Corazones de Ceniza

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Capítulo 4: Una aventura bajo la lluvia

Equipado con el traje protector, mi mochila y una nueva barra de hierro subo el último tramo de escaleras para llegar a la superficie. Un sonido similar al redoble de miles de tambores me recibe cuando llego a la recepción del edificio Toronto.

«Lluvia»

La mezcla letal entre agua y ceniza se precipita en forma de gotas negras sobre toda la ciudad. Su alto nivel de toxicidad hace impide a las personas moverse bajo este clima, pero con el traje yo puedo hacerlo. La lluvia radiactiva es la oportunidad perfecta para explorar con total libertad por la ciudad, puesto que nadie está tan loco como para atreverse a perseguirme en este clima. La desventaja es que el traje mojado pesa más, ralentizando todos mis movimientos, además de convertirme en un blanco sencillo si alguien me apunta desde una ventana. Me quedo a unos pasos de la puerta considerando mis opciones. Podría volver al refugio y esperar unas horas a que se detenga la lluvia. Pero si salgo ahora que los acechadores no vigilan las calles, podré moverme más rápido por la ciudad e ir a lugares de mayor riesgo. Tras pensarlo por unos minutos me decanto por la segunda opción.

Me adentro en las calles mojadas y vacías. El único sonido es el de la lluvia estrellándose en todo lo que existe bajo el turbado cielo. El agua fluye por los edificios, las pistas, los autos y también por los cadáveres; forma ríos que fluyen hacia abajo hasta desembocar en el inmenso mar azabache sobre el que camino ahora. Es como estar dentro de una pintura que alguien intenta borrar con ahínco. Los colores abigarrados se combinan hasta formar una masa oscura como petróleo que se extiende por toda la imagen hasta consumirlo todo.

En comparación con otros viajes, esta vez priorizo la velocidad sobre el sigilo, así que no me toma mucho tiempo llegar a mi destino: Plaza sol, el primer centro comercial inaugurado en Ica. En el año dos mil ocho era el lugar de entretenimiento predilecto, ahora es una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Ubicado en la avenida S. Martin y con un gran espacio abierto frente a sus puertas. Poner un pie en este lugar es lo mismo que entregar tu vida a los acechadores, pero ahora, con lluvia, es posible sortearlos.

Las puertas de vidrio en la entrada están quebradas y en el interior la mayoría de puestos están desmantelados y hay varios cuerpos en descomposición esparcidos por todo el lugar. Me dirijo al súper mercado que está en uno de los extremos del local. Al llegar descubro que la puerta metálica de la tienda está partida en dos, una mitad cuelga del marco mientras la otra yace tirada en el piso. Dentro apenas llega la luz, pero alumbra lo suficiente como para ver los cadáveres aplastados bajo las repisas y estantes. Los restos, que apenas se distinguen como humanos parecen llevar varios meses aquí. Me quedo unos segundos observando a los gusanos arrastrándose entre la carne descompuesta. No siento miedo ni asco, mucho menos náuseas. No sé cuándo sucedió, pero me he acostumbrado a esta clase de escenarios, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Doy una profunda respiración y cruzo el umbral. Camino por el lugar con cuidado de no tocar nada, ni a nadie. Reviso uno por uno los estantes, ignorando el hedor de muerte asentado en el lugar. Por suerte no me toma mucho tiempo encontrar la primera botella de agua. Quiero gritar de alegría, pero me limito a sonreír para mis adentros. Tomo el envase y lo guardo en mi mochila.

***

Mi corazón late de emoción, hace mucho tiempo que no me sentía tan feliz. Mi mochila está a punto de reventar. He tenido que reorganizar varias veces el contenido para que entre todo lo que he encontrado. Pienso en Hana y en lo contenta que se pondrá cuando vea que tenemos comida y agua suficiente para un mes. Al final ha valido la pena arriesgarme a salir bajo la lluvia. Además, apenas he recorrido la mitad del lugar, así que deben quedar muchas cosas más. Mientras camino hacia la salida ya estoy haciendo planes para volver a este lugar la próxima vez que llueva.

En la calle, la situación ha empeorado. La lluvia cae con mayor violencia y las gotas parecen más grandes. La mezcla de agua, tierra y suciedad ha comenzado a formar barro en las pistas. La ciudad parece estar entrando en la etapa final de una larga enfermedad, pero eso no me importa, nada puede opacar mi felicidad. Así que con la confianza de que todo irá bien como hasta ahora, regreso por el mismo camino por el que vine. En cuestión de horas hice uno de las excursiones más productivas hasta ahora.

Cuando estoy a un par de calles del edificio Toronto, un ruido sobresale entre las gotas de lluvia. Giro casi por instinto. Entonces la veo y mi corazón da un vuelco. Una silueta oculta tras una esquina, agazapada, como si estuviera de rodillas. Mis músculos se tensan preparándose para entrar en acción. Me apresuro a meterme en un pequeño espacio entre dos casas con la esperanza de que no me haya visto.

Entonces me doy cuenta de que es demasiado tarde. La silueta ha comenzado a moverse. Por mi mente pasan sus posibles identidades: Un sobreviviente en busca de ayuda, un acechador, o en el peor de los casos, un soldado de la UICR. La figura en las sombras se mueve otra vez. Tomo mi barra de hierro y me preparo para pelear. El ser tras la esquina emerge de su escondite. Contengo la respiración. Aprieto el metal en mis manos. Una bestia de cuatro patas se alza desde las sombras. Dejo escapar un suspiro. No puedo creer lo que veo, solo es un perro.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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