Cosas del destino.

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27: Nunca es tarde

Santiago

—¿Qué haces en mi casa? —pregunto, molesto al hombre frente a mi puerta: Federico Mills.

—Hablar con mi hijo mayor —contesta él, mirándome fijamente a la cara.

—Tú no tienes hijo —digo, gruñendo entre dientes.

Papá, adelanta unos pasos y entra en mi casa importándole una mierda que no lo haya invitado a pasar.

—Santiago, por favor —papá dice—. Confieso que me equivoqué contigo y entiendo perfectamente que estés molesto conmigo; furioso es la palabra, pero no puedes negarme que ahora sabes que el peor error que hubieses cometido en tu vida habría sido casarte con, Thalía. Esa mujer no era buena para ti, merecías algo mejor.

Cierro la puerta tras mi espalda, cruzando los brazos contra mi pecho. Era más que cierto que él llevaba razón, estaba convencido ahora de que Thalía no valía la pena y que no haberme casado con ella fue lo mejor que pudo pasarme: ahora estaría terriblemente arrepentido de haberlo hecho. Pero aun así, nada justifica que se haya acostado con la misma mujer que yo, que traicionara mi confianza hacia él e irrespetado a mi madre.

—Si estás buscando que te lo agradezca estas muy equivocado —le digo, con un sabor amargo en la lengua—. Nada justifica el hecho de que te hayas acostado con la mujer de tu hijo y menos que engañaras a una mujer tan maravillosa como mi madre, lo peor es saber que no fue la primera vez que le fuiste infiel.

A su rostro lo atraviesa una sombra de dolor ante mis palabras que no pasa desapercibido ante mí, y que me he es tan gratificante.

—Reconozco que fui un imbécil —Federico dice, mirando un punto fijo en mi pared—. Nunca valoré la mujer que tenía a mi lado, jamás la trate del modo en que ella se merecía y ahora que no la tengo a mi lado me doy cuenta del tesoro tan valioso que perdí.

Torcí mis labios en una sonrisa.

—Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde y me alegra que te des cuenta de ello, Federico.

Me mira fijamente a los ojos, clavando las manos en sus finos pantalones de vestir azul oscuro.

—Y que ciertas son esas palabras para mí ahora. Pedí perdón a tu madre por todas las veces que le cause dolor, dijo que me perdonaba pero que no está dispuesta a volver conmigo. Está más que dispuesta a divorciarse de mí y no tiene planes de echarse para atrás, me lo dejó claro.

Lo mire fijamente, enterrando los ojos.

—¿Y que buscas, que la convenza de volver contigo? —Meneé mi cabeza en negación, lamiendo mis labios—. Estas muy equivocado si esas son tus intenciones. No estoy dispuesto a mover un solo dedo para que mamá regrese a tu lado, no si ella no lo desea. Además de que no la mereces después de engañarla con quién sabe cuántas mujerzuelas que no le llegan ni a la suela de los zapatos. Perdiste una gran joya por imbécil, vive con ello papá.

Era la primera vez que le llamaba papá en mucho tiempo.

—No he venido por ello, Santiago —Federico dice, me mira fijamente por lo que que parece una eternidad antes de tragar grueso y agregar—: Tu madre no quiere nada conmigo ya y no me queda más que respetarla y darle su libertad como tanto desea, ya sé que la perdí y como tú dices me toca vivir con ello.

—Entonces, ¿a qué has venido?

Lo escucho inspirar una y otra vez.

—Estoy aquí porque quiero pedirte perdón hijo mío, te suplico me perdones por haberte lastimado de la forma en que lo hice, probablemente ya no te duela porque estás enamorado de una buena mujer según me comento tu madre y me alegra saber eso, pero sé que en su momento te dolió. Perdóname.

Apreté los dientes con fuerza. Venir y pedir perdón así como si nada después de todo el mal que causo. No lo merece.

—No creo que merezcas mi perdón, en realidad no lo mereces —le solté en un gruñido, apretando fuerte de mis dientes.

—Probablemente no, pero soy tu padre, Santiago. Estoy reconociendo que me equivoque ante ti, pidiéndote perdón por mi gran error. Quiero tener una buena relación con mi hijo mayor nuevamente, con mi familia.

Cómo si el alguna ves hubiese tenido una buena relación conmigo. La luz de sus ojos siempre ha sido Nailea y podía contar con los dedos de mis manos las veces que mi padre me había abrazado o besado en mis treinta años de vida; sobran dedos.

No deseaba perdonarlo. Él no lo merecía después del daño que me hizo a mí y también a mi madre, pero ella misma lo perdono y en mi caso pronto voy a casarme, construiré una familia con la mujer que amo y lo que menos deseo ahora es empañar esa felicidad que tengo con rencor en mi corazón y mucho menos hacia mi padre. Equivocado o no, era mi padre y debía decir que aunque no haya sido de la mejor manera me libro casarme con esa mujer y gracias a ello el destino me condujo hacia los brazos de, Shaina, con la cual tendré una larga vida llena de dicha y amor, e hijos por supuesto.

—No es que merezcas mi perdón, pero lo que menos deseo es tener rencor en mi corazón y mucho menos contigo, eres mi padre a pesar de todo, así que... estas perdonado papá.



Adamessphia

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En el texto hay: amorymusica, amorymiedo, amorypasion

Editado: 01.07.2019

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