Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 25 - La autora que les condenó

Un edificio de no más de tres plantas se alzaba ante él. Era, para ser específicos, el local más gran de Snodland que recibía clientela. Pero uno no debía dejar que su tamaño le impresionara, pues tanto por fuera como por dentro no difería en demasía del resto de comercios de la calle principal. No había nada de especial en aquel lugar de hospedaje, aunque Oscar estaría mintiendo si dijese que no dejaba de sorprenderle el estar ahí. Y es que, si unos meses antes le hubieran dicho que acudiría a una posada para ver a una mujer, y que dicha mujer iba a ser la misma escritora con la que tuvo un altercado en el pasado, no se lo habría creído.

Bueno, no sólo no se lo habría creído, es que hubiese rechazado la invitación de ser esta auténtica. Pese a que en su blog, por cómo en sus críticas no edulcoraba en absoluto sus palabras a fin de que no le malinterpretasen, parecía que estuviese incitando un conflicto, él nunca tuvo intención de meterse en confrontaciones cara a cara.

Si un autor no estaba de acuerdo con algo de lo que él había dicho, no tenía inconvenientes en debatirlo por mensaje privado. Prefería hacerlo así por dos motivos. El primero que, haciéndolo una discusión privada, no habría ocasión para que los lectores se metiesen donde no se les llamaba. Y, segundo, porque tenía bastante claro que si una escritora —como la de “Mi impura obsesión”— le invitaba a tomar un café poco después de que él le hubiese hecho una crítica desfavorable, el desastroso resultado se veía venir.

El único motivo por el que ese día hizo una excepción fue debido a que ambos tenían un interés común. Así que, preguntándose si habría una comisaría cerca por si las cosas se ponían feas, Oscar entró en la posada y subió hasta un cuarto en el que ya le estaban esperando.

Una vez allí, Dianne le recibió con la hospitalidad que se esperaba de una anfitriona como ella.

—Siéntate por ahí y no toques nada, que lo ensucias —había dicho—. ¿Quieres tomar algo? Si quieres algo, hazlo tú mismo. En la habitación de al lado hay una cocina.

Como si ya estuviera acostumbrado a las hostilidades, Oscar ni se inmutó. Le habían señalado una silla de aspecto no demasiado cómodo, pero él se dirigió a un sofá ocupado por múltiples libros. Apartó los mismos, dejándolos sobre una mesita cercana, y se sentó en su lugar.

—Creía que vivías en otra aldea a unas diez o quince millas de aquí —comentó con absoluta normalidad, como si lo primero que hubiera hecho al entrar en propiedad ajena no fuera el incumplir todas sus normas impuestas.

—Así era —repuso ella, sin dejar en ningún momento de mirar a su invitado como si este fuese un criminal buscado—. Pero cuando me di cuenta de que había transmigrado a mi preciada obra decidí que no me convenía quedarme tan lejos de mis protagonistas. Por eso empleé el dinero de los padres de mi personaje para que me dejaran quedarme a vivir aquí de manera temporal. No hace mucho que llegué, en realidad, apenas fueron dos semanas. Estaba buscando un empleo como institutriz en la zona cuando recibí la invitación de Patrick. Entonces fue como: “¡Esta es mi oportunidad!”. Ya tenía pensado visitar Rose Cottage, pero luego lo pensé de nuevo y creí que sería más épico si aparecía ante Madeleine durante la feria.

—Oh, estoy seguro de que ella se moría de ganas de verte.

—¿Verdad que sí? Yo también lo creo, porque cuando la encontré… —La autora se detuvo aquí—. Un momento, ¿estás hablando de Dianne o de mí, como autora?

—No lo sé, dímelo tú.

—Bueno, dejémonos de bromas y de frases de admiración a personajes que merecen nuestro cariño. Y no, no me mires así, ya sé que tú no podrías querer ni al personaje más virtuoso de esta historia —Tomando asiento en una butaca frente a Oscar, comenzó a decir con una seriedad pasmosa—. Empecemos por establecer cómo acabamos aquí.

No teniendo objeción alguna, Oscar decidió comentar lo que a él le había sucedido:

—En mi caso, fue en una noche de tormenta, a finales de septiembre. Había aprobado unos exámenes importantes, así que decidí celebrarlo con algo de licor. A escondidas de mis parientes, cogí una botella de ginebra de la despensa y me la llevé a mi cuarto en el desván. Bebí un poco, creo que vi un par de películas, y ya bien entrada la noche me quedé dormido. Lo siguiente que recuerdo es despertar aquí, en el establo de los Cornell.

—Ya veo, así que te pasó por borracho —reflexionó la autora.



PhoebeWilkes

#507 en Otros
#136 en Humor
#89 en Novela histórica

En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar