Compañero

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Gabriel vuelve a su hogar, cansado y empapado en su transpiración; no le gusta usar las duchas del gimnasio porque, según él, cree que es el hogar de diversos hongos super contagiosos. Muchos usan esas duchas y no todos son personas higiénicas. Tuvo una larga jornada. En el horario del almuerzo se dio un tiempo y fue a un restaurant cercano y pidió un plato de ñoquis. Comió y siguió trabajando hasta las 19 hs. Es una persona con mucha actividad física. A medida que iba diciendo que hacer a los clientes, la mayoría con sobrepeso, se ejercitaba. Ello es la razón del porque tiene el gran cuerpo que tiene.

Estaciona con su auto, es un Nissan Versa 2015 color rojo, en la acera junto al edificio. Tiene alquilado un lugar en un estacionamiento, pero estaciona en tal lugar porque pretende salir pronto. Solo va a darse una ducha y cambiarse de ropa para después ir al cine a ver una película.

Baja del auto y ve en la entrada del edificio a un hombre alto, un poco canoso, delgado y con una gran nariz. El hombre de la nariz grande tiene una máquina de escribir es sus manos.

— ¿A quién busca? — le pregunta.

El hombre de la nariz grande mira con asombro, quizá intimidado por los músculos, al joven que se le acerca.

— A un chico que se llama Charlie — tiene un ojo torcido, el izquierdo—. Pero no te preocupes, acabo de llamar y viene en camino.

— Lo conozco.

— ¿Sí? — le extiende la máquina de escribir —. Bueno, tú eres un chico fuerte. Yo estoy viejo y estoy cansado de cargar la máquina. Es un poco pesada. No solo me harías un favor a mí, también le harías un gran favor a Charlie.

— Creo que Charlie tiene la fuerza suficiente para cargar eso — apunta a la máquina dudando de la fuerza que posee Charlie.

— Es cojo. Quizá puede, o no, pero igual es un lisiado. Hay que ayudar a los lisiados, hijo.

— ¿Cojo?

— Si dices que lo conoces, ya deberías saberlo.

Gabriel asiente con la cabeza. No lo conoce y no tiene noción de que problemas pueden perturbar a su vecino.

— ¿Cómo te llamas? — le pregunta.

— Néstor Kirchner — responde meneando la cabeza. Orgulloso.

— Es un nombre digno de un buen político — sonríe.

— Lo es. De hecho, fui gobernador de la provincia de Santa Cruz.

Gabriel se sorprende.

— ¿De veras?

— Claro — contesta don Néstor.

— ¿Qué piensas de Cristina Fernández? La mujer que pretendía postularse para presidenta.

— Era mi esposa. En realidad, yo me postulé para ser presidente de la nación. Ella solo era mi esposa. Aunque tenía sus cargos importantes. Por culpa de ella perdí las elecciones.

Queda atónito. Está frente a un hombre importante, o lo fue en su momento.

— Ah. Comprendo — en realidad se siente un burro por haber creído que Cristina se había postulado —. ¿Por qué la encarcelaron?

— Fue acusada por decidir, negociar y organizar la impunidad de los prófugos iraníes en la causa AMIA con el propósito de fabricar la inocencia de Irán en la investigación del atentado de 1994 — baja la cabeza, como si de pronto la tristeza lo invadiera —. En lo personal creo que traicionó a la patria. Creo que agradezco a Alberto Nisman, el fiscal encargado de ello, por hacer la denuncia meses antes de aquellas elecciones. Si yo hubiera ganado, no sé qué habría pasado.

— Seguramente usted habría muerto, o lo habrían obligado a fingir su muerte. Ya sabe, funeral a cajón cerrado — comienza con sus “conjeturas” —. Tal vez, ella con los años pudo ser la nueva presidente de la nación. Corrupción, lavado de dinero y choreo descomunal al pueblo.

— O lograr idiotizar al pueblo — asiente con la cabeza como si lo que escuchara fuera certero —, a tal punto que, aunque tenga muchas causas en contra, el pueblo siga amándola. El genio del mal.

 — Eso no es muy difícil de hacer — asegura Gabriel —. Solo hay que dar regalos al pueblo. Hay que mantenerlos contentos para que no sepan que el país se va al carajo. Pueden abrir un programa de Fútbol para todos en la televisión para distraer al pueblo y hacer lo que se les plazca. Lo descarado en esto, es que el pueblo es cómplice de todo y no se da cuenta.

— Claro — Néstor se rasca la cabellera. Incrédulo —. Dar regalos y domarlos.

Ambos ríen ante el delirio que acaban de tener.

— Por suerte nada de eso ha sucedido — comenta Gabriel.

«Tristemente es todo lo contrario.»

Néstor se limita a asentir. Charlie se tarda mucho en bajar, o eso cree.

Gabriel espera a que Charlie baje y abra la puerta para entrar al edificio. Tiene la máquina de escribir en sus manos, y de cierta forma se ha comprometido con el anciano en llevársela a Charlie.  Mira su reloj y ve que son las 19:40 pm.

Charlie llega a destino.

— Hola. ¿Es usted Néstor? — escruta al señor y nota que no tiene indicios de llevar consigo la máquina de escribir. Una sombra se proyecta y le da en la cara. Es Gabriel, quien tiene en sus brazos la máquina de escribir.



Jonah Bach

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En el texto hay: psicologico, miedo, drama

Editado: 02.02.2020

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