Corazones de Ceniza

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Capítulo 2: El refugio subterráneo

Hace unos meses, para ir de un extremo a otro de la ciudad habría sido suficiente con tomar el bus. Durante los treinta o cuarenta minutos de viaje escucharía al chofer y a los otros pasajeros quejarse del tráfico. Yo mismo renegaría al ver la lentitud con la que avanzan los carros. Pero ahora no hay nada de eso. Nada transita por las calles, ninguna bocina o tubo de escape se opone al reinado del silencio. En las pistas solo quedan inmensos gusanos metálicos, formados por vehículos abandonados. Todos descompuestos. Construir el primer automóvil debió ser una maravilla, pero hacer que todos dejen de funcionar a la vez es una hazaña mucho más grande. Durante las primeras semanas algunas personas usaban sus carros para refugiarse. En ese entonces no había peligro, la mayoría de gente se ayudaba mutuamente, compartiendo comida y viviendo juntos. Pero todo cambio en el instante en que los recursos comenzaron a escasear. Fue entonces cuando iniciaron los robos e incluso los asesinatos. Hacían lo que sea por sobrevivir un día más. Así fue como nacieron los grupos de acechadores y la ciudad se convirtió en tierra de nadie. Meses después llegaron los soldados de la UICR con una promesa de salvación, aunque desde su presentación en la Plaza de armas no se les ve mucho.

He dejado atrás la plaza M. Grau y el supermercado, pero todavía no salgo del distrito de Parcona, me quedan decenas de cuadras para llegar a la Villa de médicos, donde está el refugio. Ante semejante faena no puedo evitar extrañar el tráfico. Mientras avanzo me asaltan las ideas de siempre. Los recuerdos de tiempos más felices me asaltan una y otra vez, obligándome a luchar por alejarlos de mi mente y concentrarme en el camino que recorro.

Tras varias horas de caminata consigo llegar a la Villa de médicos. Esta zona empezó con viviendas independientes, pero en los últimos años se construyeron edificios residenciales. Aquí se encuentra Toronto, la construcción más grande de la ciudad y el lugar donde me refugio. Mi antiguo hogar también está por aquí, en el piso diez del primer edificio en alzarse en la villa. En aquel departamento vivíamos mamá, mi hermana y yo. Todo era más sencillo y colorido en ese entonces. Antes de darme cuenta estoy suspirando y mirando hacia el cielo de ceniza. Las tenebrosas nubes comienzan a palidecer, señal de que está amaneciendo. Han pasado casi dos días desde que me fui, espero que mi hermana no haya cometido alguna locura en mi ausencia.

Estoy a un par de cuadras del refugio cuando escucho el rugido de un motor. Me apresuro a ocultarme detrás de unos arbustos secos. Entre las ramas puedo ver el vehículo. Un transporte militar conocido como humvee atraviesa las calles. El blindaje es una mezcla entre verde espinaca y gris, dándole la la apariencia de un pequeño tanque. Sobre el techo, una torreta observa con amenazante tranquilidad el panorama. Los soldados de la UICR están patrullando otra vez.

Se supone que la Unión internacional contra la radiación se creó para ayudar a la población a sobrevivir a los efectos de la radiación. O al menos eso fue lo que dijeron cuando hace dos meses, se presentaron en la plaza de armas. Llegaron con sus trajes NBQ y sus vehículos prometiendo que pronto habría alimento y medicinas, que restablecerían el sistema eléctrico y todo volvería a la normalidad, solo teníamos que confiar en ellos y seguir sus indicaciones. Nos contaron que una organización terrorista conocida como Mano de Dios emitió un pulso electromagnético a una escala nunca antes vista, logrando desactivar todos los sistemas eléctricos en el mundo. Por supuesto, los sistemas de defensa nacional también colapsaron. Luego procedieron a lanzar bombas de hidrógeno sobre las ciudades más importantes del mundo. Un total de treinta y dos cabezas nucleares llovieron sobre la Tierra con el fin de enseñar a occidente el sufrimiento que las potencias mundiales han causado en el medio oriente durante años.

Tras contarnos la terrible verdad, los soldados de la UICR nos empadronaron y tomaron muestras de sangre de cada uno de nosotros. Después se instalaron en una fábrica abandonada en las afueras de la ciudad y no volvieron a interactuar con nosotros Aunque puede que me equivoque, después de todo paso más tiempo bajo tierra que en el exterior; pero podría jurar que en todo este tiempo no han ayudado a una sola persona. Me he cruzado con sus vehículos militares varias veces, patrullan la ciudad pero son indiferentes ante el sufrimiento de la gente. Como sea, es claro que tienen algo entre manos, por eso he optado por evitarlos siempre que me cruzo con ellos.

El ruido del motor se aleja hasta desaparecer por completo. Estoy fuera de peligro. Me pongo de pie y observo a mi alrededor. No parece haber nadie cerca, pero mejor moverse rápido. Me pego a las paredes de los edificios y corro hasta la puerta del edificio Toronto. Cuando atravieso la puerta y llego a la recepción, siento un ligero mareo. Mi cuerpo hormiguea, las paredes parecen brillar y juraría que el piso cruje bajo mis pies. Me tomo unos momentos para tranquilizarme y recuperar el aliento antes de seguir.

Cuando me siento un poco mejor tomo el pasillo de la izquierda, al fondo están las escaleras que llevan a los sótanos. En el primero de ellos se encuentra el baño de servicio. Aunque no hay agua, hay varios artículos de limpieza que he conseguido en mis excursiones al exterior. Cuando mamá me entregó el traje, recalcó varias veces que tenía que limpiarlo antes de quitármelo. Lo ideal sería darme una ducha descontaminante, pero como eso es imposible, trato de hacer lo mejor que puedo con productos de limpieza comunes.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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