Confesiones de un alma torturada

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Confesión N°4: Una vez al mes.

Despierto una vez más empapada en sudor.

Sólo fue una pesadilla.

Estoy en el piso, envuelta en este líquido pegajoso que ya no me asusta. Otra vez el camisón blanco está rojo, manchado, salpicado. Me lo saco de forma casi mecánica, rutinaria y lo dejo en el cesto de basura, ya no sirve.

No tengo espejos, los quité hace rato, los rompí y los tiré. No soportaba verme todas las mañanas así, como soy, un monstruo.

Intento mantener una vida normal, pero durante cuatro días…

No puedo controlarlo, sucede cuando duermo. Intenté todo. Es una clase de… Es una maldición.

Ya no sé cómo vivir así, con el constante recuerdo de mis acciones dormidas. No sé cómo evitarlo, dejo de ser yo en el momento que cierro los ojos.

Pido disculpas.

A cualquiera que le llegue esta carta, si es que le llega, si alguien me encuentra, si alguien logra detenerme antes de que el número siga creciendo, quiero que sepan que no hago a sabiendas, no soy una psicópata, ni una sociópata, tampoco puedo ser normal.

Ya no recuerdo qué es ser normal.

Voy a contarte cómo comenzó todo. Espero que entiendas.

Seguro que, si estás leyendo esta carta, es porque ya me encontraste y ya sabes quién soy, me conoces. Sabrás que mi mamá falleció en mi cumpleaños trece, sabrás que nunca vivió conmigo a causa de su demencia, sabrás que se suicidó al frente mío en una de las visitas semanales.

Ella siempre vio algo malo en mí.

Siempre.

Supongo que el instinto de madre le mostró que algo estaba mal en mí. Tal vez por eso, a los tres años me ató con la cadena del perro durante toda la noche, tal vez por eso a los cinco intentó asfixiarme con la almohada, tal vez por eso siempre me quiso lejos.

Tuvo razón. Cuánta razón tuvo.

Menstrué por primera vez a los diecisiete.

Nunca pensé que algo tan natural marcara mi vida de una forma tan macabra.

La primera vez fue la peor de todas.

Como hoy, desperté en un charco de sangre. Demasiada para ser mía. A mi lado, el cadáver del único hombre al que amé en mi corta vida, yacía despedazado, irreconocible.

  1. sufrí tanto como ese día.

Ese fatídico día.

No puedo decirte qué fue lo que pasó, porque sencillamente no lo sé.

Sólo puedo decirte que me quedé todo el día a su lado. Lloré su muerte y mi desgracia. Estuve acostada en el piso con su cuerpo y su sangre, con el pijama embebido de ese líquido espeso que ya comenzaba a secarse, que ya comenzaba a apestar.

Lo enterré en el jardín. Llovía mucho. Jamás lo voy a olvidar. Tiré sobre él, semillas de flores hermosas, no recuerdo su nombre. Como si eso compensara en algo lo que hice.

Seguro ya lo encontraron.

Resultó ser que cada vez que me indisponía, una vez al mes, cuatro días al mes, cuatro cadáveres aparecían, uno por noche.

Intenté no dormir.

Juro que lo intenté.

Pero siempre terminaba cediendo al cansancio. Terminaba agotada.

Desearía poder cambiar lo que hice.

Desearía no hacerlo.

Desearía que me encuentren.

Pero, mientras tanto… Van a seguir hallando cuerpos una vez al mes.



Josefina Olariaga de la Fuente

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En el texto hay: historiascortas

Editado: 19.10.2019

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