Corazones de Ceniza

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Capítulo 7: El salvador del mundo

No mucho después entra a mi habitación el escuadrón de soldados. Cuatro sujetos equipados con trajes NBQ y máscaras antigás. Dos de ellos con pistolas enfundadas en sus cinturones y dos sujetando rifles de asalto contra su pecho.

—¿Por qué las armas? —inquiero—. ¿Acaso creen que voy a intentar escapar?

Uno de los soldados que no porta arma en las manos da un paso al frente y arroja sobre la cama una bolsa con un buzo blanco idéntico al que traigo puesto, aunque, a diferencia del mío, este es nuevo y se ve limpio.

—Vístete —indica de mala gana.

—De acuerdo —accedo tomando la ropa—. Pero no me voy a cambiar delante de ustedes.

—Le dije que se quejaría Teniente Lazo —comenta el otro soldado sin rifle.

En ese momento noto que el traje NBQ del soldado que lanzó la ropa sobre la cama es ligeramente diferente a los demás, pues tiene una pequeña estrella dorada grabada en el pecho, justo a la altura del corazón.

El superior suspira y mueve la cabeza hacia los lados.

—Tordo se quedará vigilando, los demás saldremos —expresa señalando al que acaba de hablar.

—Bien —respondo utilizando el mismo tono malhumorado.

El soldado apodado Tordo se queda en el extremo opuesto de la habitación mientras sus compañeros salen. Yo reemplazo mi desgastado buzo por el nuevo y me pongo unas zapatillas de running que también dejaron para mí los militares. Mientras ato los cordones me asalta un recuerdo que me transporta varios años al pasado.

Cuando le conté a mi madre que me habían seleccionado para competir en los interescolares me abrazo y me dijo que no había dudado ni por un instante de que lo conseguiría. Después me llevo a una tienda deportiva y me compro mis primeras zapatillas de running. Unas Adidas azules con sus características líneas pintadas en color blanco. Eran tan ligeras que al correr me sentía como si saltara entre las nubes. Usé esas zapatillas durante años y aun cuando las reemplace por otras, decidí conservarlas como amuleto de la suerte.

—Yo escogí las zapatillas —dice Tordo con aires de orgullo—. ¿Te gustan?

—Algo así —contesto regresando al presente y terminando de atar los cordones.

Cuando estoy listo el militar abre la puerta y sus tres compañeros vuelven a ingresar. Entonces me indican que me ubique en medio de ellos de forma que el Teniente Lazo y Tordo caminan delante, mientras que los dos soldados con rifles van detrás de mí. En esa formación abandonamos la habitación.

Tras permanecer durante días encerrado en mi habitación, por fin puedo ver lo que hay más allá de la puerta. Salimos a un túnel de plástico transparente. A través de sus paredes alcanzo a vislumbrar los muros de concreto que forman parte de la construcción original. Avanzamos por el lugar hasta llegar a una zona más amplia. Un domo prefabricado, de unos tres metros de alto, que se encarga de aislar una parte del sótano en el que estamos. Su cubierta transparente permite ver lo que hay más allá, revelando un espacio todavía más grande que reconozco como el estacionamiento subterráneo del Mall Plaza, confirmando que, tal y como dijo Alessía, estoy en Lima.

Dentro del domo hay soldados, médicos y algunas personas con ropa de civil. Unos cuantos están sentados sobre bancas de madera, pero la gran mayoría atraviesa el lugar a paso ligero, entrando y saliendo por túneles que van en todas direcciones. Todas las entradas tienen en la parte de arriba una placa con el nombre del área que se encuentra al final de cada pasadizo. Alcanzo a ver unos que dicen Armería, Consultorio médico, Comedor y Cuarteles. Intento girarme para ver que dice el cartel del pasillo del que he salido, pero los soldados me lo impiden.

—-¿Cómo es que metieron ese armatoste aquí?—pregunto mientras cruzamos la cúpula.

—Es genial ¿Cierto? —responde Tordo—. Lo trajimos por partes y todos ayudamos a construirlo.

—¿Y por qué se tomaron tantas molestias?

El recluta voltea a mirarme sobre su hombro y levanta el dedo índice.

—En general, este lugar es seguro. Pero su gran tamaño y amplias entradas todavía podrían permitir el paso de la radiación y otras sustancias, así que los jefes decidieron reducir la zona habitable —explica Tordo como un alumno que se siente orgulloso de saber la lección.

—Ya veo —exclamo mostrando interés—. Estamos en un centro comercial de Lima ¿Cierto?

—Exacto —afirma el recluta girando hacia mí y deteniéndose por completo.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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