Colores mágicos ©

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CAPÍTULO 1 - EMPIEZA LA MAGIA

 

Terrenis: seres dotados de poderes mágicos. Poseedores de fuerzas inimaginables y con cierta tendencia a desarrollar capacidades asombrosas que escapan a la razón humana. Destacan porque sus ojos pueden cambiar de color cuando se encuentran amenazados, y dependiendo de sus poderes y capacidades de control, se revelan de un color u otro.

Rubí: deriva su nombre del latín “ruber”, rojo. Los antiguos griegos los conocían como “ántrax” (carbón vivo) ya que estas bellas gemas de color rojo intenso cuando eran expuestas al sol mostraban el color del mismísimo carbón ardiente. El rubí es una de las gemas más costosas y raras entre las piedras preciosas conocidas, mucho más rara incluso que el propio diamante, especialmente en los ejemplares de color rojo intenso y puro.

Capítulo 1

Nora se encontraba contemplando con atención el vaso vacío que reposaba encima de la mesa y por más que intentaba crear algo de materia dentro de él, era incapaz de hacerlo.

—¡No mires el vaso con tanto odio! —le recriminó su amiga Alysa.

—Para ti es fácil. ¡Yo no soy como tú!

—Relájate y te saldrá —le contestó con una sonrisa.

—¡Es imposible! —se exasperó— Hazlo tú.

Nora empujó con desgana el vaso hacia Alysa. Entonces ella parpadeó un par de veces y en cuestión de segundos el vaso se llenó de un líquido rojizo.

—¡Te odio! —le contestó Nora con el orgullo herido al haberse pasado más de media hora intentando hacer algo que Alysa acababa de hacer en un periquete.

—No lo haces, por eso somos amigas —le contestó abrazándola.

—¿Podrías pasarme un poco de esto que haces?

—Ojalá pudiera.

En realidad, Alysa lamentaba profundamente esa capacidad innata y espontánea que poseía con la magia. Desde bien pequeña sus habilidades habían sido excepcionales, y al igual que su padre y abuelo, estaba muy cerca ya a sus diecisiete años de convertirse en una terrenis excepcional. Para su familia, los Creisores, eso era un signo más de la brillantez de su linaje aunque para ella era simplemente su condena y con ella, su cárcel sin cadenas.

—¡Muy bien señoritas! —exclamó el profesor Luciano mientras se fijaba en todos los vasos llenos de zumo de mora— Veo que todas han conseguido llenar sus vasos. Ahora vamos a mover el líquido —y entonces todas chillaron de emoción— .¡Sin derramarlo por el suelo! ¡No sean irresponsables!

—Creo que es mejor que esto también lo hagas tú —le susurró Nora a su amiga.

—Así nunca aprenderás.

—Con que no termine manchando toda la clase de zumo, me conformo.

En ese momento a ambas les distrajeron las sonoras carcajadas de la mesa de al lado. Erika y Megan se divertía pasándose una bola de líquido rojo como si fuera una pelota de ping-pong.

—No sé qué les resulta tan divertido —suspiró Alyssa mientras Nora asentía, y antes que la primera pudiera sacar el líquido de dentro del vaso para que el señor Luciano les aprobase el ejercicio, el grito de Lilah sobresaltó a toda la clase.

—¡Chicas! —gritó a todo pulmón— ¡Hay chicos! —y Lilah se estampó contra la ventana mientras todas las pelotas caían al suelo y la aula entera se llenaba de zumo de mora.

—¿¡Qué es todo esto!? —gritaba el profesor Luciano fuera de sí— ¡Regresen a sus puestos! —pero ninguna de esas jovencitas le hacía el más mínimo caso.

Todas las terrenis del aula se encontraban pegadas a la ventana y con sus ojos clavados en el grupo de chicos vestidos con un uniforme negro y dorado que en ese momento cruzaban la entrada de su escuela.

—¡Son del colegio de Las águilas doradas! —gritó Megan reconociendo el uniforme.

—¿De Las águilas doradas? —le preguntó Alysa muy sorprendida. Nunca había conocido a ningún estudiante de de esa escuela pero sabía que era uno de los mejores colegios masculinos de los terrenis. Su padre, su abuelo e incluso ella misma si hubiera nacido como chico habría estudiado allí. Pero, ¿por qué unos chicos tan brillantes estarían visitando su escuela femenina sin previo aviso?

—¡Alysa! Muévete, ven. Acércate —le insistió Nora haciéndole un hueco para que tuviera mejor visibilidad a través de la ventana.

Alysa se fijó en el grupo de terrenis que se encontraban cruzando la entrada principal de La Cruz del Sur mientras su director, el señor Talos, los saludaba formalmente con una gran sonrisa.

—¡Son muy guapos! —exclamó Erika mientras todas asentían y cacareaban como gallinas en un corral. Algo completamente comprensible para una jovencitas de diecisiete años y casi dieciocho que se habían pasado la mayor parte de su vida metidas en ese centro exclusivamente femenino.



Alba Shirahime

Editado: 05.12.2019

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