Corazones de Ceniza

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Capítulo 1: En el fin del mundo

Una vez más he dejado la seguridad del refugio para aventurarme al exterior. No importa cuántas veces lo haga, recorrer las calles del distrito de Ica en su estado actual siempre provoca una desolada amargura en mí. Personas apurando el paso para llegar a tiempo al trabajo, puestos de periódico y carros de comida en las esquinas, niños jugando en los jardines, esas escenas son solo sueños del pasado. En el año dos mil veintisiete, ya nada de eso existe.

La ciudad es un cadáver en descomposición. Sin vida, sin alma. Un esqueleto de cemento y metal sobre el que se cierne un ominoso cielo. Con la luz del sol desaparecida hace seis meses tras la gruesa capa de ceniza que cubre la atmósfera, la oscuridad ha extendido su manto por toda la tierra. El cielo, celeste solo en mis recuerdos, ahora es de un gris perpetuo. Pálido de día y turbado de noche, pero siempre gris. Su color es señal su lenta y dolorosa agonía, un triste destino que compartimos los que estamos debajo. Está ahí para recordarnos a cada instante que no hay esperanza, que todos estamos condenados a un trágico y patético final. No hay nada que odie más que ese maldito gris.

Atravieso las calles en silencio, aprovechando cada sombra, recoveco y callejuela que encuentro para avanzar sin que nadie note mi presencia. Equipado con un traje de protección contra elementos nucleares, biológicos y químicos, evito entrar en contacto con la radiación y otras sustancias tóxicas que flotan en el aire, aunque vestirlo también exige que extreme cuidados al moverme por el exterior. Caminar por las grandes avenidas como S. Martín o J. Elías es un suicidio. En cada esquina se puede sentir la silenciosa anarquía. Grupos de supervivientes acechan en todas partes, esperando a que pase alguien para despojarlo de toda pertenencia, o asesinarlo para después saquear su cuerpo. El dicho "La muerte de uno significa la supervivencia de otro" se ha convertido en la filosofía de vida predilecta. Eso hace que vestir este traje NBQ sea como tener un cartel de neón diciendo "mátenme" todo el tiempo sobre mi cabeza. Pero es un riesgo que debo asumir, porque es la única forma segura de explorar las calles contaminadas en busca de comida, y la comida lo es todo en estos tiempos.

Avanzo por las calles aledañas a la gran avenida F. Kennedy hasta llegar a la pequeña plaza M. Grau, donde me dan la bienvenida una colección de troncos secos bajo los que descansan cadáveres desnudos.  Aquí se encuentra mi destino: Premium, el nuevo y más grande supermercado del distrito de Parcona; o al menos así era como se presentaba seis meses atrás. Ahora es solo un edificio abandonado en medio de una zona de extrema peligrosidad. Un lugar de alto riesgo y también alta recompensa: Si consigo cruzar la plaza, obtendré suficiente comida para abastecer al refugio por una buena temporada.

Observo el lugar desde la esquina de una calle que desemboca justo en el centro de la plaza. El lugar parece desierto, pero yo sé que están ahí. Los acechadores viven a la espera de un pobre incauto que se exponga para lanzarse tras él y arrebatarle todo. Casi puedo sentir su apetito voraz. Son como cocodrilos, esperando inmóviles durante horas hasta que aparezca una presa, entonces se abalanzan con furia sobre esta. Intentar cruzar doscientos metros en un lugar abierto sin un plan es sencillamente una locura. Incluso para mí, que hasta hace medio año, cuando tenía diecinueve, practique atletismo, sería una muerte segura. Tomando en cuenta que estoy desnutrido y en mal estado físico, mientras que ellos son más y están armados, es seguro que me darían caza en cuestión de segundos. Es por eso que vine preparado.

Saco de mi mochila un encendedor, un manojo de papel periódico y una pequeña grabadora de voz en la que antes mi hermana y yo grabamos una discusión. Ella siempre insiste en acompañarme al exterior, pero no puedo permitirlo. Solo tenemos un traje NBQ, sin contar con que solo tiene diez años. Doy un último vistazo a la zona. Enciendo el papel y cuando empieza a echar humo lo arrojo hacía el centro de la plaza. Después tomo la grabadora y reproduzco la discusión. Las voces quiebran el delicado silencio.

-—¡Suéltame! —grita la voz de mi hermana asustada—. ¡Déjame en paz!

—Dame lo que tienes, sé que escondes comida. —Siempre es extraño escuchar mi propia voz, más aún cuando finjo atacarla.

—¡Ayuda! ¡Alguien ayúdeme! —grita la niña en tono suplicante.

Los veo. Los acechadores se mueven, abandonan sus escondites tras las paredes. Su apetito histérico los guía, nubla su juicio y los hace caer en la trampa. Han mordido el anzuelo.

—¡Vuelve aquí niña! —Mi yo dentro de la radio me da la señal. Detengo la grabación empiezo a correr.

Escuchar la palabra "comida" es suficiente. Los sobrevivientes se mueven hacia el lugar del que provenía la grabación, que está perfectamente marcado por el trozo de papel en llamas. En la oscuridad, se ven como insectos volando alrededor de una bombilla. Mientras ellos buscan a los dueños de las voces, yo doy un rodeo hasta llegar a la calle de al lado, entonces salgo a campo abierto. Cruzo la plaza lo más rápido que puedo. Con el señuelo no debería quedar nadie vigilando, y aunque lo hubiera, no tendré otra oportunidad. A mi espalda alguien ordena buscar a la niña en todas las calles cercanas. Sus ansías de comida los ha traicionado. Mientras ellos realizan una búsqueda estéril, yo estoy cada vez más cerca de mi objetivo. Al acercarme veo que una de las puertas de Premium está entreabierta. Me meto por ella. Estoy dentro. Mi plan ha funcionado.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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