Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

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Capítulo 7 - Patrick Seymour

—A ver, respira hondo y cuéntame despacio qué ha pasado —le pidió Oscar, que ya se estaba poniendo nervioso al ver lo alterada que estaba Madeleine.

¿Sería posible que hubiera ofendido de tal manera al protagonista masculino que éste ya no quisiera acercársele? No, el halo de Mary Sue era demasiado potente para que tal cosa ocurriese. Y el protagonista tenía fama de galán. Aceptaría a cualquier mujer que se le propusiese, así fuera esta una belleza o un orco.

—¡Se me ha roto un tacón y Beverley no me quiso dejar sus zapatos ni aunque calzamos el mismo número! —lloró Madeleine y, viendo que Oscar no reaccionaba por mucho que ella se inclinara sobre él, decidió ampliar su catálogo de infortunios—. ¿Qué se supone que he de hacer ahora? Ya no podré salir a bailar,  tendré que quedarme sentada el resto de la noche. Y si alguien me pide un baile no podré concedérselo. ¡Es terrible! Además nadie se ha fijado en mí, ¡seguro que por este vestido tan espantoso! ¡Y tampoco puedo destacar porque tengo miedo de que los duques me reconozcan y me echen!

—Bájale al drama, Madeleine. Aunque los duques se encontrasen cara a cara contigo, dudo mucho que se tomasen un minuto para tratar de discernir quién eres —Oscar dijo esto sabiendo que muchos de los invitados de este tipo de eventos acudían con familiares y amigos, puesto que las invitaciones se extendían hacia ellos pero sin mencionar ningún nombre en particular—. El auténtico problema se reduce a un zapato, ¿no? Con razón al venir hasta aquí parecía que estabas renga…

—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡No tienes ni una pizca de compasión! ¡Ni siquiera te importa que a causa de lo sucedido hoy me cree una mala reputación y ya ningún caballero ose pedirme en matrimonio!

—Cierto, cierto, soy una persona muy cruel —señalando un sofá cercano, le indicó—. Siéntate ahí, me ocuparé de que dejes de cojear.

Madeleine, que a estas alturas tenía la cara llena de lágrimas y roja de ira, decidió depositar la poca fe que le quedaba en Oscar e hizo lo que se le pedía. En cuanto lo hubo hecho, el mozo de cuadras hizo algo inesperado: le sacó el zapato que todavía estaba intacto del pie y, sosteniéndolo por la punta, golpeó la parte del tacón contra una pared hasta que éste también se desprendió. Volviendo a calzar a Madeleine, pronunció una única palabra:

—Arreglado.

—¡¿Cómo que arreglado?! ¡Mis zapatos están…!

—Madeleine, aunque no lo creas, es posible que hoy sea tu día de suerte —la interrumpió Oscar y, antes de que ella pudiese replicar que eso era absolutamente imposible, procedió a explicarse—. Hace unos días leí en el periódico que el único hijo del capitán Seymour vendría —Como en su rostro se veía que ella no estaba al tanto de quién era ese individuo, continuó desgranando cada dato del que disponía—. Los Seymour son una de las más prestigiosas familias de Oxford, suelen pasar largas temporadas en la capital y, por supuesto, son íntimos amigos de los Summerfield. Son propietarios de unos trescientos acres de terreno, dos mansiones y se dice que Patrick Seymour está cobrando unas setenta mil libras anuales. Es increíble que alguien de estas características esté soltero, ¿verdad?

Madeleine, que se le habían iluminado los ojos al escuchar de las propiedades de los Seymour, ni siquiera se había percatado de que Oscar había exagerado un tanto.

—Si todavía está soltero es porque aún no tuvo la dicha de conocerme.

—¡Seguro que sí!

—Pero dime, dime, ¿cómo es él?, ¿es apuesto?

—¡Muchísimo! —Oscar buscó con la mirada entre la multitud hasta dar con alguien que coincidía con la descripción que la autora había dado de Patrick—. Mira, allí está. Compruébalo por ti misma, es aquel muchacho de pelo castaño y traje azul marino que está hablando con las señoritas junto al piano.

—¡Realmente tiene un físico perfecto! —le halagó Madeleine tras un breve vistazo.

Oscar se preguntó cómo carajo podía hacer un cumplido con tal convicción cuando el objeto de sus halagos estaba a unos veinte metros de distancia y con tanta gente en movimiento alrededor, apenas se podían apreciar sus rasgos. En fin, un salario fijo de miles de libras haría lucir guapo a cualquier mono.

—Iré a presentarme.

—No lo hagas —Oscar la agarró del brazo, deteniéndola.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

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