Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

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Capítulo 32 - Los invitados

Las palabras de Sean, respecto a la cantidad de personas que estarían habitando Fairview durante los días posteriores, no pudieron haber sido más exactas. Si bien ya eran muchos los que componían el servicio, con el personal que acudía en compañía de sus señores la cifra aumentaba todavía más. Siendo que en aquella primera noche que pasaron en la mansión, a la hora de su cena, la totalidad de comensales sentados en dos largas mesas del comedor del servicio sobrepasaba por poco el medio centenar de individuos.

Entre cocineros, doncellas, mozos de cuadras, jardineros y demás, aquel era un grupo tan numeroso como pintoresco. Quizá cuando no había invitados en Fairview las comidas que allí se servían resultaban un tanto más monótonas, con la gente guardando silencio y concentrándose en los platos que tenían delante. Pero ahora, con tanta gente nueva a la mesa, incluso al ayuda de cámara de Howard Ramsey le estaba costando mantener el orden. El mayordomo, inclusive, ya se había rendido. Dejando que cada cual hablase lo que quisiese, sin filtros de ninguna clase.

A Oscar, que no se pusiese ninguna restricción respecto a lo que se podía decir o no dentro del ala del servicio, le venía bien. Era la primera vez que se sentaba a una mesa con tantos comensales y, también, era la primera vez que esperaba pacientemente a que se cometiese un asesinato. Vamos, que hacía un buen rato que había entrado en modo de observación. Participando poco en las conversaciones, pero procurando prestar oídos a todo lo que creyese que pudiera ser relevante para la resolución de un crimen aún por cometer.

Y es que sí, esperar y observar con paciencia a cómo se desenvolverían los hechos era justo lo que Oscar estaba haciendo. No tenía, ni tuvo nunca, intención de detener el crimen. Tal vez otro estaría dispuesto a detener acto tan atroz, salvando a un desconocido, pero él no había venido a la novela para hacer de buen samaritano.

Quería saber, con la misma certeza que Dianne no le dio al escribirlo, quién era el asesino. No para enfrentarse a él ni para obtener justicia, todo eso le importaba un carajo. Quería saberlo porque sentía que había algo turbio en aquel arco, como si la escritora hubiese centrado su esfuerzo en hacer progresar la relación de los protagonistas y, con ello, se hubiese olvidado de hacer verosímil la trama criminal.

Después de todo, si tuviera que hacer un repaso de lo que recordaba de aquellos capítulos, Oscar diría que fue un veinte por cierto de misterio mal narrado, un diez en el que constaba una resolución apresurada, cliché y poco creíble y, el restante setenta por cierto, debía versarse sobre Madeleine pasando miedo —o fingiendo que lo pasaba— y arrimándose a Patrick en el proceso.

En fin, lamentable. Dianne se dejó allí más cabos sueltos que él mismo cuanto trató de escribir su primer relato policial once años atrás.

Ahora, regresando al banquete que tenía delante, había varias cosas que mencionar respecto a las personas que junto a él cenaban. Oscar había ocupado un asiento discreto, cerca del fondo de una de las mesas, a mano derecha y al lado de otros comensales que también eran forasteros en Fairview. Los amos ya habían comido y, ahora que ya no se requería del servicio, estos estaban aprovechando.

Weiss, el mayordomo, era quien presidía la mesa en la que Oscar estaba sentado. Y, pese a que se situaba demasiado lejos como para entablar conversación, él estaba ciertamente interesado en conocer más de este personaje. En la novela original, por desgastado que estuviese el argumento, fue precisamente al mayordomo a quien se le culpó del asesinato. ¿El motivo? No lo había. O bueno, no había una buena razón, mejor dicho. Simplemente la escritora se limitó a tacharlo de psicópata perturbado, asociando su triste pasado con una trama oscura y delictiva.

En verdad, parecía que Dianne era de las que usaba la misma fórmula para la mayoría de sus personajes. 

—La Srta. Bauer ha vuelto a pedir una de esas infusiones con nombre extranjero —estaba comentando una de las doncellas más jóvenes, que estaba a un par de asientos de distancia de Oscar—. Le he dicho que aquí no teníamos de eso, pero insistió mucho. ¡Hasta se enojó! Luego pidió otra cosa, esta vez en cristiano y, cuando le dije que de eso sí teníamos, se enfadó todavía más porque dijo que eso era lo que estaba pidiendo desde el principio.

—Siempre hace lo mismo, siempre —decía otra—. ¿Qué le costará llamar a las cosas por su nombre? Aquí nadie sabe francés o alemán.

—Pida lo que pida, dénselo —instruyó la que debía ser el ama de llaves—, por estúpido que les parezca. Y si no entienden algo, no le repliquen; vengan directamente a mí a consultarme y ya les diré yo lo que deben o no hacer. Que, caprichosa como puede parecer, la Srta. Bauer es bien apreciada por los señores y no nos conviene hacer que se disguste.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

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