Corazones de Ceniza

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Capítulo 10: Como un ratón (Parte 3)

El recuerdo del cadáver sangrante de mi hermana sobre mis brazos provoca que me despierte con un grito. Con un movimiento rápido e intempestivo me siento y extiendo la mano como si intentara alcanzar algo que se desvanece en el aire. Entonces, mientras todavía tengo el brazo levantado, una ráfaga de luz sale disparada desde la punta de mis dedos hacia la pared, que resulta agrietada tras recibir el impacto.

El suceso me deja desconcertado, pero eso no es todo, sino que todo mi cuerpo está envuelto en un aura de luz blanca que parece destruir todo lo que entra en contacto con ella. Incluso el suelo de concreto sobre el que estoy sentado está resquebrajado y hasta un poco hundido. Es como si una bola de acero como las que usan para demoler edificios hubiera caído justo en el lugar donde me quedé dormido.

Por todo mi cuerpo se producen ligeras punzadas similares a las descargas eléctricas que suceden cuando dos personas con cargas opuestas se tocan.

Con el paso de los segundos la sensación va disminuyendo en intensidad, al igual que lo hace la luz. Finalmente, ambas se extinguen por completo.

Tras recuperar el aliento me tomo un momento para observar un poco más. Primero reviso las grietas formadas en el piso y después me acerco a la pared. Ambas están llenas de hendiduras que nacen en el centro del impacto y se extienden como nervios. También hay notables abolladuras en ambas superficies, aunque la del suelo es mucho más amplia y profunda en comparación con la que está en la pared.

«El soldado tenía razón, usar este poder es mi única opción para salir de aquí.»

Me siento con las piernas cruzadas e intento concentrarme en generar una vez más la sensación de electricidad en mi interior, pero todo lo que obtengo es un grito de mis tripas recordándome que tengo que comer.

Me arrastro sobre mis rodillas hasta la bandeja de comida. Sobre esta hay una botella de agua que no tardo en destapar y beber.. Al lado hay un plato sobre el que descansa un trozo de carne que me genera arcadas al verlo. Una cabecita atravesada por un palo que sale por una boca abierta en una mueca de dolor, unas patitas que terminan en dedos chamuscados y una larga cola tostada. Una repugnante rata frita, el alimento ideal para un prisionero como yo. Durante los meses que pase escondiéndome con Hana siempre me las arreglé para conseguir comida en conserva, así que nunca tuve la necesidad de comer ratas u otros animales como si lo hacían algunos sobrevivientes. Muy a mi pesar, eso está a punto de cambiar. Tomo el palo que sostiene a la bestia de alcantarillas y lo acerco a mi boca. Lo examino intentando contener las náuseas. Siento que voy a vomitar, pero en mi estómago ya no hay nada que regurgitar. Con el paso de los minutos el asco disminuye y el hambre aumenta. Contengo la respiración, cierro los ojos y le doy un mordisco al roedor. Su textura es chiclosa y sabe a una mezcla de pollo con papel periódico que no resulta agradable, pero tampoco asquerosa. La duda y el asco inicial desaparecen permitiendo que devore al animal.

—Veo que no has tenido problema para comer —dice una voz a través de las paredes.

—¿Qué quieres ahora? —respondo desafiante. El estómago lleno me hace sentir más valiente.

— Al parecer tu cuerpo se adaptó con rapidez a la enorme dosis de radiación que recibiste ayer. —La voz del doctor Tomasevic es de asombro.

—Ustedes nunca podrán matarme —declaro—. Voy a encontrar la forma de salir de aquí.

—Te irás de aquí cuando yo diga —asevera el hombre al micrófono—. Por supuesto, antes tienes que sobrevivir a todas las pruebas.

—No solo sobreviviré, sino que también acabare contigo.

Una carcajada se oye del otro lado.

—¿Crees que por un par de rasguños en la pared ya eres capaz de irte? Apuesto a que ni siquiera sabes cómo los hiciste.

—Lo descubriré pronto.

El doctor vuelve a reírse.

—Eso es justo lo que quiero. —responde provocador.

La conexión se corta y el sonido parecido al de una impresora regresa. Al oírlo todo mi cuerpo se enerva. Me tapo los oídos y me preparo para lo peor. Aunque esta vez el sonido no se intensifica, sino que del techo, como si fuera una ducha anti-incendios, comienza a llover.

—Maldita sea.

El agua cae con la fuerza de una cascada, tomo la bandeja de la comida e intento cubrirme con ella. Es útil para detener el impacto de las gotas, pero no sirven para detener la lluvia. En solo unos minutos el agua está sobre mis tobillos, ahí reparo en que el agua que cae está mezclada con las cenizas que cubren el cielo. De alguna forma han conseguido que la lluvia radiactiva llegue hasta aquí.

El agua ya llega a mis rodillas, las cenizas hacen que se sienta como estar hundiéndose en un pantano con olor a quemado.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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