Confesiones de un alma torturada

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Confesión N°8: Anillo de diamante.

Un anillo de diamante. 

Así comenzó todo. 

No era cualquier anillo. 

Era hermoso. Sencillo y hermoso. Creo que en ello estaba su belleza, su sencillez. Era pequeño, para un dedo anular muy fino, delicado. Plata, eso seguro y el diamante... aunque no era ostentoso, lograba que cualquier persona posara su mirada en él. 

Como venía diciendo, en su simpleza radicaba su esplendor. 

Eso me condujo a aquella casa esa tarde. 

Hay veces que la culpa me consume y luego a pensar que todo lo que pasó fue mi culpa. Pero,  hay muchas otras veces en las que la culpa pasa a ser otra cosa, algo mucho más repulsivo: autocompasión. 

Fui engañado. Vilmente engañado. 

A ver... ¿Cómo lo explico?

Desde los diecisiete años yo trabajaba en la joyería de mi suegro. Desde los quince yo salía con su hija y él... bueno, nunca me tuvo mucho afecto. Ella era la primera de cuatro hermanos y su adorada pequeña. 

Estuvimos juntos por diez años, diez hermosos años y... si no me hubiera dejado llevar por la tentación, aún seguiríamos juntos. 

Teníamos tantos planes...

Ella era hermosa. Divertida, extrovertida, sencilla. Sus ojos tenían la luz más maravillosa que podría haber visto en mi desgraciada vida. Desde los quince soñabamos con casarnos y tener una familia. Era tan inteligente... Tan dulce...

Es en estos momentos en los que  sé que fue mi culpa, mi desesperación por ese anillo arruinó lo único valioso que tenía en este mundo. 

Era dieciseis de marzo. Nuestro aniversario... Nuestro aniversario número diez. 

Nunca pensé que llegaríamos tan lejos. Diez años de amarnos a pesar de todo. 

Su padre me pagaba bien, pero no me alcanzaba para ninguna joya de las que vendía. Eran demasiado costosas y yo sabía que, si llegaba a comprarle algo así, ella no lo aceptaría. De hecho, las joyas no eran su estilo. Aún seguía usando el cuarzo rosa que le regalé con mi primer sueldo a los diecisiete. 

Todo hubiera sido tan distinto... 

Mi plan era simpe, pero a ella le hubiera gustado... A ella le hubiera gustado... Yo lo sé... 

Quería llevarla a cenar a ese lugar que a ella le encantaba y luego la llevaría al parque de diversiones. La montaña rusa le fascinaba y a mi, escucharla reir, me fascinaba el doble. Pero había algo que faltaba. Ella quería un anillo y yo lo sabía, pero nunca me lo diría, nunca me lo hubiera pedido. 

En cambio, su padre si. 

Y lo hizo. 

Ese jueves a la mañana, mi suegro me increpó al llegar. Me preguntó si esta vez sí tenía el dinero suficiente como para darle a su hija lo que realmente merecía. Nunca lo caracterizó la sutileza y, esa vez no iba a ser la excepción. 

No podía decirle la verdad. No podía decirle que de milagro me alcanzaba para llevarla a cenar esa noche. No podía decirle que aún me faltaba muchos años para poder darle a su amada hija lo que realmente merecía. 

Nunca me gustó mentir. Pero tampoco me gustaba que me hirieran el orgullo, que dudaran del amor que yo tenía hacia ella. Era algo que no iba a tolerar de nadie. Y mucho menos de él. 

Le dije que si. Mentí. Dejé que la frustración se apoderara de mi y hablara primero. Ya no podía retractarme. Tampoco quería hacerlo. 

Le dije que si. 

Y es en estos momentos en los que sé que yo no tuve la culpa de nada. Yo no fui el responsable. Fue de él. Él fue quien me manipuló. Él fue quien tomó el amor que yo sentía por su hija y lo volvió un arma. Fue él quien me impulsó a hacerlo. 

Su manipuladora forma de ser tuvo la culpa. 

Él asesinó a su hija. Él me quitó al amor de mi vida. 

No volvió a mencionar el tema y, para mi, fue un alivio. No lograba sacarlo de mi cabeza. A esas alturas, el llevarla a cenar, me parecía una estupidez. 

La tarde transcurrió tranquila, sin penas ni glorias. Al menos eso me pareció. Mi cabeza estaba en otra parte, necesitaba conseguir el dinero suficiente para comprarle ese maldito anillo. 

Ella se hubiera vuelto loca. Hubiera carcajeado y llorado y... me  hubiera besado. 

Esa tarde,  mi suegro quiso hablar conmigo. Quería pedirme un favor. Tardó demasiado en llegar al punto, balbuceaba y se reía nervioso hasta que me explicó que quería que yo robase algo para él.

Y yo que pensé que ya nada podía sorprenderme. 

Quería que yo robase algo  para él. Una caja pequeña, muy sencilla de robar, según él y, a cambio, él me daría el anillo más costoso para que yo pudiera dárselo a su hija. A mi amor. 

Todo fue mi culpa. No debí ceder. Ella siempre decía que lo fácil traía un precio bastante costoso, pero no lo pensé ni siquiera un poco. En lo único que pensaba era en su felicidad, en su alegría, en su sonrisa... 

Me dejó convencer... 

Es ahora creo que la culpa fue de ambos. 



Josefina Olariaga de la Fuente

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En el texto hay: historiascortas

Editado: 19.10.2019

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