Corazones de sangre y ceniza (magia 2)

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Verena

Pasos apresurados, el taco golpeando el suelo. Agitación y el corazón saltando en su pecho para arremeter contra la caja torácica como un ave que quiere escapar de su jaula, peleando fuerte con sus alas y sus ganas contra las barras que lo mantienen prisionero. Atravesó el patio de piedra en un abrir y cerrar de ojos para perderse en el bosque que se extendía interminablemente tras la casona. No le importó que a medida que corría vertiendo lágrimas su vestido de boda se rasgara con las espinas ocultas entre la maleza. Se había visto tan bonito antes frente al espejo con sus tantas capas de tul y encaje en las mangas, con las pequeñas estrellas de piedras preciosas bordadas en su velo que ahora llevaba descubierto. Sus padres se habían salido con la suya y siempre daban esas lecciones tan duras, pero esto lo había superado todo. No se quitaría nunca de la mente los ojos estáticos de Milton y la chispa azul apagada en ellos más su boca entreabierta, dejando que flotara invisible esa palabra que no pudo decir antes del impacto de luz oscura. Pensó en sus suegros que eran ya ancianos, morirían de un ataque al enterarse que su único hijo había muerto.

Por más que lo intentó no pudo quitar de su mente la mancha escarlata en su pecho formando una tela de araña. Esa era la firma de Romilda Stain, porque ya no le podía decir madre a esa mujer, con eso había cortado todo lazo por más débil que antes fuera. No podía sentir afecto por semejante bestia desalmada. De su padre no tenía nada que pensar pues ya sabía de lo que era capaz pero ella… Era madre y mujer. ¿Cómo había podido? Todo por esa estupidez de mantener pura la sangre mágica. Todo por no querer seguir el ejemplo de Gloriana Mistwood y su esposo Jack Locket quien no poseía magia alguna. Y sin embargo, tenía el don de diseñar preciosos edificios y estructuras como la mansión sobre la colina. Milton era así, mágico a su modo.

Luego de que las ramas de los árboles se abrieran como brazos que le daban la bienvenida, llegó a un claro donde una lechuza ululaba tranquila hasta que la vio a ella y se quedó en completo silencio. Sus ojos eran redondos y amarillos y su cabecita se escondía en su plumaje.

Verena gritó desde lo más profundo desde su alma rasgada, se quitó el velo adornado y lo arrojó lejos prendiéndolo fuego solo con el pensamiento. Y con una mano deshizo el maquillaje manchándose la cara. En ese momento pudo sentir el quiebre en su corazón o más bien el sonido de una capa de hielo que se formaba alrededor de él para endurecerlo. La corona de flores amarillas en su cabeza, que fue lo único que quedó de su bonito tocado, comenzó a marchitarse y se volvió negra y unas cuantas mariposas oscuras salieron aleteando desde la profundidad del bosque y se mezclaron con la horrenda corona. Había un resplandor entre los árboles, una luz violeta que se acercaba y… ¿perros? Podía oír el ladrido de perros y el sonar de unas cadenas. Una mujer que levitaba se presentó ante ella, saliendo de entre los árboles. Era de una belleza inmensa y exótica y llevaba un vestido rojo ajustado a su cuerpo. Su cabello era negro y caía ondulado sobre sus hombros.

—¿Quién eres? ¡No te acerques o te mataré! Ya he tenido suficiente hoy. ¿Te enviaron mis padres? —dijo Verena sin mucha convicción y se escondió tras un árbol sacando la cara para observar lo que hacía la mujer. Ella solo se limitó a soltar una carcajada divertida que fue tan fuerte que los murciélagos abandonaron las copas de los árboles y volaron hacia la luna redonda.

—Me llamo Hécate, querida, y tengo un mundo que mostrarte. Uno en el que ya no sufrirás y nadie hará contigo lo que quiera, uno en el que serás poderosa y llegarán a temerte. Eso si estás dispuesta a dejar atrás las lágrimas y las cosas del amor —explicó ella y sus dos perros negros se sentaron sobre sus patas para observarla con atención. La muchacha salió de detrás del árbol y caminó hacia la mujer como si ese fuera el único camino que tenía para seguir. Atrás quedaron su humanidad, su belleza y sueños rotos. En el pasado quedaron las caricias de Milton y sus ojos buenos. Atrás quedó la niña que había sido, la estúpida que lloraba. Atrás quedó todo y Verena se convirtió en alguien que existía en los cuentos de niños, y no en las historias bonitas precisamente.


 

***

Seis meses sin ella y como se hacía sentir en los silencios nocturnos y en los rincones oscuros de la casa. El tiempo pasaba rápido y las hojas amarillas seguían cayendo. Pero en la casa se había apagado una chispa. Recordó el nombre de su abuela escrito con marcador negro sobre la lámpara de luz naranja que subió hasta el cielo para jugar entre las nubes. Suspiró mirando el lago azul y el vapor que desprendía temprano por la mañana y se reprochó haber sido tan duro con ella en ocasiones. ¿Qué sabía él de su propio sufrimiento? Torció la cabeza a un lado y sus ojos buscaron el gran roble que antes lo ocupaba todo pero era otra de las cosas que se había ido. La colina también se sentía vacía.



mzitterkopf

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En el texto hay: amor, gay, brujas

Editado: 03.11.2019

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