Cronicas de una guerra: Luces y Sombras

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CAPITULO IV

El templo era una de las construcciones más bellas y antiguas que Duncan había visto jamás, quizás una de las tantas razones por las que había estudiado arqueología al regresar a la Tierra.

No tenía nada que envidiarle a los templos del Antiguo Egipto, con sus grandes columnas y piedras enormes calzando a la perfección. Labrado en piedra rojiza, a los pies del imponente Monte Olimpo, poseía una enorme galería central rodeada de columnas tan anchas como un elefante adulto sosteniendo un techo abovedado pintado con el cielo nocturno marciano. Tanto las columnas como las paredes contaban la historia de los marcianos y, al menos hasta el tiempo en el que él había vivido en el planeta, cada año se tallaba una nueva sección.

Ahora parecía que los sacerdotes se habían ido hacía tiempo, porque no solo la historia se cortaba abruptamente, sino que además los gravados más antiguos ya no resplandecían. El piso estaba manchado y mugroso, mientras que el techo opaco. Duncan tuvo que esforzarse por contener las lágrimas al ver su querido templo en aquel estado.

―¿Qué fue lo que pasó? ― su voz reflejó las emociones que estaban invadiéndolo.

―Guerra. ― fue la sencilla respuesta de Hinto.

―Eso nunca los detuvo antes... Nuestra historia siempre fue una prioridad para los sacerdotes, para que todos recordáramos no cometer los errores del pasado.

―Así es, pero no puedes tener muchas prioridades cuando estás muerto.

Aquello terminó de helarle la sangre. Los sacerdotes siempre habían sido las personas más respetadas de todo Marte, incluso más que la realeza. No solía verse envueltos en las guerras y si lo hacían era en circunstancias extrems; todos los respetaban, ni siquiera personas de otros planetas se atrevían a atacar a los sacerdotes marcianos, su reputación los precedía. Eran los exponentes máximos de la sabiduría, de la paz... y los más poderosos guerreros de todo el planeta.

Hinto siguió caminando como si nada, sus pasos resonando por todo el lugar. ―¿Qué? ¿Te sorprende que tus héroes de la infancia no sean inmortales?

―Se suponía que ellos lo eran. Los sacerdotes...

―Estaban protegidos por el Fuego, sí. Bueno, el Fuego ya no es lo que era.

¿Cuándo terminarían las revelaciones demoledoras? Duncan no había pisado aquel planeta por veinticinco años, pero se suponía que en aquel momento solo habían pasado seis desde su marcha, ¿qué rayos había pasado?

―Hinto, tendrás que dejar tu rencor por un momento y explicarme que mierda está pasando.

―Te traje hasta aquí, puedes averiguarlo por ti mismo.

El guerrero de la oscuridad se había vuelto mucho más caprichoso en aquel tiempo. O él ya no tenía tanta paciencia... O quizás era porque ya no tenían la misma edad y por eso lo desesperaba más. Sea como fuere, el arqueólogo no tuvo más remedio que seguir a su viejo amigo por la gran galería hasta el altar principal.

Detrás del altar se relataba el origen del universo y el Sistema Solar. Desde la gran explosión hasta la gran masa de partículas condensándose para formar Marte. Y justo detrás de aquel primer panel, descansaba lo que daba vida a todo el planeta, lo que brindaba poderes a cada uno de los marcianos: el Fuego Primordial.

Pero al verlo, Duncan supo que lo que acababa de decir Hinto era más que una forma de hablar. Cuando eran adolescentes, el Fuego flameaba alto y orgulloso en una enorme bandeja decorada con preciosos gravados. Roca, oro y fuego se combinaban para dejar a cualquiera que lo observara sin palabras. La llamarada era tan alta como una persona adulta e irradiaba un calor que solo los marcianos puros podían soportar por demasiado tiempo. Cualquier humano se hubiera chamuscado al estar tan solo cinco minutos cerca.

Ahora, la llamarada apenas alcanzaba para iluminar el recinto en donde se encontraba. Estaba amenazando con extinguirse... Lo cual significaba que la especie marciana estaba cercana a su extinción. ¿Acaso aquella guerra destruiría a su especie para siempre? ¿Acaso en su presente él estaría condenado a ser el último? El tan solo pensar en ello hizo que tuviera que apoyarse contra una de las paredes para no caer de bruces al suelo.

―Esto no puede estar bien.

―Por supuesto que no está bien. ― Hinto se apoyó en la pared contraria y lo miró fijamente. ― Pero aún responde al llamado de los suyos, puedes preguntarle lo que necesitas saber.

Casi pudo escucharle decir "puedes buscar la respuesta para volver a abandonarnos", pero decidió ignorar tanto su tono como su mirada y centrarse en el Fuego. Aquella llama le había dado muchas respuestas antes, lo había reconfortado en momentos de desesperación y le había enseñado el camino correcto. Había sido aquel mismo Fuego el que lo había terminado de convencer para regresar a la Tierra y vivir una vida humana, aunque por supuesto, ni Hinto ni sus demás amigos de aquella época lo sabían.



Merlucito

Editado: 21.08.2019

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