a la propia vida, para luego acabar siendo algo inútil e inservible le parecía realmente estúpido. Pensó en que habría sido de los grandes cargos del Estado.

¿Trump seguiría con vida?

Quizás estuviera a salvo en algún lugar remoto de Estados Unidos, protegido por el servicio secreto estadounidense. Tener dinero siempre había sido una ventaja... ¿Pero lo seguiría siendo en el mundo actual?

Cuando llegaron hasta la primera arqueta, Bod sintió que se encontraba en el mismo lugar que lo mandó de cabeza a la realidad. Se encontraba en el centro de cuatro carriles automovilísticos, rodeado de muertos, escombros y coches abandonados. Con el sol chocando con fuerza sobre su tez oscura y brillante debido a la sudoración. Era igual que cuando salió al exterior en busca de víveres, solo que esta vez tenía una falsa sensación de seguridad al imaginar que pronto volvería a estar oculto entre la penumbra de los túneles.
Tenían una palanca de hierro que servía para la abertura de la arqueta, la habían hallado cuando se cruzaron con una construcción que se encontraba en ejecución cuando ocurrió el desastre. Era sencillo encontrar aquel tipo de herramienta en obras, debido a que se utilizaba para numerosas tareas.
Cuando Bod se cruzó por la obra, no vaciló en detenerse y echar un vistazo, lo que fue un acierto.
Introdujo el filo de la palanca entre la arqueta y el marco con dificultad, apretó e hizo presión para meterla. Luego apretó el hierro hacia abajo abriendo la arqueta sin poder evitar hacer una mueca de desazón y bastante ruido.
Cuando la destapó un sinfín de cucarachas enormes se abrieron paso, Emily gritó retrocediendo unos pasos atrás.
Daniel dejó la bicicleta tumbada en el asfalto y se acercó a Emily para tranquilizarla.
Bod cogió la arqueta y la lanzó a un lado de la carretera dejando escapar un suspiro de desazón.

—¡No pienso entrar ahí, papá! —se negó Emily, Daniel la agarró por los antebrazos mientras la joven se estremecía.

—Cariño escúchame —Emily negaba rotundamente con la cabeza—. Lo que hay ahí dentro no te hará ningún daño, pero lo que hay aquí fuera sí.

—No puedo, no puedo... —gimió la chica aterrada y asqueada. Sentía escalofríos por todo el cuerpo.

—Sí puedes, cielo, puedes hacerlo.

—Es la hora —Dijo Bod desde la distancia. Daniel lo miró, asintió con la cabeza y agarró a su hija colocando la mano en su nuca y la atrajo hacia él para besar su frente.

—Te prometo que no te ocurrirá nada y que pronto estarás aquí fuera conmigo, confía en tu padre ¿Vale?

Emily cerró los ojos con fuerza y confirmó con la cabeza mientras se separaba ligeramente de su padre.
Ambos avanzaron hacia Bod.

—¿Podrás abrir las arquetas? —le preguntó Bod extendiendo la palanca hacia él.

—Sí —Daniel cogió la palanca.

—Bien... Yo iré primero —Bod hizo ademán de bajar, pero Daniel lo interrumpió.

—Espera, yo también tengo algo para ti —Daniel metió la mano en el bolsillo trasero de sus tejanos y sacó la pequeña navaja de Bod —Te dije que la recuperarías. Bod sonrió y la cogió, mirando su navaja como si fuese el mayor de los tesoros.

—Gracias.
 



The Jewel 92

Editado: 01.09.2019

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