Cómo sobrevivir a la peor novela de litnet

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Capítulo 38 - El fin de la aventura

Para cuando Oscar logró despertar, el desordenado cobertizo en el que una vez se halló había desaparecido. El asiento en el que se acomodó por última vez también cambió; ya no era un incómodo sofá, sino una cama mucho más cómoda que las que hubiera probado en las habitaciones de cualquiera de sus últimos dos empleos. No se escuchaban voces, y el frío otoñal que esos días hizo se había evaporado. De hecho, era curioso, pero hasta la manta que traía por encima parecía sentirse más calentita de lo que en principio parecía cuando Madeleine se la echó encima a regañadientes.

Tan cómodo como se hallaba recostado, tardó un par de minutos en despertar por completo para contemplar el lugar donde descansaba. ¡Y menudo susto que se llevó al hacerlo! No es que hubiese regresado a su habitación en el ala del servicio. Tampoco es que el universo se hubiera confabulado para cumplir su deseo tardío de regresar a su época, no, ¡ya le gustaría! El sitio donde se encontraba era un cuarto, muy similar al que le habían descrito que pertenecía el difunto Sr. Patterson.

Tenía sus cuadros y alfombras que semejaban caros, muebles impolutos de madera maciza, una cama de matrimonio con suficientes mantas como para no pasar frío en todo el invierno e, incluso, una chimenea que permanecía encendida. ¿Sería ésta una de las habitaciones de los huéspedes en Fairview? Pero, de ser así, ¿qué estaba haciendo él ahí? Si hacía… ¿Cuánto hacía? En todo caso, ¡él no debía estar ahí!

Entrando en pánico al no ser consciente de la hora de del porqué se hallaba en una estancia que a todas luces parecía demasiado buena para él, Oscar sintió el impulso de levantarse del catre y marcharse. Marcharse a cualquier parte lejos de ahí, antes de que alguien llegase, le descubriese dormitando en un cuarto de invitados, y ello le condenase para siempre a no volver a conseguir empleo.

Fue entonces, cuando trató de incorporarse en la cama, que lo notó. Todavía se notaba constipado, sentía cierta molestia en la garganta y le hubiera gustado poder descansar un poco más. Pero, aparte de eso, no se sentía tan mal como en los días previos. El dolor de cabeza que sintió ya no estaba, tampoco sentía que su cuerpo fuese a pasar a un estado de congelación si no se movía. Y, aunque podría haber dormido más, no se sentía tan somnoliento como antes. Si tuviera que abandonar el colchón y ponerse en pie, estando libre de mareos, podría hacerlo perfectamente.

Pero, de nuevo, ¿por qué estaba ahí? Aunque llegó a sentarse en el catre, nunca alcanzó a abandonarlo. Ya fuese porque el calor que le proporcionaban las mantas era demasiado agradable como para dejarlo, o debido a que, si es que estaba ahí sin ni un solo rasguño, era ya que de él se esperaba que se mantuviese bajo esas mantas.

Como no había nadie, a excepción de él mismo en la habitación, aprovechó ese momento para pensar en qué carajo había sucedido la última vez que estuvo consciente. Lo cual fue un intento inútil. Es decir, sí podía acordarse del cobertizo y de la conversación que tuvo con Madeleine, pero poco más. Si hacía un esfuerzo, podía acordarse de la extraña figura que irrumpió ante ellos, el sonido de un arma cargándose… Luego su vista se había nublado y vagamente recordaba haberse movido. O que le habían movido, vaya, porque en el estado en el que se encontraba entonces, era improbable que pudiese haber dado dos pasos por su cuenta. Tras aquello sí que ya no recordaba nada, ni voces, ni lugares ni sensaciones. Nada, el vacío absoluto.

Y Oscar sabía con certeza que algo tuvo que pasar, pues no era normal despertar donde lo hizo, a saber cuánto tiempo después y medio en cueros —porque esa era otra, que puede que no se hubiesen preocupado por despertarle, pero para dejarle en ropa interior bien que se mostraron ávidos—. Por fortuna, y esto sí había que concederlo, revisando se daba cuenta de que no tenía ninguna herida, ni de bala ni de arma blanca.

¡Todo era demasiado extraño para él!

—¡Oscar, despertarse! —exclamó Kenneth, que acababa de entrar en la estancia como era típico de él; sin pedir permiso primero.

Estaba terminando de acomodar las almohadas para quedarse sentado, apoyado en ellas, y en guardia por lo que pudiese ocurrir cuando alguien llegara al cuarto. No quería que quien fuese le pillase inconsciente. Ahora, ¿quién le iba a decir a él que su molesto compañero sería la primera persona que vería después de su pequeña siesta? No, más que eso, ¿quién le iba a decir que Kenneth estaría tan contento de verle consciente que se tiraría sobre su cama sin ningún reparo?

Oscar tuvo que echar del catre a Kenneth a base de golpes, pues el tipo estaba prácticamente llorando y semejaba negarse a soltar sus piernas, sobre las que había caído.



PhoebeWilkes

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En el texto hay: romance, sigloxix, transmigracion

Editado: 02.12.2019

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