Confesiones de un alma torturada

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Gustavo.

Sin darse cuenta, había pasado ya una hora y media. Aunque no era tanto, revivir todos esos casos antiguos no le hacía gracia, pero necesitaba hacerlo para poder cerrar ese capítulo de su vida. De una forma macabra y retorcida, recordaba aquellos momentos como los mejores de su carrera. Un hombre de treinta y cinco años, recién comenzando su carrera de detective, con cuatro años de un hermoso matrimonio y una pequeña niña en camino, nada podía ser mejor.

En menos de cinco meses había logrado resolver diecinueve casos utilizando los pocos recursos que el Estado le otorgaba a las fuerzas y a la investigación. En dos años, había logrado un total de 365 casos resueltos.

Los recordaba uno por uno. Las imágenes morbosas que tenía que ver reiteradas veces para encontrar detalles que no había visto la primera vez, aún podía sentir los olores particulares de cada escena a la que le había tocado ir.

Eran cosas que ya nunca podría olvidar. Al principio creía que sí, que con cada caso que entraba, con cada muerte a la cual tenía que dar una respuesta, a cada vida que debía hacer valer, creía que con eso, podría ir olvidándolo, como si fueran reemplazando los anteriores. Pero luego de tantos casos, podía sostener con certeza que no había olvidado ningún caso.

Por mucho que lo pensó, por mucho que intentó ponerse en lugar de toda esa gente, no podía entender cómo, por qué, qué razón lleva a una persona a hacerle cosas tan atroces a otra. No entendía el nivel de enojo, de odio, de resentimiento que podía existir en un ser humano como para hacer una cosa así. Por mucho que le daba vueltas, por muchas formas de verlo, no entendía la razón y estaba seguro que iba a morir sin poder encontrar una explicación lógica a tanta maldad.

Guardó el último caso en la caja, y sacó el que le seguía. Estaban todos ordenados de acuerdo a cuando habían sido resueltos cada uno. Quien organizaba eso era nada más ni nada menos que su primera esposa. El recuerdo lo hizo sonreír. Ella aún no se jubilaba, pero no había perdido la manía de organizar, al principio él creyó que era algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo, pero luego comprobó que, era sólo una manía suya. Manía que los llevó al divorcio luego de siete largos y hermosos años.

Se sorprendió pensando en ella.

Se sorprendió acariciando el caso que los había llevado al divorcio. No se había dado cuenta de eso hasta que vio la fecha. Fecha que había quedado marcada a fuego en su memoria, hasta ese día. Su corazón comenzó a latir con fuerza y su corazón se inflaba y desinflaba con una rapidez vertiginosa.

Con manos temblorosas buscó en su bolsillo la segunda y no menos importante razón de divorcio, su petaca y sus cigarrillos. Ya no le quedaba whisky pero los cigarrillos aún no se acababan. Sin importarle las restricciones institucionales, sacó del cajón que aún no vaciaba un encendedor viejo que por suerte aun funcionaba.

Con un poco de esfuerzo y con los años que apremiaban en su cadera, se levantó y cerró la puerta, abrió la ventana para que el escándalo fuera menor.

El pulso ya no le temblaba tanto, los dos dedos que sostenían el cigarrillo mantenían una firmeza necesaria. Casi de manera anhelante, le dio una gran calada, como si eso fuera, de alguna forma, a calmar su nervioso corazón. Una vez hubo terminado con ese, prendió otro y luego otro más ya al momento de prender el cuarto, su voz de conciencia que extrañamente tenía la voz de su ex mujer, le dijo que ya era demasiado, incluso para él y tenía razón. Lo apagó y se sentó.

Su corazón palpitaba con locura, ya sabía lo que se venía, su pulso temblaba casi al unísono con sus latidos, su boca se había vuelto un desierto y ese molesto tic que creía superado, volvió para hacer temblar su parpado izquierdo una vez más. 

Todo por él. 

Todo por eso. 

Nunca antes, a pesar de todo lo que había visto, creyó que la gente fuera capaz de una cosa tan atroz, que fuera posible que hubiera personas con tanta maldad en ellas. 

Unas nauseas que sabía perfectamente de donde venían, subieron por su garganta pero no llegaron a salir, las contuvo.

Era capas de leerlo.

Iba dirigida a él.



Josefina Olariaga de la Fuente

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En el texto hay: historiascortas

Editado: 19.10.2019

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