Cómo maté a mi madre

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Tercera Herida

Le di la dirección de mi casa al taxista, pero estaba asustado de que mi madre se hubiese marchado sin mí. No había tenido noticias de ella desde que la policía me llevó ese día en la escuela. Ni siquiera fue al juzgado cuando estaban trabajando en mi caso, nunca más la vi. Aun así tenía la esperanza de que me quisiera aunque sea un poco. Deseaba que estuviera esperándome con alegría. Necesitaba que me diera una excusa de por qué no fue a buscarme, no importaba que fuera algo tonta o poco creíble, solo quería que me diera una pequeña muestra de cariño.

Ya estaba entrada la noche cuando me desmonté del taxi, caminé muy despacio hacia mi edificio. El miedo no me dejaba moverme con soltura. Subí las escaleras y las piernas me temblaban como gelatina. Toqué la puerta, una, dos, tres, cuatro, cinco veces y nadie respondió. Estaba llorando, mi peor miedo se hizo realidad ¿A dónde iría? Me tiré en el suelo y recosté la cabeza en la puerta. Ya me iba, pero escuché unos quejidos insistentes dentro del apartamento, parecían provenir de una mujer. Toqué la puerta con fuerza, pero los quejidos no paraban, miré el llavín de la puerta y lo giré, estuvo abierta todo el tiempo. Al entrar los quejidos ya se habían detenido. La casa estaba igual de desordenada que la mañana en que me fui, solo que más triste, más sombría. Me dirigí a la habitación de mi madre, al abrir la puerta ella estaba ahí sentada en la cama medio desnuda, me miro, pero en su rostro no había ninguna expresión. No fue necesario nada más, entendí el mensaje y cerré la puerta. Más tarde un hombre salió su habitación, comprendí lo que estuvo sucediendo. Mi madre se dedicaba a tener relaciones mientras su hijo la esperaba con ansias. Sentí mucha rabia contra ella y contra mí por esperar algo de una perra como ella, aunque hasta las perras cuidan a sus cachorros con su vida.

—Eduardo —me dijo al salir de su habitación. Solo la miré, había llorado tanto que las lágrimas llegaban a mi pecho.

—Hay sopa en la nevera, puedes comerla desde niño siempre odié la sopa y ella lo sabía, parecía que haber olvidado que una vez fue mi madre. Tenía tanta hambre que fui a la nevera y la saqué. Le di el primer sorbo y estaba fría, casi me hace vomitar.

— ¿Esta buena? —me preguntó. Como si le importara el sabor de mi comida. Yo solo la miraba mientras la rabia que sentía en mi interior se intensificaba. Maldita hija de perra, pensaba en mis adentros. Ya no me ama, nadie me quiere, decía otra parte de mí.

—Si no te gusta puedo hacerte otra cosa.

No pude escucharla más, con su horrible carota de yo no fui, haciendo la actuación de su vida al fingir que se preocupaba por mí. Tomé la taza en donde estaba la sopa y con todas mis fuerzas se la lance a la cara. De inmediato cayó desmayada, pero ni así mi furia pudo apaciguarse. Agarré un vidrio roto, el más fino y tome algo de hielo de la nevera. Le escribí perra en la frente, me aseguré de que las heridas fueran profundas para que cuando sanaran se quedara la marca. No me inmuté ni por un segundo, había visto como lo hacían mis compañeros en la correccional. 

Cuando terminé y la vi sangrar de aquel modo me asuste muchísimo. Me quité la camisa que llevaba y comencé a limpiarle la sangre. Mientras la limpiaba vi por primera vez en dos años y medio su rostro con atención, me di cuenta que ya no era ella. Estaba llena de arrugas, manchas y ojeras, envejeció de una manera preocupante. Despertó del desmayo en medio de quejidos de dolor, yo me aparté de su lado de inmediato.

— ¿Qué me hiciste? —me dijo llorando.

—Perdóname, mamá le respondí con un nudo en la garganta. Ella ni siquiera me escuchó y fue a su habitación a mirarse en el espejo.

—Eres un monstruo —me dijo al regresar

—Y tú una perra —le contesté, ni siquiera sé por qué le dije eso. Fue lo único que llegó a mi mente.

Ella tomó un pañuelo, lo amarró en su cabeza y salió de la casa para el hospital.

— ¿A dónde vas? —no me dejes solo mamá. Perdóname por favor, le dije llorando, apenas podía articular palabras.

—Cuando regrese no quiero encontrarte aquí, maldito mamaguevo—me gritó y cerró la puerta de un portazo. Yo no me quedé así y corrí tras ella.

—Eso es lo que tú quieres que yo me vaya y no vuelva. Por eso nunca me fuiste a visitar y preferiste quedarte a coger hombres. ¡Maldita prostituta! Yo sé que lo único que tú quieres es que yo me muera para que por fin puedas ser feliz, pero no te daré ese gusto. Me quedaré contigo para hacerte la vida miserable y mamaguevo eres tú.

En ese momento desahogue todo mi odio hacia ella, quería seguir gritándole cosas, pero ya no tuve fuerzas, me dolía la vida. No soportaba que haya sido ella la que me dio la espalda. No me importó que todos mis familiares en República Dominicana lo hicieran, ellos no eran importantes para mí, pero mi madre si lo era y eso hacía que me doliera de una manera inexplicable, quería morir y encontraría la forma de hacerlo... 



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En el texto hay: muerte, sufrimiento, madre

Editado: 13.05.2018

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