Cronicas de una guerra: Luces y Sombras

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CAPITULO VII

Sentir el viento contra su rostro a aquella velocidad era algo que sin duda alguna Duncan había extrañado. Volar era una de las cosas que más amaba, incluso en la Tierra, a pesar de que no podía volar por sus propios medios, el subirse a un avión podía cambiar su humor por completo. Pero no importara cuánto avanzaran los aviones terrestres, nada se compararía jamás a saber que te mantienes en el aire por tus propios medios.

La velocidad que podían alcanzar los marcianos en su vuelo era increíble y desafiaba todas las leyes de la aerodinámica, y era la principal razón por la cual no existían medios de transporte en el planeta rojo. Todos y cada uno de sus habitantes tenían la cualidad de elevarse en el aire y alcanzar velocidades impensadas para ningún humano.

En aquel momento, sin embargo, no había demasiado tiempo para entretenerse con dicha actividad, porque seguramente sus captores no tardarían en alcanzarlos.

―Ya nos alejamos suficiente, deberíamos continuar a pie, somos un blanco demasiado fácil en las alturas.

Odiaba que Hinto tuviera razón, pero no había otra opción. A lo lejos, ya se podían ver las grandes piedras que formaban el Muro Ecuatorial, una construcción que no tenía nada que envidiar a la Gran Muralla China, recorriendo toda la circunferencia del planeta, dividiendo ambos polos. Y justo en el centro del planeta, muy cerca de sus paredes, el Palacio Real.

Aterrizaron entre los escombros de lo que parecía ser una casa de familia. El techo había desaparecido por completo, pero las paredes aún resistían casi enteras. Quién fuera que viviera allí, se habían ido dejando atrás absolutamente todo; había fotografías de una familia tiradas por el piso, así como papeles varios. Incluso había platos en el fregadero, esperando ser lavados.

Duncan sintió pena por aquella familia, deseó que aquella guerra nunca hubiera estallado, pero no se carcomió por ello, no había tiempo. Su estómago gruñía exigiendo comida y sus instintos de supervivencia le gritaban que debían seguir avanzando, por lo que comenzó a rebuscar en las alacenas por algo para comer. Por suerte, encontró varias latas y paquetes de galletas.

―¿Qué estás haciendo? Vámonos.

―Impidiendo que muramos de hambre, genio. ― le lanzó uno de los paquetes a Hinto, que lo atrapó y abrió automáticamente. ―Hemos luchado y volado sin comer ni un bocado, si seguimos nos desmayaremos de hambre antes de llegar al palacio o donde sea que esté tu cuartel general.

―Tengo que admitir que la parte paternal que has ganado con la vejez no está mal.

―Oye, ¡tampoco soy tan viejo! ― le dio un golpe en la cabeza con su paquete de galletas y luego se dispuso a comer y a decir verdad fueron las galletas más deliciosas que había probado en mucho tiempo. ―Dios, había olvidado lo buena que era la comida de aquí.

El guerrero de la oscuridad lanzó una pequeña risa y le hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera mientras empezaba a caminar.

Se mantuvieron entre los escombros y a la sombra de los pocos edificios en pie. La destrucción en aquella parte del planeta era incluso peor que la que había visto cerca del templo. Por lo que recordaba, aquella zona pertenecía al clan de la tierra pero ya no había nada en las calles o edificios para poder distinguirla. Todos los símbolos habían desaparecido por completo y el ambiente era digno de una ciudad fantasma.

A cada paso que daba, Duncan deseaba aún más poner fin a aquella guerra, pero también regresar con su familia y abrazarlos con fuerza.

―El ambiente está muy calmado por aquí.

―Sí, esta zona fue abandonada hace tiempo, ahora las batallas están en otras partes del planeta.

Al menos eso les permitió llegar sin más complicaciones hasta el muro. Normalmente, cada 50 kilómetros, el muro tenía una gran puerta custodiada por guardias reales para permitir el paso de un hemisferio al otro, pero en aquel momento la puerta más cercana parecía estar completamente bloqueada por un derrumbamiento de las propias paredes del muro.

―No pongas esa cara, todas las puertas están así, ya es imposible pasar por ellas.

―¿Y cómo se supone que pasemos sin convertirnos en blancos vivientes?

Hinto señaló con su dedo hacia la tierra y Duncan tuvo que tomar un largo suspiro para hacerse la idea. Otra vez en absoluta oscuridad, genial.

―Sería más sencillo si tuviéramos a alguien con poderes de tierra, pero si tenemos suerte, encontraré uno de los túneles que siempre utilizamos en la resistencia.

El joven apoyó su mano izquierda en el muro y comenzó a caminar lentamente en dirección al este, con el mayor siguiéndolo de cerca. Al cabo de una media hora, se detuvo e hizo que su mano se rodeara con su aura violeta; automáticamente, un hueco apareció en el suelo, relevando una pequeña escalera.



Merlucito

Editado: 16.08.2019

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