Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

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Capítulo 24 - Revelaciones

Viéndose liberado de gran parte de su estrés, Oscar pudo volver a trabajar con normalidad. La gente seguía yendo y viniendo a través de las hileras de puestos que se habían formado y, así como durante la mañana el enorme jardín de los Seymour se fue llenando, a partir de las cinco de la tarde la propiedad se fue vaciando poco a poco. Los espectáculos de calle y los puestos de ventas continuaban abiertos, pero el tráfico ya no era el mismo.

Oscar estuvo sirviendo té con pastas, después de soportar con humildad la consiguiente regañina por parte del encargado, siendo apenas consciente de lo que sucedía en sus alrededores.

No había visto a Patrick Seymour en todo el día —descontando, claro está, cuando le condujo a personarse ante la falsa adivina—, siendo que el tipo había preferido almorzar en su comedor, con su selecto círculo social, antes que en una carpa llena de personajes cuya procedencia no podría asegurar, en la mayoría de casos. Y es que Patrick, salvo con las mujeres, era bastante selectivo a la hora de escoger compañía. Tampoco tenía trazas de acudir a tomar el té o, en general, probar comida alguna que se sirviese en el exterior. Las bebidas ya eran otro cantar pero, por lo que Oscar se pudo enterar, el protagonista se había pasado la velada paseando a sus amigas por media propiedad.

Había peligro de que Theresa se encontrase con él, pero no de que fuese secuestrada. Oscar había leído la novela, hasta el último punto, y aunque las descripciones del carácter de los personajes se tornaban difusas en algunos párrafos, era obvio para cualquier lector que el protagonista y el villano estaban destinados a colisionar. Ya se conocían y se odiaban de antes, al parecer.

A Patrick no le gustaban las maneras frías y altaneras de Albert, y a Albert no le agradaba la frivolidad de la que el otro siempre presumía. Por tanto, si Patrick descubría que Theresa estaba junto a los Northrop podían suceder dos cosas: la primera, que Patrick se pusiese a discutir con Albert para que la dejase ir. La segunda, y mucho más probable considerando que no estaban solos en ese jardín, que Patrick se retractase en sus intentos de cortejo y se limitara a aceptar el afecto que ya le estaban profesando las muchachas que desde esa mañana permanecían colgadas de sus brazos.

—Disculpa.

Oscar se detuvo al ver que alguien se dirigía a él con intención de decirle algo. Ya pasaban de las cinco de la tarde y los músicos se habían detenido momentáneamente para tomar un descanso. Ahora, el sonido de las conversaciones no podía ser aplacado por nada ni por nadie.

—Tú eres Oscar Gladwin, ¿me equivoco?

—¿Nos conocemos?

No, no se conocían. No directamente, al menos. Aquella mujer y él no habían sido presentados pero, mirándola a la cara una vez más, Oscar pudo reconocer su rostro. No hacía ni tres horas que ellos dos se habían encontrado.

—No, supongo que no nos conocemos —murmuró la chica y, después, con una amplia sonrisa se presentó—. Me llamo Dianne Warren, y soy una de las amigas de la infancia de Madeleine. Bueno, quizá esté mal que yo lo diga, pero soy su mejor amiga. Ella me cuenta todo, desde que éramos pequeñas. Pues aunque vivimos en pueblos diferentes, durante años acudimos a la misma escuela. Y, por fortuna, hemos podido preservar nuestra amistad durante todos estos años… pese a ya no poder vernos tan a menudo.

“Ah bueno, ¿y qué quieres, que te dé un premio?”, pensó Oscar, pero prefirió utilizar otras palabras para hacer notar, de forma un poco menos brusca, que le importaba un carajo quiénes fuesen los allegados de Madeleine.

—Me alegro de que se lleve bien con la hija de mi antiguo patrón, pero no veo qué tiene eso que ver conmigo —señalando hacia el mostrador donde tomaban la orden a quien deseaba un refrigerio, añadió—. Si quiere tomar algo, vaya por allí a pedirlo. Si no es el caso, me temo que estoy ocupado.

—No, no, ¡espera!

Dianne hizo amago de seguirle, así que Oscar no pudo salir por patas como pretendía. ¡De veras estaba deseando que acabase ya su jornada!

—Escucha, no te robaré mucho tiempo, solo quería asegurarme de algo —volvió a comenzar Dianne—. ¿Por qué te has comportado de manera tan terrible con Maddie?

—¿Yo?

—Sí, tú. ¿No ves que estaba sufriendo? ¡Deberías tener algo de compasión con ella y brindarle tu apoyo! ¿Acaso no habéis sido uña y carne desde que erais pequeños? Tendrías que continuar sirviéndole de apoyo, pues, no mostrarte indiferente ante sus aspiraciones.

—Estaba llorando en mi mesa, delante de un montón de comensales que me miraban mal —protestó Oscar—. ¡Mi jefe podría haber pensado que estaba maltratando a los clientes de haber visto la escena!



PhoebeWilkes

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En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

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