Cronicas de una guerra: Luces y Sombras

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CAPITULO III

Todo daba vueltas, podía sentirlo incluso con los ojos cerrados. Un fuerte pitido se había metido en sus oídos y parecía como si le estuvieran taladrando el cráneo. Aquel pitido era similar a cuándo sales de un boliche con la música a todo lo que da e intentas dormir, pero diez veces más fuerte.

 No quería abrir los ojos, sentía que si lo hacía, todo su cerebro iba a explotar por una sobrecarga de sentidos, pero una parte de sí le decía que debía hacerlo para averiguar qué había pasado. Quizás simplemente se había desmayado, y por eso tenía aquellas sensaciones... y quizás también por eso estaba tirado en el piso. Porque definitivamente estaba en el piso, duro y frío.

Aunque no recordaba que el piso de su laboratorio fuera de roca sin pulir. Estaba seguro que era de alguna especie de roca, granito quizás, pero estaba pulido, porque siempre brillaba. Bueno, brillaba cuando se dignaba a limpiarlo. Pero aquel piso era áspero, como el de una cueva. Eso descartaba un simple desmayo, ya que César lo habría transportado a algún lugar más cómodo de ser así, no lo habría dejado ahí tirado.

Así que, ignorando los gritos de su cerebro, abrió los ojos.

―Definitivamente esto no es mi laboratorio. ― susurró mientras la vista se le aclaraba. Afortunadamente, el ambiente estaba tan oscuro que su cerebro se calmó, aunque sus oídos seguían pitando. En el aire reinaba un olor a sulfuro intoxicante. ― Quizás morí y estoy en el infierno.

Se incorporó de a poco, sentándose en el piso que definitivamente era de piedra rústica, pero no estaba en una cueva. Era una habitación con apenas una pequeña ventana en lo alto, por la que entraba una luz rojiza muy tenue. La habitación parecía bastante pequeña y afuera podía escucharse un sonido extraño, como de maquinaria pesada trabajando. Pero algo le decía que aquello no era lo que parecía.

Todos sus instintos le decían a gritos que debía salir de ahí, pero se limitó a quedarse sentado y respirar con tranquilidad para no detonar un ataque de ansiedad por la oscuridad que lo rodeaba.

Aquel lugar y aquella oscuridad, sumado al intenso olor, le traían recuerdos para nada placenteros. Recuerdos que, si no hubiera aprendido a controlar sus ataques con años de terapia, hubieran detonado un ataque de pánico al segundo de abrir los ojos. Ahora al menos podía retrasarlo controlando su respiración.

Había algo, sin embargo, que hacía esos recuerdos aún más presentes. Una sensación, un calor interior que crecía en su pecho y que hacía más de veinte años no sentía. Trató de mantener las manos extendidas, con las palmas pegadas al piso, para no cerrar sus puños y lastimarse las palmas con las propias uñas, pero la sensación parecía incrementarse a cada segundo.

―Quizás sí estoy en el infierno... pero no creo que haya muerto. ― volvió a susurrar, tratando de descartar la idea que se formaba en su mente. No podía haber regresado, era imposible. Acababa de almorzar con César, estaba en su laboratorio, estaban riendo, acababa de verlo sonreír. Aún sentía el sabor de sus labios sobre los suyos. ―Por favor, que alguien entre y me diga que no estoy ahí...

Su deseo fue escuchado, pero lamentablemente no como le hubiera gustado. La puerta se abrió, dejando entrar un poco más de esa luz rojiza a la habitación, descubriendo que en verdad era pequeña. ¿Sería alguna especie de celda? Si estaba en el lugar que esperaba no estar, no sería demasiado alocado pensar que lo habían puesto en una celda.

Arrugando levemente los ojos, observó a la persona que acababa de entrar... y sintió como el corazón se le paraba de golpe.

El joven lo miró fijamente, evidentemente sorprendido de verlo ahí, y por unos segundos que parecieron eternos se quedó completamente estático, con la mano aún en el mango de la puerta.

Era guapo, el cabello negro azulado cortado sumamente corto, con unos ojos tan oscuros y profundos como el cielo nocturno. Y una barba incipiente de al menos tres días. Llevaba ropa mugrienta y algo maltrecha y sumado a sus ojeras enormes gritaba que no estaba en la más sencillas de las situaciones. De todas formas, seguía siendo igual de guapo que como lo recordaba, y seguía teniendo la expresión que siempre lo había cautivado.

―¿Hinto? ― el nombre salió como un clavo oxidado saliendo de una herida. Y ciertamente dolió de esa forma cuando el hombre reconoció su voz.

Rápidamente, la habitación volvió a estar en la penumbra anterior, porque el aludido cerró la puerta de un portazo. ―Debo estar teniendo una pesadilla. ― su voz tampoco había cambiado.

―Vaya, parece que sigues leyéndome la mente. ― porque eso era exactamente lo que estaba pensado. Aquello debía ser una pesadilla, una más de las tantas que tenía sobre aquel maldito lugar. Aunque de serlo, era jodidamente real.



Merlucito

Editado: 21.08.2019

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