Confesiones de un alma torturada

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Confesión N°19: Cuentas pendientes.

Tengo una amiga en el espejo.

Sí. En serio.

  1. segura de que vieron ese enorme espejo de pie cuando entraron a casa por la fuerza. Sí, cuando me rompieron la puerta.

Ahhh… quieren que les cuente sobre los muchachos… ¿Ahora sí me piden las cosas con amabilidad? ¡Ja! Sabio es el dicho “Por la plata baila el mono” ¿verdad? Mi padre solía decirlo cuando era pequeña. Cuánta razón tenía.

Así son las cosas. Primero me rompen la puerta. Una puerta hecha a mano, cabe aclarar, hecha por un gran carpintero peruano, cabe aclarar, protegía mi casa de los malos espíritus, cabe aclarar…

Así son las cosas… ahora sí son amables.

Tengo una amiga en el espejo.

Su nombre, Francesca Patorizo. Para haber estado cuarenta años encerrada ahí, se mantiene bastante bien. Aunque la tristeza de sus ojos es indisimulable.

Por eso la ayudaba. Porque nadie se merece lo que le pasó.

Se me apareció una noche. Bueno, al menos esa noche me percaté de su presencia.

La escuché llorar, sollozar… Al principio me tomó por sorpresa, pero luego cuando la salude, la que se asustó fue ella.

Fue sorprendente ver a una persona dentro de un espejo, pero no fue incomprensible.

Le pregunté quién era y ella a su vez me preguntó qué año era.

Resultó ser que en donde yo vivía hacía diez años, había sido un galpón abandonado. Resultó ser que el espejo que yo compré en una subasta de cosas viejas, había sido encontrado allí.

Es increíble lo que son las vueltas de la vida ¿verdad? Todo volvió a su sitio.

Esa noche no dormí. Me quedé hablando con ella, necesitaba entender qué sucedía y ella necesitaba conversar con alguien. Yo en su lugar me hubiera vuelto loca, cuarenta años encerrada, sin hablar con nadie, envuelta en una oscuridad eterna.

Esa noche me contó su historia.

En su cumpleaños número 28, dos días antes de su casamiento, su novio y su mejor amiga la convencieron de ir a ese galpón, ese que ahora es mi casa, la llevaron engañada. Le dijeron que querían celebrar sin que las familias se entrometieran.

Pero no fue así.

Pese a que ella se negó y pidió volver a casa, jugaron con fuego pero la única que salió quemada, fue ella, Francesca.

Mediante un antiguo ritual que ella había estado investigando, la metieron en el espejo. Una vez que se aseguraron de que estaba metida allí. Una vez que se aseguraron de que no podía salir le confesaron todo.

Estaban juntos desde hacía un tiempo. Ella siempre había estado de más.

Tuvieron relaciones frente a ella… ¿Pueden concebir tal crueldad? Su mejor amiga, su prometido, ambos la encerraron allí y luego tuvieron relaciones frente a ella.

Yo quedé tan impactada que no pude hacer otra cosa que ayudarla.

Merecía un poco de compasión.

¿Qué si me arrepiento? No, para nada. Ni siquiera un poco.

Ellos se lo merecían.

¿Quieren saber qué hice? ¿Cómo lo hice?

Bueno, voy a decírselos. Sólo si me prometen, que mandarán a hacer una puerta igual a la que rompieron. Exactamente igual.

¿SÍ? Son unos mentirosos… Pero, aun así, voy a contárselos, no pierdo nada.

No fue difícil hallarlos. En estos tiempos de redes sociales, en los que todos, inclusos los viejos tienen una cuenta en algún lado, no fue difícil. Francesca me dio los nombres de ambos y el resto, fue pan comido. Sólo se me complico un poco encontrar a su amiga porque bueno… luego de casarse, adoptó su nombre de casada. Ahora no lo recuerdo.

Bueno…

Los investigué durante un tiempo hasta saber la forma exacta de atraerlos y hacerlos pagar.

Francesca se lo merecía. Merecía verlos sufrir como ellos la vieron.

Cuarenta años… ¿Ustedes le hubieran soportado? Yo no. Ustedes hubieran hecho lo mismo por un amigo. Aunque ahora estén en una posición en la que deben hacer valer la ley.

Ambos tenían un emprendimiento que se llamaba nada más y nada menos que Mermeladas de Francesca. Era un chiste de muy mal gusto. Eso nos hizo enfurecer a ambas.

Fue fácil atraerlos.

Los llamé desde mi número de teléfono y les pedí una gran cantidad de mermeladas. Pedí cincuenta de frutilla, cincuenta de frambuesa y cincuenta de tomate. Supongo que al oírlo, le brillaron los ojos, era una cantidad de plata que no podían rechazar, incluso se ofrecieron sin que yo se los pidiera, a llevármelas a domicilio cuando en la descripción de la página, decía en letras mayúsculas que no hacían envíos a domicilio.

Lo mejor de todo, lo más fácil, fue que se ofrecieron a llevarlo en persona.

Mi plan salió redondito.

Aunque dudaron un poco, lo note por su voz, cuando escucharon la dirección.

Supongo que nunca se olvidaron de su error.

Aun así y dándole la razón al dicho de mi padre, accedieron a ir. Fue lo peor que pudieron haber hecho, para nosotras, fue la mejor decisión.



Josefina Olariaga de la Fuente

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En el texto hay: historiascortas

Editado: 19.10.2019

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