Coqueta y Decidida

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Fue Max quien voluntariamente quiso acompañar a Priscila a su pueblo natal en Coptom, a ella le encantó éste gesto, incluso lo abrazó en cuanto se ofreció. Los Bartolich intentaron convencer al muchacho de que se quedase en casa y que Priscila podía ser acompañada por uno de ellos, sin embargo, los jóvenes se salieron con la suya y partieron lo más pronto posible.

Pareciese infinito, cada tramo se le hacía extenso y Max podía notar el estado nervioso de su acompañante, sus manos temblaban y ella las movía constantemente para no parecer tan obvia; pero su joven amigo se percató al instante, inclusive notó como ella se resistía a soltar un par de lágrimas.

-Mis hermanos… tan pequeños… -Murmuró ella al sentir la mirada de éste.

-Tranquila, los traeremos con tus tíos y como a ti, no les faltará nada. Verás lo feliz que estarán al verte.

-Lo dudo, mis padres… temo que toda la culpa recaiga en mí, temo por lo que ellos piensen, son tan pequeños, dudo que comprendan bien la situación.

-Si son tus hermanos, de seguro serán tan bondadosos como tú.

Hasta que no llegaron a la pequeña casa de los Danber, ambos se mantuvieron en un profundo silencio, sólo se oían las ruedas del carruaje y cómo el chofer dirigía al caballo, en un momento dado, Max cerró la pequeña ventana que comunicaba con el desconocido para que no se escuchara ninguna otra voz. Solamente volvió a abrirla cuando éste detuvo la marcha, Priscila miró por doquier y reconoció el césped y el camino hecho a piedras hasta la entrada de su hogar, recordó como ella misma y su hermana Elvira habían tenido la maravillosa idea luego de ver tantas pinturas.

-¿Necesitas que te acompañe? –Pregunta Max al ayudarla a descender del carruaje.

-No, estaré bien –Le responde con un tono un poco ronco de haber estado sin hablar.

A paso firme se dirige a la residencia y golpea con fuerza esperando este reencuentro que, pese a darse en tristes condiciones, no deja de ser emocionante tras meses sin verse, a Priscila se le hicieron años. Sin embargo nadie respondió, ella insistió golpeando y Max se preocupaba porque los niños la hayan visto y se negaran a recibirla. Su amiga siguió llamando en vano hasta que, creyendo haberlos perdido, se sostuvo de la columna de la entrada y lloró desconsoladamente. Max pensó que había sufrido un desmayo y llegó a tiempo justo para atraparla antes de que sus rodillas tocaran el suelo.

-Tranquila, los encontraremos.

-Sé dónde están –Dice un señor de unos sesenta años. Estaba bien vestido y antes de que el joven pudiera cuestionarlo, éste dobló su saco para revelar su placa de comisario.

-¡Sr. Ormond! –Lo reconoció Priscila al instante una vez que lo vio, estiró sus brazos con la intención de abrazarlo y éste no dudó en consolarla. -¡Mis hermanos! Dígame dónde están.

-Me temo que nunca más va a hallarlos aquí, señorita Danber.

-¿No?

-Los niños Danber fueron enviados con su tía, Abigaíl Atwood, creo que la debe de conocer, solía juntarse con ella cuando era usted una niña.

Sí, recordaba a su tía Abigaíl, una mujer adinerada que lo tenía todo, dinero, joyas, una mansión… pero nunca tuvo hijos, su marido se fue de éste mundo sin haberle dejado aunque sea uno, y por lo que tenía entendido, ella no podía tenerlos. Poco a poco iba pensando que, viendo a sus sobrinos desamparados, ella podría haber encontrado la oportunidad perfecta para adoptarlos.

-Dígame, Sr. Ormond ¿Mi tía sigue residiendo en el mismo lugar de siempre?

-Sí, señorita. Permítame llevarla.

-Iremos nosotros, descuide… ¿Cómo están Elvira y León?

-Oh, destruidos… bueno, destruidos es poco, de hecho. Lamentan que usted no haya estado aquí para cuidarlos.

-¿Y mi tía? ¿Cómo se comportó?

-Su tía, he de decir, tiene un corazón de hielo. No ha llorado por nada, se presentó al funeral con un abogado y se llevó a los niños en privado, les regaló caramelos y les dijo, como toda tía cariñosa, que ella se aseguraría de darles la mejor educación y de que nadie los lastimara. Los pobrecitos acababan de quedar huérfanos y abrazaron a la mujer.

>> Cuando me encontré con la Sra. Atwood, me sorprendió que los pequeños ya la trataran como “Tía Abby”, decían que se quedarían con ella porque el abogado tenía un papel que los hacía sus parientes directos, incluso la pequeña Elvira se dio el lujo de agregar que sería la heredera de la casa Atwood. León, de manera inesperada, soltó que él recibiría la casa Hamilton, en donde habían vivido su madre y su tía, la ahora Srta. Bartolich. Obviamente ésta mujer les llenó la cabeza de ideas y los niños repitieron lo que escucharon.



Domitila Tronte

Editado: 31.05.2019

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