Compañero

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Anna sale del edificio de departamentos en el que vive. Escruta todo el entorno exterior del edificio y, para su grata sorpresa, ve a su hermana subir a un auto con un completo extraño. Lo ignora, Sofia ya es grande y se supone que sabe lo que hace.  Revisa su mochila para constatar que no se olvida nada de importancia. Se olvida de su preciado celular, ¿qué haría un adolescente si no tiene ese pequeño aparato? La respuesta es: grandes cosas. La costumbre de ella es tomar el colectivo para ir a la facultad de arte. Debe ir a buscar su celular, se siente obsoleta sin ese aparato tan extraño, y se olvida de si pasa o no el colectivo.

Vuelve al interior del edificio y sube al piso de su correspondiente departamento utilizando el ascensor.

Llega al piso, camina hasta la puerta del departamento y coge la perilla para abrir la puerta. Gira la perilla para que la puerta se destrabe y pueda abrirse «— ¿Tendrá la cerradura puesta? —» piensa. Pero no, la puerta se abre como si cualquiera en el exterior tuviera derecho de ingresar. Recuerda que no colocó cerradura porque Charlie se encuentra en el interior, es el gnomo de protección.

Traspasa la puerta.

Charlie yace sentado en la misma silla que estaba hace un rato. No ha movido un pelo, la posición es la misma. Parece la típica estatua que conmemora la memoria de un ser importante en una plaza, solo que Charlie no es alguien de importancia. Nota que tiene la mirada distraída y perdida. Ensimismado en sus pensamientos, los cuales son un gran misterio, no nota la presencia de Anna. Parece que duerme con los ojos abiertos, la mirada es un poco intensa, como si fuese capaz de penetrar el alma.

— ¿Charlie? — pregunta, algo preocupada. Tiene la impresión de que tiene a un muerto frente a ella.

No le responde. Parece que ha abandonado la dulce vida. Pero para su fortuna, Charlie da señales de vida al suspirar como un animal viejo y agotado. El trance que tiene es tal que parece que estuviese drogado con alguna sustancia alucinógena.

— ¿Charlie? — insiste con un grito.

Tiene los ojos abiertos. «— ¿Sera su forma de dormir? —» se pregunta. Nunca lo ha visto dormir, asique supone que es de esas extrañas personas que duermen con los ojos abiertos. Chico raro.

Se acerca a él con lentitud y chasquea los dedos a solo unos centímetros de la cara. No se mosquea. Nuevamente chasquea los dedos… y no logra nada. Se impacienta y grita a los cuatros vientos el nombre de él para que se despierte de una vez por todas. Y, como ustedes imaginan, se despierta dando un salto de la silla.

— ¿Qué sucede? — de a poco vuelve en sí.

— ¿Estabas durmiendo? — ríe —. ¿O estas dopado con alguna sustancia extraña?

— Me gusta el poxiran — contesta, super serio.

Anna no sabe si creerle o no, la forma en que le contestaron la descolocaron por completo.

— ¿Lo dices de verdad? — se siente incrédula.

— Como crees — lanza una carcajada —. Solo estaba en un viaje astral. ¿Sabes de que se trata?

— No — blanquea los ojos —. Tampoco quiero saber de qué se trata. Cada loco con su tema.

— ¿Has olvidado algo?

— Es la única razón por la que he vuelto — entra en su dormitorio y escruta entre su desordenada cama repleta de ropa sucia y cosas femenina. No lo encuentra, se desespera, y se extraña por no encontrarlo allí. No se le ocurre otro lugar, al despertar apagó la alarma y salió del dormitorio sin el celular.

— ¿Qué buscas? — grita Charlie, que escucha los ruidos de frustración provenientes de Anna.

— ¡Mi maldito celular! — dice, irritada.

— Está arriba de la heladera.

En un principio no le cree, pero va de todas formas a verificar si es allí donde se encuentra el celular. Y así es, el celular descansa sobre la heladera. ¿Cómo? ¿Cuándo? Las preguntas se sobreponen en su cabeza, no recuerda haberlo dejado allí.

— ¿Cómo supiste? — pregunta, recelosa ante la situación.

— Desde mi posición se puede ver con claridad — contesta sin que le den espasmos nerviosos.

Anna se siente desorientada, no recuerda para nada salir con el celular luego de levantarse de la cama, y no puede evitar sospechar que Charlie ha cogido el celular y lo ha colocado sobre la heladera. «— ¿Me estaría espiando? —» se pregunta. Se siente incomoda al pensar que su privacidad es corrompida. Un celular guarda información muy personal del respectivo dueño. Pero, para su fortuna, el celular se desbloquea con la retina del ojo. Es increíble que esa tecnología, antes utilizada en bancos de primerísima seguridad, sea empleada en esos pequeños aparatos de consumo masivo.



Jonah Bach

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En el texto hay: psicologico, miedo, drama

Editado: 02.02.2020

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