Como agua y aceite

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Se busca piso

Se busca piso

 

 

 

Elizabeth Matthews estaba harta. No, mentira, estaba más que harta; aquel era su segundo año en la universidad y ya se había mudado cinco veces. El problema era que no había tenido mucha suerte –por no decir ninguna– en escoger a sus compañeros de piso.

Primero terminó en un habitáculo dónde convivía con dos idiotas cuyo único objetivo en la vida era salir en la portada de Vogue; más tarde compartió piso con una especie de sociópata en potencia que se pasaba las noches emulando una trinchera de la Segunda Guerra Mundial en medio del salón cuando discutía con su novio y en su siguiente parada tuvo que lidiar con un baboso repugnante que en aquellos momentos debía estar haciéndose pruebas de fertilidad tras la patada que se llevó como regalo de despedida. En su penúltimo piso tenía una casera que parecía nazi, no dejaba entrar más que a gente blanca –preferiblemente no judía–, soltaba comentarios racistas cada vez que podía y siempre andaba echando pestes sobre el gobierno. Y bueno, el último entraba dentro de la media, su compañera no había pisado la casa desde el día en que firmaron el contrato –ni tampoco pagaba las facturas– y el idiota de su otro compañero vivía para ver el béisbol a un volumen que debía superar con creces los decibelios permitidos por ley.

En definitiva, que estaba maldecida a vagar por las calles de la ciudad eternamente con todas las maletas y sus manuales de medicina.

Aquel día se encontraba en el Door's Café, un sitio algo cochambroso pero barato dónde Elizabeth solía apalancarse cuando no había sitio en la biblioteca. Su amiga Lana trabajaba allí, nunca había demasiada gente y tenían el capuccino más barato de la ciudad así que siempre era una buena opción. Lana le había dejado quedarse en su casa un tiempo, pero Elizabeth no quería molestarla, su amiga vivía con el novio y esa era una de las tantas causas por las que deseaba encontrar algo para vivir lo antes posible.

—¿No ves nada? —Se interesó una voz familiar, mirándola por encima del hombro.

Lana llevaba la típica bandeja de metal que solían portar los camareros y se encontraba realizando las últimas tareas antes de terminar su turno. Era una joven que se caracterizaba por su carácter optimista y en ocasiones resultaba demasiado positiva.

Elizabeth negó con la cabeza, sin apartar la vista del periódico.

—Nada —suspiró, apoyándose contra el respaldo de la silla. Miró a su amiga y torció el gesto—. ¡A este paso me quedaré como una okupa indigente en tu casa!

—No dramatices, mujer, puedes quedarte con Josh y conmigo el tiempo que quieras —Lana se sentó frente a ella, dejando la bandeja sobe la mesa—. Bueno, siempre y cuando no te suponga un martirio aguantar a los vecinos de arriba, claro.

Lana y Josh vivían en un edificio un tanto conflictivo y, al igual que ellos, Elizabeth no había querido averiguar a qué se dedicaban sus vecinos de arriba, pero sobraban palabras al ver que todas las noches subían y bajaban hombres sin parar y las lámparas temblaban de los golpes de cama, que justamente sucedían arriba de la habitación de Elizabeth.

—Me conformo con no tener que recurrir a un albergue —dijo la chica, sonriendo de lado.

—Estate tranquila, si me entero de algo te aviso —la camarera volvió a levantarse, guiñándole un ojo a su amiga—. Debo ir a atender a los clientes, que si no el jefe se cabrea, ya sabes.

—Anda ve, intentaré sobrevivir sin tu presencia.

Lana sonrió y se dispuso a marcharse, pero se volvió hacia su amiga y añadió:

—Por cierto, ¿preferencias en lo que respecta a tus compañeros de piso? —Preguntó— Es por si averiguo algo.

—Mientras no sean unos salidos sexuales histéricos, alcohólicos, adictos al prozac o radicales de tendencias neonazis me conformo —contestó alzando una ceja—. No, en serio, lo que sea pero que sean normalitos, nada de excentricidades grandes que ya he tenido suficiente estos dos años.

Lana asintió con la cabeza, volviendo nuevamente a su trabajo, mientras Elizabeth le echaba una última mirada al periódico para ver si finalmente encontraba algo.

 

 

 

 

Garrett Strauss era una de esas personas con poca paciencia y muy mal genio. Bueno, realmente solo tenía mal genio, porque carecía completamente de paciencia. Era como una especie de Señor Scroodge con unos treinta años menos que se dedicaba a destrozar todo lo adorable que encontraba por el camino porque le crispaba los nervios cualquier cosa que emitiese la más mínima frecuencia positiva; odiaba a los niños, a los ancianos y a toda la gente que pudiera resultarle tediosa o dependiente. Por ello, entre muchas otras cosas fruto de sus manías neuróticas y asociales, tampoco soportaba a sus compañeros de piso.

Su piso era un ático en el centro de la ciudad, muy espacioso y con tres habitaciones, pero cuando se trataba de sus compañeros aquello le parecía más bien un zulo donde eran ellos o él.



Marine Chinaski

Editado: 21.09.2018

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