Como agua y aceite

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Daniel Hoffman

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Daniel Hoffman

 

 

Elizabeth llevaba viviendo en el piso cosa de un mes aproximadamente, podía decirse que había superado el periodo de adaptación sin ningún problema. Los chicos y ella se llevaban bastante bien, tenían horarios similares y además estudiaba en la misma universidad que Harry, por lo que siempre encontraban algún tema en común para hablar o suceso que comentar. No podía quejarse, exceptuando al cretino de Garrett sus otros dos compañeros eran chicos bastante simpáticos que a priori parecían buena gente. Además, desde el incidente de presentación con el policía, este solo salía de su cuarto para mirarles con odio y gruñir un par de veces antes de marcharse a trabajar, y cómo solía terminar sus turnos bastante tarde, no tenían que volver a ver su cara de amargado hasta el día siguiente. Si bien no era del todo perfecto, dadas las circunstancias no podía pedir mucho más.

Aquel día, como de costumbre, se habían levantado todos temprano; unos para ir a clase y otros para marcharse al trabajo. Afortunadamente, Garrett entraba a trabajar una hora antes y no lo verían seguramente en todo el día. Aquel tipo de días en los que nadie se topaba con un Garrett Strauss más malhumorado de lo normal por madrugar solían ser mucho más tranquilos, a Elizabeth incluso se le antojaban soleados aunque estuviesen cayendo chuzos de punta. Eso sí, con policía gruñón o no nadie estaba absuelto de sufrir la presión del ajetreo matutino.

Harry y Elizabeth estaban a punto de irse mientras Spike terminaba de arreglarse.

—Si quieres puedo llevarte en coche hoy, Lizzie —Se ofreció Harry con amabilidad.

Elizabeth iba a aceptar, le vendría bien por una vez no tener que aguantar el olor a café y sudor del metro e ir cómoda en un asiento de coche, no apretada contra una multitud de trabajadores y estudiantes. Ella ya estaba más que habituada al transporte público, pero las prisas de la mañana y el ajetreo de las primeras horas la sumían en un estado de nervios que no le venía nada bien para el resto del día. Pero cuando iba a decir que sí observó que Spike que, a espaldas de su compañero, le hacía gestos a la chica negando con la cabeza. La muchacha no entendía el por qué, pero los gestos del crupier le parecieron lo suficientemente convincentes como para pensárselo dos veces.

—Mejor otro día ¿vale? Es que hoy creo que habrá atasco y no puedo volver a llegar tarde, el profesor de esta asignatura me la empieza a tener algo jurada —se excusó ella con nerviosismo.

Harry asintió con la cabeza y se encogió de hombros, despidiéndose de sus compañeros de piso para salir por la puerta tras coger las llaves del coche. Cuando se hubo ido, Elizabeth le dio un pequeño empujó a Spike.

—¿Por qué me has dicho eso? ¿Sabes lo horrible que está el metro a estas horas? Espero que la excusa sea buena...

Ella se cruzó de brazos, con el ceño fruncido. Le había dado un voto de confianza a Spike, pero no dudaría en cambiarlo por un buen sopapo si toda su escena de antes no había sido más que una broma.

—Estás loca —le espetó él— ¿Tú no sabes que el suicidio no es bueno? Lizzie, tienes una larga vida por delante, no deberías arriesgarla yendo con un lunático al volante.

Ella lo miró si terminar de entender. Al ver la expresión confusa de la chica, su compañero decidió darle las explicaciones pertinentes.

—Harry es el peor conductor que hay en ésta ciudad —aclaró, soltando un suspiro—. O del Estado... o tal vez del país. Aprobó el examen teórico a la primera, pero tardó dos años y veintitrés intentos para sacarse el práctico. Es un manta, los profesores de su autoescuela no querían montarse en un coche con él, creo que al final le aprobaron por temor a perder la vida en alguna de las prácticas. Además, cuando hay atasco se pone como una moto. Comienza a soltar el rollo histérico ese de que no va a llegar a clase, no tendrá los apuntes, no podrá presentarse al examen, suspenderá y...

—Acabará como empleado en algún McDonalds —concluyó la chica, esbozando una pequeña sonrisa.

—Exacto, se pone hecho un manojo de nervios —asintió el joven, colocándose la chaqueta del uniforme—. Sin olvidar sus insultos a los demás conductores. Le he dicho mil veces que no se meta con los camioneros o los motoristas, pero no me hace caso. Luego se queja porque le rompen las gafas, ¡peor sería que le partiesen la nariz!

Elizabeth sonrió y asintió con la cabeza. Ahora lo entendía todo. Bueno, tendría que resignarse a ir en metro por enésima vez, pero al menos preservaría todas sus extremidades intactas.

—Vale, vale, lo he pillado, nada de ir en coche con Harry mientras aprecie mi vida.



Marine Chinaski

Editado: 21.09.2018

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