Cobradores de tiempos.

Tamaño de fuente: - +

V

 

 




Las llamas bailaban al compás de la brisa y el veroz y negruzco humo se abría paso cubriendo la avenida. Los coches adyacentes ardían imparables, al igual que los enfermos que caían derrotados por el fuego quedando reducidos a un montón de carne en el asfalto que no parecía pesar ni cinco kilos.
Chloe había agarrado la mano de Zoe con tanta fuerza que la menor de las hermanas creía que le partiría los dedos. La joven se había cubierto la boca y la nariz con la camiseta y le había dicho a Zoe que hiciera lo mismo.
Ambas corrían alejándose de las llamas, cegada por el humo e intentando mantener el aliento. Sabían que si no salían de allí pronto, morirían de asfixia, pese a ello, ubicarse era realmente imposible y solo podían huir con cuidado de no pisar un cadáver.

—¿¡Ves a papá!? —Gritó Chloe, tirando de su hermana.

Zoe miró atrás un par de veces, sin poder evitar la mueca de desazón que parecía permanente en su rostro.

—¡No, no lo sé! —gimió con angustia —. ¡No veo nada!

Chloe frunció la mirada cuando visualizó una figura difusa frente a ellas. Se detuvo, sorprendido a Zoe.

—¿Es papá?

Preguntó la menor, pero Chloe no respondió. El hombre corrió con tantísima velocidad que ambas niñas quedaron inmóviles, sin reaccionar. Se acercó muy deprisa, pero pudieron identificar que se trataba de uno de ellos, un enfermo. No era Colton, era un tipo que sostenía el parte de lo que fue el sustento de una señal de tráfico y estaba preparado para atacar.
Chloe gritó mientras se giraba hacia Zoe cubriendo a su hermana con los brazos y su propio cuerpo. Esperó a sentir el golpe más fuerte de toda su vida en la espalda. Quizás le rompería la columna y quedaría inmóvil antes de morir.
Pero el impacto no llegó, había cerrado los ojos, esperando la muerte, convirtiéndose en los segundos más aterradores de toda su vida. Cuando los abrió, sintió el jadeo de Zoe, se atrevió a moverse para mirar hacia atrás, despegando su pecho de la faz de Zoe. Observó otra figura, esta vez era un hombre joven que sostenía un enorme machete con la hoja impregnada de sangre que continuaba goteando.
Chloe abrió mucho los ojos y Zoe mostró exactamente la misma expresión. La mayor declinó la mirada hacia el asfalto observando con espanto al enfermo que había estado apunto de matarlas. Tenía la parte derecha del cuello cortado, tanto que la cabeza se había deslizado hacia la izquierda casi decapitada.

—Fantástico —argumentó el joven con ironía.

Una vez Colton leyó un artículo, era una madre cuya hija había fallecido a la sazón de seis años debido a la leucemia. La mujer argumentaba haber sentido el mayor dolor de su vida, pero pese a ello, había logrado prepárese para el adiós, por lo que pudo continuar su vida mucho antes. Ella creía que una muerte prolongada era más sencillo de asimilar que un final imprevisto. Debía que lo peor fue asimilar que ya no volvería a escuchar su voz, notar su aliento y observar su mirada repleta de inocencia.
Había un párrafo que Colton recordaba con exactitud.

"Para la sociedad es algo impensable que un padre o una madre sobreviva a un hijo, es por ello que no se ha definido un término para aquellos que lo han hecho, algo así como la viudez o ser huérfano. Perder a mi hija, tanto para mí como para el padre, fue un cambio tan drástico que paralizó nuestras vidas. Volver a la rutina era algo inimaginable, porque eres incapaz de encontrar el sentido de tu vida, ahora que la razón por la que lidiabas con los problemas cotidianos sin inclinar la cabeza a desaparecido, toda tu existencia deja de tener sentido y esa sensación te persigue día a día.
Sientes que has fallado como persona, como madre y el sentimiento de culpa prevalece por no haber evitado su muerte"

