Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

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Capítulo 30 - Buscando ayuda

Una de las cosas —no se sabría si positivas o negativas— que trajo consigo el hecho de que ahora Madeleine estuviese en tratos con Patrick era que ella tenía permiso para visitar Lilac Hall siempre que quisiese. No solo eso, sino que también poseía libertad total para deambular por pasillos, estancias y jardines. Permiso que, por supuesto, se extendía a la posibilidad de requerir de cualquier persona del servicio.

Es por esto que Madeleine, en un par de días, se había tomado las confianzas que Oscar no se atrevió a reunir en los meses que había estado allí para deambular por Lilac Hall, como si aquello fuera ya su casa y todas las personas que viviesen en ella se tratasen de sus empleados.

No era extraño, por tanto, contar con la presencia de la mayor de las Cornell cada pocos días. Si bien todavía corrían rumores de que Patrick se estaba viendo con otras, lo cierto es que últimamente el protagonista no parecía tener demasiado tiempo para sus usuales aventuras. Y no es que estuviese dedicando la totalidad de sus esfuerzos en verse con su nueva preferida, no. Cualquier empleado podría afirmar, sin lugar a dudas, que Madeleine pasaba más tiempo en Lilac Hall de lo que Patrick dedicaba para personarse en Rose Cottage.

Para ser precisos, Madeleine era en parte responsable de que el protagonista apenas pudiese moverse siquiera a la villa más próxima con sus amistades. Pues si no exigía que él viniese a visitarle, ella misma se personaba en Lilac Hall sin previo aviso. ¡Y pobre de Patrick como no estuviera o no pudiese articular una excusa decente a su llegada! Claro que ninguna excusa parecía ser lo suficiente buena para Madeleine; ella se enojaba por todo.

Si la dejaba plantada por ir a jugar a las cartas con sus amigotes se enfadaba, si el padre decidía arrastrarle a la oficina para que hiciese algo de provecho un día, Madeleine también hacía berrinche, si salía a dar un paseo y saludar a las vecinas armaba un espectáculo de celos. ¡Ni separarse unos metros de ella para mear, cuando estaban en el campo, le era posible! Todo tenía que hacerlo en el rango de visión de su nueva novia para que esta estuviese satisfecha.

Era un suplicio.

Un suplicio del que Oscar estaba disfrutando como nunca, ya que cada día que pasaba podía verse cómo los ánimos iban abandonando a Patrick, al punto de que siendo prisionero en su propia casa, había empalidecido y adelgazado. Por no mencionar que, no pudiendo evadir las visitas de Madeleine por temor a causar un disturbio mayor, trataba de perderla de vista en las docenas de pasillos que conformaban su hogar. ¡Tan desesperado estaba que hasta le había pedido a su padre que le enviase trabajo o, mejor todavía, que le visitase! Él, que no tocaba los documentos del negocio ni aunque le amenazasen con un arma, ahora pretendía hacerlo de forma voluntaria.

El viejo Seymour debía de estar perplejo. Madeleine, en cambio, se lo tomaba con positivismo: para ella, el hecho de que Patrick la hubiera escogido solo podía significar una mejora sustancial en su calidad de vida. ¿O acaso a qué vendría su súbita motivación para dejarse de hacer el vago y ponerse, como su padre deseaba, a trabajar sino? Madeleine estaba satisfecha, no semejaba notar ningún cambio preocupante en la conducta de su amado.

Y como estaba satisfecha martirizando al otro, ello implicaba que el tiempo y ganas de los que disponía para abordar a Oscar se veían asimismo reducidos. Hasta el punto de que Oscar llegó a no hablarle personalmente en tres semanas enteras, pese a que se cruzase con ella a menudo en su empleo principal.

Ahora bien, esa suerte de pasar desapercibido ante uno de los mayores incordios de aquella novela no podía durar para siempre, menos tratándose de alguien como Oscar, a quien parecía que el universo odiaba con eterno fervor por cómo solía salir mal parado de casi cualquier situación.

—Oye, ¿esa no es Madeleine? —le había alertado durante cierto día Kenneth, quien nunca solía alejarse en demasía de él durante las horas de trabajo—. ¡Ah, sí lo es! ¡Y viene en esta dirección!

—Cállate y no la mires —le instruyó Oscar, aunque sabía que su primer comando era imposible de cumplir—, se acabará marchando cuando se canse.

Después de todo, llevaba semanas pasando de largo o solo deteniéndose para saludar.

Kenneth le dio la espalda a Madeleine, aunque mientras continuaba barriendo el camino de piedra sobre el que estaban, no pudo evitar volver la cabeza un par de veces, para comprobar que, en efecto, ella desaparecería de su rango de visión.

—Oscar, de verdad que está viniendo hacia aquí, pensé que era coincidencia, pero se acaba de meter en el laberinto. ¡Deberías haberla visto saltar ese peldaño de las escaleras, casi se mata!

—El casi es el problema —murmuró Oscar pero, antes de que Kenneth pudiese inquirir, fue él quien preguntó todavía sin echar un vistazo por su cuenta a lo que se le venía encima—. ¿Dices que se metió en el laberinto?



PhoebeWilkes

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En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

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