Confesiones de un alma torturada

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Confesión N°11: Sólo un poco de silencio.

Bocas. Muchas bocas. 

Hablan todas al mismo tiempo. 

¿No las escuchan? 

Son cientos. ¡No, miles!

¿Acaso no las ven? ¿Cómo pueden ser tan ciegos? ¡Dios! Se ríen de ustedes... a carcajadas y ustedes no las oyen. 

Después la loca soy yo. 

Despues la loca soy yo. 

Si no me hubieran encerrado... si me hubieran dejado seguir con mi misión... 

¿Cómo pueden desestimar mi esfuerzo por mantener la paz? ¿Cómo pueden tratarme de loca cuando yo soy la responsable de que ustedes vivan en silencio? De que vivan en paz. 

Sinceramente no los entiendo. 

¡Deberían agradecerme! 

No fueron homicidios. No lo fueron. Sólo fueron muertes por un bien mayor. ¿Nunca vieron en las películas a esos policías que sacrifican una vida para salvar miles? Bueno, esto sería lo mismo. Exactamente lo mismo. 

¿Pueden pedirles que se callen? Estoy intentando hablar y no pienso gritar para hacerme oír por sobre ellas. No soy una persona escandalosa. 

Hacen que me duela la cabeza... Todas ellas... Por favor... Que se callen... 

¿Cómo pueden preguntar quién habla? ¡Ellas! ¡Todas ellas! 

Necesitan oír una historia. Luego me dirán si siguen creyendo que yo soy una desequilibrada. Luego entenderán. 

Todo se remonta a mis diez años. A mi primer beso. Por supuesto que si. Él... no era muy lindo para serles sincera, era bajo, incluso más que yo, tenía granos y aparatos y... hablaba solo. Según me explicaron, él tenía un amigo imaginario o algo asi. 

Algo así... 

¿Les dije que tenía granos? Eran demasiados, demasiados para poder contarlos... Era asqueroso...

Ni siquiera sé por qué lo besé. No fue la gran cosa sinceramente... Fue un beso  con más saliva de la que debería para ser el primer beso. Demasiada saliva... 

Estoy convencida de que ese fue el detonante. Allí estuvo la magia. 

Si bien el beso fue demasiado rápido, mucho más de lo que esperaba, cuando él abrió los ojos, tenía las pupilas dilatadas y, estaba desorientado. Y me miraba como si fuese... No lo sé... Miss Universo. 

Yo tampoco era muy linda que digamos... Era gorda y tenía una naríz muy grande que luego, luego de cargar durante mucho tiempo con ese pequeño complejo, me hice una pequeña intervención quirúrgica por la que, durante una semana, me arrepentí y sufrí horrores. 

Lo lamento, me voy de tema demasiado rápido ¿verdad?

Pues bien, volviendo a lo que les decía... Ese beso no fue gran cosa. Pero sí lo que pasó después. 

Mientras ese niño feo me miraba como un idiota, poco a poco, fueron apareciendo  en torno a su cabeza cinco bocas, una por una. Bocas. Cinco bocas. 

Fue sencillamente espantoso.

Horroso. 

Escalofriante. 

Tenía diez años... Lo último que esperaba en ese momento era ver cinco bocas flotantes que hablaban todas al mismo tiempo. No era algo normal, pero tampoco lo tomé como lo toman ustedes, en ningún momento dudé de mi cordura. Era algo extraño si, pero no significaba que estuviera perdiendo la cabeza. 

Lo que pasó luego... eso sí me hizo perder el control durante un momento. Lo que lamento en sobremanera es que, cuando recuperé la compostura, ya era tarde, lo peor ya había sucedido. 

Verán, el hecho de que las bocas flotaran en torno a su cabeza, era algo maravilloso, era embelesante, era mágico. 

Empezó hablando una, como en un murmullo. Casi inaudible.

Luego otra... un poco más fuerte y se complementaba con la primera quien a su vez subió un poco la voz...

Luego la tercera que hizo lo mismo que las dos últimas... 

Luego la cuarta...

La quinta... 

Era insoportable... Insoportable... 

No se callaban. No había manera de que lo hicieran. 

Fue un pequeño lapso de inconciencia. No sé que fue lo que sucedió. Al despertar, el niño estaba a mis pies, sangraba por todos lados y... manchaba mis medias blancas. En mi mano, en la derecha, tenía sus labios sangrantes. Creo que fue lo único lindo que pudo llegar a tener. 

No me asusté. Para nada. Al menos, las bocas se callaron. 

Pero luego... las bocas aparecían sobre cualquier persona que estuviese frente a mi y hablaban tan fuerte que... no podía oír a quien me estaba hablando. Durante veinte años, hice lo que pude para que desagradecidos como ustedes pudieran vivir en silencio. Tranquilos. ¿Y así me lo pagan? Al parecer, sus madres no les enseñaron bien. 

Supongo que encontraron mi colección... las bocas silenciadas. Son hermosas ¿verdad? 

Quisiera que me las devuelvan si no es mucha molestia. La verdad es que me hacen demasiada falta. Y si voy a ir presa... me harán mucha más falta. 

No entiendo por qué no lo entienden. 

Sólo necesitaba un poco de silencio... 



Josefina Olariaga de la Fuente

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En el texto hay: historiascortas

Editado: 19.10.2019

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