Colton nunca imagino que tendría tanto miedo. Era tan angustioso buscar a sus hijas desesperadamente entre humo y llamas que apenas podía respirar. Estaba empatado en sudor, gritaba sus nombres como un poseso y corría sin descanso. Quería hallar a sus hijas lo antes posible. No podía sentir sintiéndose tan impotente y asustado. Un segundo más y se volvería loco.
Le dolían las mejillas de tanto gritar, tenía la mandíbula muy apretada por la ira. Seguía corriendo, pero se detuvo. Entre la bruma negra del incendio visualizó tres figuras a unos metros de distancia que se perdían a medida que avanzaban.
Colton hizo ademán de gritar, pero fue interrumpido cuando sintió un fuerte golpe que venía de sus espaldas. El dolor se centró la parte derecha de su torso, justo en el costado. Pero se expandió hasta las costillas, mientras se inclinaba por el dolor.
No estaba dispuesto a desvanecerse allí fuera, no sin antes saber que sus hijas estaban vivas. Antes de incorporarse, sacó su arma y se giró con la misma rapidez que apuntaba. Sin embargo, para cuando levantó su pistola, ya volvía a recibir otro golpe, esta vez en el cuello. Era uno de esos enfermos, con un bate de béisbol y dispuesto a matarlo.
Colton se abalanzó sobre el ignorando el dolor que sentía. Le golpeó el rostro con la empuñadura del arma e iba a darle otro golpe cuando notó que otro enfermo rodeaba su cuello con el antebrazo desde atrás.
Colton dio un codazo sin poder emitir la mueca de dolor que se dibujó en su rostro. Pero seguía teniendo delante al del bate, dispuesto a atacarle otra vez. No lo iba a permitir.
Empujó al que lo tenía agarrado con tanta fuerza que ambos caminaron hacia atrás, hasta que el enfermo chocó con la fachada de uno de los edificios adyacentes.
Colton siguió echándose atrás varias veces para que el enfermo lo soltara, mientras daba codazos. Entonces vio como el enfermo del bate se acercaba con rapidez y supo que solo tenía una oportunidad para salir de allí con vida. Cuando estaba a escasos metros de distancia, Colton se zafó hacia abajo, causando así que el ataque fuera recibido por el enfermo que lo tenía agarrado. Su cráneo se partió cuando recibió el impacto del bate.
Colton se deslizó por el suelo hasta acabar a unos centímetros a la derecha. Sacó su arma, apuntó y disparo tres veces al sujeto del bate. Este cayó al suelo de inmediato.
El segundo enfermo seguía moviéndose aunque la herida del cráneo lo había destrozado por completo, pese a ello, Colton no dudó en gastar tres balas más. Disparó apuntando al rostro y su faz quedó tan destrozada que no podían definirse las fracciones.
Colton lo miró sudoroso y jadeando. Estaba realmente abrumado por aquella reyerta y el resultado de ver a dos personas completamente destrozadas por las balas de su arma. No era la primera vez que disparaba a una persona o a lo que quisiera que fuesen aquella gente. Sin embargo, nunca lo había hecho con intención de matar sino de abatir.
Colton recordó cuando disparó a un narcotraficante que estaba dispuesto a huir de la autoridad. Lo que sintió cuando lo vio caer al suelo y el miedo que se apoderó de su cuerpo cuando pensó que lo había matado. Aunque sobrevivió y solo pasó unas semanas en el hospital, Colton no pudo dormir en meses. Tenía esa imagen de ver a un hombre cayendo y los lamentos de su madre cuando fue informada del suceso. Colton quería castigar a todo aquel que quebrantada la ley pero sabía que haciendo aquella labor castigaba a las personas que rodeaban a cualquier criminal.* Saber que tu hijo es un asesino, un traficante o un drogadicto que roba una tienda de comestibles, es sin lugar a dudas, algo insoportable que arrastra consigo un enorme desosiego.
Aquellas dos personas que tenía delante, o enfermos como solía llamarlos. En algún momento habían sido personas normales, con familia y un trabajo que marcaba su rutina. Se levantó con desazón, dolorido por los golpes y se dispuso a continuar. Estaba seguro de que Zoe y Chloe estaban cerca y él iba a encontrarlas.

Daniel recordaba el pitido que se ceñía en sus tímpanos, era mucho más agudo, pero se asemejaba bastante al molesto sonido que sufría cuando aterrizaba en su cama en su juventud tras pasarse la noche ingiriendo alcohol embriagado en la fuerte música que emitían los altavoces de la discoteca.
Veía distorsionado, tenía la sensación de estar sumergido en el agua cristalina de una piscina y Bod desde el borde intentara comunicarse desesperadamente. Podía percibir la ansiedad de Bod con cada mueca de su rostro.
Daniel tenía claro que debía moverse, reaccionar. Pero estaba demasiado aturdido.
El intenso dolor que se centraba en su espalda pero que corría veloz por su torso y le presionaba el pecho como si estuviera enterrado en cemento, dificultaba por completo la movilidad.
Lo siguiente que recordó era ver sus pies sobre el asfalto, caminando con desacierto. Giró la cabeza descubriendo el rubio cabello de su hija y cuando volvió a girarla hacia el lado inverso observó las oscuras rastras de Bod.
Ambos estaban cargando con él, intentando sacarlo de aquella pompa intensa de humo que se había formado tras la explosión.


