Cronicas de una guerra: Luces y Sombras

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CAPITULO I

Su mañana había sido francamente terrible. Ser fiscal ya era suficientemente estresante, pero aquel día parecía que todos se habían complotado para estar en su contra. César a veces pensaba que los jueces lo odiaban... y quizás lo hacían.

Era por eso que necesitaba un verdadero descanso, aunque fuera de tan solo una hora. ¿Y qué mejor manera que almorzar con quién podía hacerle sonreír con tal solo mirarle? Poco le importaba el tener que manejar por cuarenta minutos desde sus oficinas hasta el museo en donde Duncan trabajaba, valía la pena.

Como era usual en aquel tipo de situaciones, llegó temprano al pequeño bar en donde iban a encontrarse y se sentó en una de las pequeñas mesas para dos que había en un rincón alejado de la ventana. No quería escuchar el bullicio de la calle, ni ver a los acelerados peatones que no hacían más que incrementar su ansiedad.

Unos quince minutos más tarde, su marido hizo acto de presencia. El tan solo verlo le devolvió la sonrisa a su rostro: con la camisa desordenada –la identificación magnética del Instituto aún prendida en ella–, el cabello alborotado y los anteojos a medio camino del puente de su nariz se veía demasiado adorable.

―Perdón por llegar tarde, el nuevo sistema de seguridad aún me odia. ― lo saludó con un pequeño beso y se sentó frente a él. ―¿Mal día?

César asintió con la cabeza, sonriendo levemente, sin querer hablar demasiado del tema. ―¿Cómo es que la tecnología te odia tanto?

―Quizás sabe que me interesan más las cosas antiguas, ni idea, podría preguntarle a uno de esos robots que andan por ahí.

El fiscal lanzó una pequeña risa, el imaginarse a Duncan discutiendo con un robot era demasiado bueno para no reír. Si algún día lo hacía, tendría que asegurarse de estar presente.

―¿Cómo estuvo tu mañana? Además de la pelea con la puerta, quiero decir. ― César comenzó a mirar el menú, que aparecía en unas pequeñas pantallas planas a un costado de la mesa.

―Aburrida. ― el arqueólogo lanzó un suspiro. ―Tuve que llenar papeleo, pero hace un rato la jefa me envió una pieza para que analice, así que mi tarde se ve prometedora.

Eso captó la atención del más joven de ambos, por lo que desvió la mirada del menú para centrarse en su pareja. ―¿La jefa? Wow, debe de ser algo impresionante entonces.

―¿La verdad? No tengo idea, ni siquiera lo saqué de la caja, solo sé que es de Oaxaca.

―Eso estaba en México, ¿no?

―Yup. ― Duncan se pasó una mano por el cabello, con la intensión de acomodarlo, pero dejándolo aún más alborotado que antes. Siempre hacía eso cuando estaba impaciente. ―¿Qué vas a ordenar? Odio elegir qué comer.

A veces adoraba cuando se comportaba como un niño de cinco años. ―Un sándwich de pollo, ¿pido dos?

―¡Sí! ― César eligió el pedido en el menú y luego de indicar la cantidad, Duncan volvió a hablar. ―Entonces, ¿a quién tengo que asesinar esta mañana por estresarte?

―Uno de los jueces. Negó por segunda vez una orden de allanamiento, ahora los detectives tendrán que hacer malabares para encontrar evidencias.

―¿Pero qué les pasa a esos sujetos? Sé que hay gente que odia su trabajo, pero estos pareciera que ni siquiera tienen intención de realizarlo.

―Me pregunto lo mismo todos los días. ― lanzó un suspiro, y estiró el brazo para poder tomar la mano de Duncan, entrelazando sus dedos. ―Al menos tú no te negaste a almorzar.

―¿Cómo podría? ― la sonrisa que le dedicó hizo que su corazón se sintiera un poco más cálido; no quería soltar su mano, pero tuvo que hacerlo porque su pedido llegó en ese instante.

Una vez terminaron de almorzar y pagar, salieron a la calle y César volvió a tomar la mano del otro hombre. ―¿Te parece si te acompaño al laboratorio por un rato? Creo que si regreso ahora mismo a la oficina empezaré a tirar expedientes por la ventana.

―Por supuesto, cualquier cosa por la seguridad de los expedientes. ― le respondió divertido, dejando un pequeño beso en su mejilla.

El Instituto para la Preservación de la Historia Humana estaba a tan son solo un par de cuadras, por lo que no tardaron en llegar. Una vez más, Duncan se peleó con las puertas electrónicas, que insistían en que él no era quién decía ser y le bloqueaban el paso. Cuando ya estaba temiendo por la integridad de la pobre puerta, un guardia de seguridad apareció y la abrió por ellos.



Merlucito

Editado: 16.08.2019

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