Corazones de Ceniza

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Capítulo 8: El sacrificio del elegido

Los días siguientes transcurren con lentitud. Alessia continúa a cargo de mi caso, pero cuando entra a la habitación se limita a saludarme y realizar el chequeo de rutina. A veces noto que me observa e incluso hemos cruzado miradas un par de veces, pero ella siempre rehúye a mis ojos y vuelve a trabajar.

El no hablar con ella provoca que la sensación de soledad se asiente otra vez en mi interior. Durante las noches no puedo dormir por culpa de las pesadillas y durante el día me la paso dando vueltas a la propuesta de Diara Najjari, y también, en la forma de reconciliarme con mi doctora.

Para el quinto día del plazo, el teniente Lazo y sus hombres Tordo, Lobo y Bisonte, me escoltan en un recorrido por toda la base de la UICR. Atravesamos el túnel que conecta mi habitación con el vestíbulo y desde ahí nos dirigimos a otras áreas. En una de ellas, un grupo de científicos estudia una gran variedad de plantas y los efectos que la radiación  tiene sobre estas. En otra sala se dedican al estudio de animales domésticos que han sufrido deformidades o crías que nacen con malformaciones y con miembros faltantes.

—Los animales también sufren —musita Tordo mientras vemos a una dálmata parir cinco cachorros a los que les faltaban varías patas—. Los médicos tomarán los análisis que necesiten y luego los matarán.

—¿Qué? —exclamo intentando contener las repentinas nauseas.

—Así es —reafirma Lazo con su habitual mal humor—. Mantenerlos con vida es solo un desperdicio de recursos.

—Pero como pueden ser tan...

—Todos aquí hacemos lo que es necesario para sobrevivir. —interrumpe el teniente.

Uno de los médicos que atiende a los recién nacidos parece percatarse del breve debate que tenemos, porque se queda viéndonos a través del vidrio. Lazo hace un ligero movimiento de cabeza a modo de saludo, el hombre al otro lado lo imita y vuelve a su trabajo.

—Fin del recorrido. —asevera el líder.

—Sí señor —responden los otros militares al unísono.

De regreso en mi habitación, encuentro mi habitual ración de comida. Me siento y tomo los cubiertos en mis manos, pero los recuerdos de los cachorros recién nacidos y la certeza de que van a experimentar con ellos para después matarlos me quita el poco apetito que tenía. Abandono la mesa y me tumbo en la cama.

***

A la mañana del sexto día, mi cabeza está todavía más confusa. Sigo debatiéndome entre ayudar a salvar a la humanidad o ignorar la situación y dejar que el destino decida quien sobrevive y quien muere. De una forma u otra la raza humana sobrevivirá, se adaptará al nuevo entorno y en unos años este desastre nuclear será recordado como un pequeño bache en la evolución.

La radiación no es lo que nos está matando, sino la crueldad y la desesperación por sobrevivir. ¿Acaso debería hacer algo para mantener vivas a personas como los saqueadores que asesinan a todo el que entra en su territorio? ¿O debería hacer algo por sujetos como el que asesino a Hana? ¿Al menos merecen que alguien haga algo por ellos? Las preguntas se amontonarse en mi cabeza hasta provocarme jaqueca y nauseas. Mi mente parece encontrar algo de claridad solo durante las breves visitas de Alessia. A pesar de que todavía se niega a interactuar conmigo fuera de la relación médico paciente, verla me tranquiliza.

Durante la noche apenas pude conciliar el sueño. Las pesadillas son tan terribles que fundo el colchón otra vez, dejando un total de cuatro agujeros.

A la mañana del séptimo día, unas horas antes de que me reúna con el presidente de la UICR, Alessia entra a mi habitación para hacer el control habitual. Sin embargo, se quedó parada al lado de la puerta al notar los nuevos agujeros que lucía la cama.

—¿Qué paso? —pregunta la doctora.

—Pesadillas —respondo casi de forma automática.

—Pensé que ya no las tenías, o que al menos ya no eran tan intensas. —Alessia frunce el ceño—. ¿Ha pasado algo?

Ante su pregunta no puedo evitar mirar hacia un lado y soltar un bufido.

—Claro que ha pasado algo. Ha pasado mucho, de hecho. ¿Te parece poco que la persona más importante del planeta me diga que el futuro de la vida está en mis manos?

Alessia clava sus ojos en los míos durante un par de segundos antes de acercarse al monitor y comenzar el chequeo de rutina. Noto un ligero temblor en sus manos cuando teclea la pantalla.

—¿No vas a decir nada? —increpo.

La doctora asoma la cabeza por uno de los costados de la pantalla. Sus ojos miran hacia abajo, como si estuviera pensando en lo que va a decir.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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