Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

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Capítulo 26 - La despedida

Como ya se imaginaba, la autora no fue de gran ayuda. La mitad del tiempo que estuvieron juntos se la pasó quejándose de lo terriblemente torcida que se había vuelto la trama a causa de él y, la otra mitad, se dedicó a hacer un recuento de sus propios méritos y de los de sus protagonistas. Pues, en la mente de Ashley Carpenter, sus protagonistas eran el ejemplo perfecto de una relación de pareja saludable. No veía nada tóxico ni en ellos ni en sus acciones.

Pero no era eso lo que irritaba a Oscar. Él, que había estado frecuentando plataformas de escritura online desde que tenía quince años, no tenía ningún problema en que niñas adolescentes alabaran cierto tipo de comportamientos misóginos o desearan, como ellas mismas decían, entablar tratos con gente de la misma calaña que Patrick. No. Eso no le enervaba, solo le incomodaba. El problema de Oscar venía cuando esos mismos pensamientos los tenían personas como Ashley, puesto que la susodicha ya pasaba de la veintena y escribía para un público adolescente.

¡Por favor! ¡Qué ideas les estaba metiendo en la cabeza si de veras esa era su mentalidad respecto a los amoríos!

Y es que con los niños podía razonarse. De hecho, cuando veía a alguien con esa actitud en su blog, Oscar solía intentar que cambiara de parecer. En especial si se trataba de chicas. Pero, claro, con los adultos era otro cantar. Esos ya tenían el cerebro podrido y sin posibilidad de reparo o, al menos, no un reparo sencillo con el que él estuviera dispuesto a lidiar. De nuevo, su bondad no daba para tanto.

Así que mientras se dirigía hacia Thornfield, se preguntaba qué hubiera dicho la escritora si supiese de él que apoyaba cosas como el feminismo, el aborto y asimismo se posicionaba a favor de la comunidad LGBT.  No es que en Europa tener este tipo de opiniones fuese novedoso en su época pero, conociendo a Ashley y a sus novelas eróticas donde salían puras mujeres sumisas y clásicos hombres hétero, estaba convencido de que ella le tendría alguna réplica desfavorable preparada.

Pero en fin, tampoco es que las creencias de cada cual importasen. Ashley, o Dianne como él la seguía llamando, había prometido que tendría un ojo puesto en sus dos protagonistas. No importaba en demasía si él no conseguía acercarse a Patrick o si era demasiado brusco tratando con Madeleine: la autora los idolatraba lo suficiente como para hacer todo ese trabajo de socializar por su cuenta.

Oscar alcanzó la mansión de los Northrop, un poquito más tarde de lo habitual, y llamó a la puerta. A esas alturas, sus pensamientos habían vuelto a dar un giro. Olvidando a la protagonista, a su estúpida autora y comenzando de nuevo a preocuparse sobre dónde conseguir el dinero y, sobre todo, de dónde sacaría el tiempo para reunirlo. Porque, si mal no recordaba, los libros de Theresa llegarían en breve.

Estaba comenzando a considerar cómo se lo tomaría el villano si le contase absolutamente todo lo que había pasado con el dinero, pidiéndole además un plazo para poder reponer los cuartos gastados, cuando la puerta principal se abrió. Oscar se llevó un buen susto al ver que, en lugar del mayordomo de siempre, Albert fue quien apareció ante él.

Fueron unos cinco segundos de incómodo silencio antes de que cualquiera de los dos alcanzase reaccionar.

En este caso, uno de los dueños de la propiedad resultó ser quien primero logró invitar al visitante a pasar. Y Oscar, que todavía no se había recuperado por completo del sobresalto, avanzó despacio, más lento que de costumbre, hacia el interior de aquella casa. Nunca en su vida había sentido que el hecho de que una puerta se cerrase a sus espaldas fuese una amenaza pero, en ese instante, eso fue lo que sintió.

—¿Qué está pasando? —inquirió Oscar por lo bajo, observando a su alrededor.

No es que Albert se hubiese salido de su camino para abrirle la puerta, siendo esta una ocasión especial, ni nada por el estilo. Es que, dentro de Thornfield, semejaba haber más movimiento que de costumbre. Los empleados subían y bajaban del piso superior a cada tanto, recibiendo órdenes que desde el corredor podían escucharse. Además, había un gran baúl apostatado al fondo de las escaleras. 

La mayor parte del movimiento, de las voces y los pasos venían de arriba. No era que Albert estuviese tomando como afición el realizar las tareas de un sirviente, sino que en ese momento tanto las doncellas como el mayordomo estaban ocupados con algo, y cuadró que el villano era quien más cerca estaba de la puerta cuando Oscar llamó.

—Está por empezar el nuevo curso en Cheltenham —explicó Albert—, así que Letitia ha de prepararse para ello.

—Creía que las clases comenzaban en septiembre —comentó Oscar, pues aún quedaba más de una semana para que llegase tal mes—. ¿Su colegio queda muy lejos?



PhoebeWilkes

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En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

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