Corazones de Ceniza

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Capítulo 12: A través de la ciudad (Parte 1)

Las más importantes avenidas de la ciudad de Lima están cubiertas por alfombras de restos humanos. Una miríada de cadáveres de hombres, mujeres y niños en proceso de descomposición descansan sobre el asfalto. Algunos, víctimas de la radiación que inunda el aire, otros muertos de inanición, la gran mayoría asesinada a manos de su propia especie. Los cuerpos están desnudos, despojados de toda posesión por quienes todavía resisten en este infierno. Los supervivientes, conocidos como acechadores, vigilan las zonas más transitadas desde las ventanas en los edificios más altos. Pasan sus días esperando que aparezca una presa, sea humano o animal, para lanzarse contra ella como lo haría un ave rapaz sobre un inocente conejo.

Por una de estas calles camina una pequeña figura. Una muchacha, de unos trece años, envuelta en un impermeable negro que la protege de la lluvia y la ayuda a mezclarse con el entorno. La angosta vía por la que avanza no es más que el espacio entre dos edificios que en tiempos mejores fue un tiradero de basura. Pegados a las paredes hay varios contenedores verdes que en el pasado solo alojaban deshechos. Ahora en cambio, sirven como tumbas para las personas que en sus últimos momentos decidieron hacer uso de cualquier cosa que encontraran dentro. A un lado de la calle, frente a una puerta metálica, una jauría de perros se alimenta de restos humanos. La moza se lleva una mano a la boca. Ha presenciado escenas similares antes, pero no puede evitar sentir arcadas al ver como los cánidos clavan sus afilados colmillos en la carne del cadáver para después arrancarla de un tirón. Se obliga a mirar al suelo para no ver el festín que tiene lugar a su lado y, con pasos tan silenciosos como su respiración, pasa por un costado.

Tras dejar atrás a los famélicos animales, la viajera llega al otro extremo del pasaje, que desemboca en una gran avenida. Dos vías en sentidos opuestos, cada una con varios carriles y separadas por un oblongo sardinel que antes fuera un jardín. A los lados de la calle se alzan hileras de edificios en decadencia. La muchacha resopla con resignación. Atravesó casi toda la ciudad para terminar en una zona de alto riesgo.

Sin más remedio que volver sobre sus pasos, se ajusta la capucha y regresa al callejón. Pero al volver, descubre que la jauría ha terminado de comer. Un escalofrío de terror sube por la espalda de la moza al ver que todos los ojos y colmillos apuntan a ella. Las bestias gruñen y ladran hambrientas. Rabiosas se abalanzan sobre su nueva presa. La muchacha resiste el impulso de correr hacia la avenida, sabe que ahí sería un blanco fácil para los acechadores. En cambio, trepa sobre uno de los basureros.

Los perros se estrellan contra el depósito. Se paran sobre sus patas traseras, rugen y muestran sus fauces bañadas en saliva. La muchacha contiene un grito de pánico en su garganta. Apoyada sobre manos y rodillas intenta mantener el equilibro. Abajo, los cánidos saltan y se azotan contra el contenedor intentando derribarlo. Arriba, la joven se aferra con uñas y dientes para no caer.

Entonces, viéndose perdida, desabrocha su impermeable, dejando a la vista un morral. De ahí saca un trozo de carne seca que agita en el aire. De inmediato los perros quedan hipnotizados por el vaivén de la comida. La moza arroja el cebo con todas sus fuerzas hacia la avenida. La jauría completa sale disparada tras la carne mientras su antigua presa baja al piso y emprende la carrera hacia el otro extremo del callejón.

Cuando la muchacha está a punto de abandonar el pasadizo, un estruendo, seguido de un aullido, la detienen. Al girarse ve como uno de los cánidos se desploma mientras un chorro de sangre brota de su costado. Dos estruendos más retumban y otro par de bestias cae. El resto de la jauría, olvidando por completo el trozo de carne y a sus compañeros, emprende la huida entre chillidos y lamentos.

Del otro lado, la moza permanece inmóvil, conteniendo el aliento. Sabe lo que sucede. Los animales entraron en el campo de visión de un francotirador. Ahora los acechadores vendrán a llevarse esos perros y la verán también a ella. Consciente del peligro que se acerca, y sabiendo que no podrá escapar, corre a toda velocidad de regreso al centro del callejón, tan rápido que la capucha del impermeable se resbala, dejando al descubierto un rostro de piel trigueña enmarcado entre dos trenzas color azabache que ondean al aire y un chullo rojizo que parece aferrarse a su cabeza para no salir volando. Se acerca a uno de los contenedores, y aunque siente el terror manifestarse en sus manos temblorosas, no duda ni un segundo en arrojarse dentro. En el oscuro y hediondo interior la recibe el cuerpo sin vida de una mujer que descansa en posición fetal. La joven contiene el grito. Cierra los ojos e intenta mantenerse tranquila cuando oye que alguien habla en el exterior.

—Esos animales tienen carne para varios días —afirma la voz de un hombre.

—Si esa estúpida de Carol fuera más rápida podría haber matado a más de esas bestias. —Se queja otro—. Dejo escapar a la mayoría.

—Por favor Ronald —replica la primera voz—. Sabes que ninguno de nosotros tiene mejor puntería que ella.



Noctis Lucis Caelum

Editado: 30.01.2020

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