Crónicas Épicas: Leandra (editando)

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II. Artemisa y Lamía

 

 

Aun faltaba mucho para la salida del sol cuando Philip tocó la puerta de la casa de Leandra. La madre de ella les ofreció un rico té de flores silvestres y pan, y luego de degustarlo se despidieron de la afligida señora que dejaba salir de sus ancianos ojos copiosas lágrimas.

—Te quiero mucho, Lea. Cuídate, mi niña. Por la diosa Atenea, confío en que triunfarás —la abrazó con fuerza y besó sus mejillas—. Philip, por favor cuídala, sabes que es muy testaruda.

—Usted sabe que lo haré —le contestó Philip dedicándole una sonrisa a Lea.

Mamá, no te preocupes, estaremos bien, no llores. En un año volveremos los tres: Philip, Lysander y yo —y le acarició la mejilla derecha para luego besarla.

—Yo sé que sí —contestó tras un profundo suspiro.

—Ahora debemos irnos. Adiós, cuídate mucho, mamá.

Aquellos dos jóvenes iniciaron su trayecto hacia el muelle, alumbrados con la luz humeante de una antorcha. Estaba muy oscuro, aun se veía la luna en un extremo del negro cielo y los insectos nocturnos eran los reyes del lugar, mientras que el señor búho observaba muy atento con sus hábiles ojos.

—Tus padres seguro quieren matarme por este viaje tan arriesgado —rompió el silencio Leandra.

—Al principio sí, pero luego se dieron cuenta que no podrían detenerme. Ellos saben que por ti soy capaz de ir al fin del mundo.

—Philip, gracias por tu disponibilidad, esta es una aventura que lleva muchos riesgos y sin ti será muy difícil que logre vencer.

—Lea, no es disponibilidad, es amor.

Leandra se ruborizó y no le contestó, sólo atinó a sonreír.

No tardaron mucho en llegar a la parte concurrida del pueblo y observar desde allí el majestuoso barco del Capitán Owen cubierto de faroles, con hombres subiendo y bajando por la rampa. Leandra y Philip abordaron el navío y se encontraron con la figura sombría del Capitán.

—Buenos días —dijeron los dos muchachos a coro.

—No dijiste que traerías a un acompañante. Lo lamento, pero tiene que quedarse.

—Tú no eres el Capitán —se atrevió a decir Philip haciendo explotar de ira a Owen.

—No estoy hablando contigo —lo enfrentó dedicándole una mirada envenenada.

—Por favor, él es mi amigo y es de fiar. Tu secreto estará a salvo —le suplicó Lea con la esperanza de que el Capitán aceptara.

—Mira niña, ya es suficiente tenerte a ti en este barco para tener que aguantar a otro mocoso; te advierto que si algo de lo que vean aquí sale fuera colocaré sus cabezas de adorno. ¡Marinos! —vociferó a su tripulación—. Pongan mucha atención: por un tiempo esta muchacha y su amigo nos acompañarán. Hace mucho que no viaja una mujer con nosotros así que mucho cuidado en cómo se dirigen a ella. No toleraré groserías —sentenció y se marchó dando órdenes—: ¿Listos? ¡Desaten los cabos! Roboam despliega el trinquete e icen las velas. ¡En marcha! ¡Rodas nos espera!

—¡Si, señor! —se escuchó a la tripulación a coro.

En ese instante el hombre de pronunciadas canas llamado Cleto se acercó y con una sonrisa les dijo:

—No se asusten, el Capitán parece duro pero no lo es tanto; además, no estamos acostumbrados a llevar pasajeros y menos a mujeres, eso es preocupante para él, porque los tripulantes se distraen. Mi nombre es Cleto de Tebas y soy el segundo al mando del barco.

—yo soy Leandra.

—Y yo Philip.

—Es un placer. Yo los llevaré a sus camarotes.

Cleto era un hombre muy amable, aunque a primera vista se veía muy duro por las arrugas y cicatrices que se asomaban en su piel. Era alto, con una pronunciada barba blanca, fuerte y de piel quemada por el sol. Desde que el padre de Owen era el capitán del navío, él era el segundo al mando, es por eso que todos los tripulantes le tenían una inmensa confianza y respeto, sobre todo Owen que lo quería como a un segundo padre y en ocasiones lo llamaba papá Cleto.

Era originario de Tebas. Un día, cuando él era un joven de veintidós años, el primer Capitán Owen, que entonces no lo era, visitó su pueblo y se hicieron grandes amigos. Su amigo fue quien lo motivó a la gran aventura en alta mar y lo convenció. Es en este tiempo donde conoció a la que fue su esposa y con ella engendró tres hijos: Cleto II, Lykaios y Mnésareté. Lamentablemente su esposa enfermó y murió cuando sus dos hijos mayores ya se habían casado y por esta razón decidió llevarse a su hija de trece años a sus aventuras marítimas, hasta que, más tarde, ella contrajo nupcias con un joven tripulante del barco y se fueron a vivir a Atenas.



Atalanta

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En el texto hay: mitologia griega, romance, accion aventura fantasia

Editado: 09.01.2019

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