Trevor miró un par de veces hacia atrás girando ligeramente el torso para comprobar que no había nadie tras él. Estaba incómodo ante la idea de que aquellas dos jóvenes hubieran decidido seguirlo.
Las había dejado en el vestíbulo de la comisaría y era suficiente.
Debían buscarse la vida ellas dos solitas, porque no eran su maldito problema y aunque sabía que no tenían ninguna posibilidad prefería pensar que se las arreglarían.
La mayor parecía más asustada que la pequeña. Minguna habló hasta que él decidió entablar un diálogo bastante hostil.

—Mover el culo, hay que salir de aquí —Recordó que utilizo un vocabulario hostil que podía haberlas asustado.

Trevor carecía de tacto cuando trataba con otro ser humano, pese a su escasa humildad, las dos chicas no dudaron en seguirlo hasta el interior de la comisaría.
En el vestíbulo el joven se detuvo, las miró y colocó la mano abierta por delante de él.

—Oye guapas, aquí se separa nuestros caminos —les dedicó una mirada tajante y aclaró:—Que tengáis suerte, la necesitáis.

Se volteó para emprender su camino dejando atrás a Zoe y Chloe. Sin embargo, la mayor de las hermanas, apretó los puños y dio un par de pasos tras él.

—Necesitamos encontrar a mi padre —confesó Chloe.

Trevor se detuvo y giró la cabeza dejando ver el perfil de su puntiaguda nariz.

—¿Y...? —Preguntó con sorna.

—Tú eres el único que puede ayudarnos —sonó como un ruego.

Trevor rio burlón, mostrando frialdad que parecía congelar la sala.

—Currar como una puta niñera no encaja con en mis planes —volvió a centrar la cabeza hacia adelante —. Enserio niñas, buscad un lugar seguro. Vuestro padre probablemente haya cascado.

Trevor prosiguió. Conocía aquellos corredores porque los había recorrido durante todas sus detenciones. No sabía dónde estaban todos los departamentos, pero conocía el camino hasta las celdas.
Dedujo que en el último nivel del edificio encontraría el departamento de objetos confiscados, así como la armería. No recordaba haber pasado por delante de ninguna puerta que indicara aquellas habitaciones, pero eso no iba a impedir que las encontrara.
Se cruzó con dos cadáveres cerca del vestíbulo, cuando las niñas todavía eran visibles. Se detuvo, flexionó las rodillas para mirar el arma que sujetaba uno de los agentes en la mano derecha, todavía con el dedo en el gatillo. Parecía que los habían atacado y ellos se habían defendido pero fueron sorprendidos por atrás, acabando así con sus vidas a fuerza de golpes que se presentaban en casa resquicio de su piel. Prácticamente, ambos tenían el rostro destrozado, la mandíbula partida, había dientes de alguno de los dos sobre las baldosas.
Trevor se preocupó ligeramente a darse cuenta que los cuerpos todavía no estaban podridos, era evidente que la comisaría podía esconder alguna sorpresa.
Intentó quitarle el arma de las manos, pero los tendones estaban tan prietos que debía partirle los dedos. Se levantó, al percatarse de que los casquillos de las balas cubrían el piso. Aquellos dos policías habían acabado con sus cargadores.
Se decantó por ignorar las armas de aquellos agentes, era una tontería andar por ahí con un arma descargada. Prefería utilizar sus machetes, que hasta el momento habían sido bastante letales. Además, en la armería encontraría todo el material necesario y luego se reuniría con Ed. Cruzó el batiente que conducía a las escaleras, los ascensores eran inútiles, ya que el suministro eléctrico había dejado de funcionar hacia bastante tiempo y los generadores de emergencia estaban deshabilitados. Además, utilizar corriente eléctrica era un riesgo innecesario que atraería a media ciudad hacia la comisaría.
Bajó los escalones hasta la última planta del edificio y una vez allí cruzó otra puerta, accediendo a los corredores donde al final del mismo, se encontraban los calabozos. Los pasillos se declinaba en forma de cruz, solo debía leer los carteles que había sobre las puertas, informaban cual era la utilidad de aquellos departamentos.
Caminó despacio, con cautela. Intentando mantener la visión pese a la penumbra y la atención en cualquier sonido inusual que presagiara peligro. No tuvo que deambular demasiado, cuando encontró la sala que le interesaba.

"Seized objects" Estaba grabado en una pieza dorada sobre la puerta. La comisaría mostraba un estilo moderno y elegante.

Trevor colocó la mano sobre el pomo de la puerta y lo giró con cuidado.
Entró con cautela, moviendo apartando la puerta despacio, para descubrir una sala amplia repleta de compartimentos que se alzaban desde el suelo hasta el techo.

—Joder... —susurró, al darse cuenta de que me llevaría bastante raro encontrar sus cosas.



The Jewel 92

Editado: 01.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar