Cruento

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 1: La casa de la bisabuela Carlota.

Recuerdo perfectamente los campos, dorados y verdes, que se extendían, como si fueran infinitos, a ambos lados de la estropeada carretera, con un brillante cielo azul despejado sobre ellos, con el viento corriendo en frías ráfagas, colándose por las rendijas superiores de las ventanas semi abiertas de ambas puertas de la cabina.

Con los audífonos colocados y la música a un volumen por el que mi madre me reprocharía, traté de mejorar ese viaje de tres horas, que me pareció eterno, sentada en ese incómodo asiento forrado de cuero beige, gastado, cuarteado, reseco y roto, con el sonido del motor más molesto y ruidoso que hubiera conocido en mi vida entera. Sentía ya las piernas entumidas al no tener mucho espacio para moverme.

El chicle que masticaba desde que salí de casa, ya había perdido su sabor a menta, además de que su consistencia se notaba distinta, sin embargo, continué jugueteándolo hasta que se terminó por disolver en mi saliva aquella masa viscosa, que me dejó un gusto amargo, por lo que proseguí a meter unas cuantas pastillas de caramelo macizo de colores en mi boca, los sabores frutales artificiales explotaron y con ellos, un poco de mi desesperación. Cuando comencé a ver que las pequeñas casitas aparecían más seguido en el horizonte, supuse que estábamos cerca de nuestro destino, así que le puse pausa a la música y me quité los audífonos.
—Oh, pero los jóvenes de ahora no saben de eso...—continuaba mi tío Paco, con esa voz ronca y cantadita tan distintiva de él.

Quizá había estado hablando por una hora, una hora en la que no recibió ninguna pizca de mi atención. ¿Siquiera habría notado cuando me puse los audífonos?
—Entonces, tío, ¿ya casi llegamos?—pregunté, mirando de reojo el rosario que colgaba de su retrovisor, por alguna razón, ver esas cuentas rojas y doradas, con su cruz, me ponía de nervios.
—¿Qué? Oh, no. No. La casa está...a unos cuantos kilómetros de la salida del pueblo.—respondió, torciendo la boca bajo su tupido bigote canoso y frunciendo el ceño ligeramente.
—¿Más lejos?—estaba algo desilusionada, realmente me dolía el trasero tras tantas horas en un automóvil, además de estar mareada por el olor impregnado en la cabina.
—Cuando éramos niños, tus tíos y yo solíamos viajar en mula desde la casa hasta el pueblo para ir a la escuela...esa construcción de ahí. Salíamos muy temprano, cuando el sol estaba abajo y el campo bien, bien oscuro. No existía eso del transporte ni...—rodé los ojos y volví a colocarme los audífonos. Realmente no tenía interés en escuchar más de las aburridas anécdotas de mi tío, no quería que ocupara conmigo su habilidad de hablar por horas y horas ya que, a diferencia de otros, yo no tenía la paciencia o ganas de disimular que me importaba.

Resulta que, gracias a una recomendación del doctor Castillo, que no me consideraba apta para desenvolverme en un entorno escolar aún, mis padres decidieron que debía cambiar de aires, ir a un lugar más tranquilo. Y no tuvieron ninguna mejor idea que mandarme a casa de mi bisabuela por unas semanas. La verdad es que, a mis dieciséis años, realmente no me entusiasmaba ser recluida en casa de esa familia, a quien realmente no conocía, en medio de la nada. Pero no había tenido opción, en realidad, ni siquiera me habían preguntado. Un día iba en el auto de camino a casa y al otro iba en un bus, directo a un pueblito donde me recogería mi tío para llevarme a esa casa.
En mi vida, pocas veces había ido a ese lugar, quizá porque estaba muy lejos, quizá porque a mis padres no les agradaba mucho "esa familia", pero eran ellos los únicos locos que podían soportar a una loca como yo.

Con ella, con la bisabuela Carlota, vivían tres de sus hijos, mis tíos abuelos. Que, o estaban quedados, o habían enviudado, o fueron abandonados. Pero todos habían regresado al nido, donde cuidaban de mi bisabuela y se encargaban de mantener andando esas viejas tierras, aunque mi abuelo, su hermano—mi difunto abuelo, su difunto hermano— solía decir que solamente volaban como buitres alrededor de la bisabuela, aguardando por su muerte para reclamar aquello como herencia.

Para llegar a la casa de la bisabuela, debías seguir la carretera un rato después de la salida del pueblo más cercano, tomar una desviación a la derecha de la carretera y seguir otro tramo por un camino de tierra que terminaría por llevarte a la entrada. En el perímetro del terreno, había unos enormes arcos de tabique y rejas de metal que impedían la entrada a desconocidos y animales. El portón era de madera y metal, pasarlo y seguir el sendero bastaría para atravesar el bosquecito. A derecha e izquierda del sendero de tierra, había árboles variados, colocados sin orden alguno, creciendo muy a gusto. Y si algo de ese lugar podía llamar la atención, eran los curiosos espantapájaros, vestidos con viejísimas ropas curiosas, esos espantapájaros eran aparentemente obsoletos en ese lugar, vigilando nada más que el camino, con sus tétricas cabezotas de sacos rellenos de aserrín, con unas curiosas caras dibujadas en esas superficies rugosas. < ¿Qué no deberían estar cuidando un campo de trigo o algo así?>, pensé la primera vez que los vi, y recordé abruptamente la razón por la que ese lugar me aterraba tanto de pequeña. Unos cuantos minutos avanzando por ese espeso bosquecillo y podrías llegar al claro donde se encontraba la casa. La casa de la bisabuela era una construcción vieja y grande, aunque en su buena época, quizá hace como cien años diría yo, fue un lugar muy hermoso. Envidiable. La casa, con una construcción de apariencia más bien colonial, se mantenía orgullosa y elegante, aunque desgastada, de color blanco amarillento y con marcas de moho en su fachada, se alzaba en una planicie de verde pasto en medio de los árboles. Sus enormes ventanas con balcones, de los que colgaban flores y enredaderas, se veían en extremo lúgubres, siendo que no se percibía más que negrura adentro, a través de ellas. Como si se tratara de los ojos vacíos y sin alma de una vieja dama. El caparazón vacío de lo que una vez fue.
Mi tío aparcó la carcacha, que llamaba tan insistente: "su preciosa Betty"—nombre dado en honor de la que fuese su única novia—de pintura verde olivo desgastada y óxido visible, dando la impresión de que podía caer en pedazos en cualquier momento. A un costado de la casa, casi rozándola, había un gran árbol, crecido lejos del resto, de ramas casi desnudas, con un viejo y desgastado columpio al que yo no me subiría, aunque me lo pidieran. El viejo pastor alemán, Hades, se encontraba echado bajo la poca sombra que daba el árbol, duras penas levantó la mirada para ver a quienes acabábamos de llegar, luego volvió a cerrar los ojos, con pereza.
—Perro viejo, mal guardián.—dijo mi tío en un suspiro mientras se acomodaba los pantalones de gruesa mezclilla y comenzaba a caminar a la casa.
Yo demoré un poco más, me colgué mi mochila a la espalda y me subí a una de las llantas traseras para alcanzar mi maleta y sacarla de la batea. Luego seguí a mi tío hasta la entrada, donde me abrió la puerta para que entrase primero, con él pisándome los talones. 
Tan sólo cruzar la puerta, me encontré en un corredor frío y estrecho, de alto techo, con paredes color rosa mexicano y suelo de grandes piedras y cemento, tan colonial, que me sentía en una de esas casonas del centro de mi ciudad. Al fondo, se veía una terraza, con los mismos pisos de piedra gris, con montones de macetas de las que nacían bellas flores de colores y tamaños distintos. A ambos costados del corredor, podía ver un par de puerta de madera con vidrios cuadrados pequeños. 
—¡Ya llegamos, Marta! —gritó mi tío, y al instante, desde el pequeño patio del fondo, apareció mi tía Marta, una mujer mayor, de esas que usan vestidos largos a la antigua. "Una señora hecha y derecha", decía mi abuelo, "anticuada", decían mis padres. Tenía el cabello, castaño, un poco canoso y largo, siempre recogido en un chongo alto. La tía usaba lentes, pero sólo para leer, por lo que usualmente uno podía ver ese par de lindos ojos chocolate, que, a pesar de las ojeras y patas de gallo, captaban la atención en esa cara de nariz ancha y tez morena. Le daban...cierta belleza rara.
—Te has tardado mucho, Paco. ¡Me tenías con el Jesús en la boca!—reclamó ella, con su voz nasal bien alta y agitando las manos.
—Oh, no seas exagerada.—refunfuñó mi tío, haciendo algunos movimientos con las manos, caminó algunos pasos con su habitual cojera y desapareció por una de las puertas, dejándome a solas con ella.
—Ese hombre...—masculló mientras negaba con la cabeza. Luego de terminar con el pequeño enfado, por fin, me miró. Y estoy segura de haber visto desaprobación en su rostro—Has crecido mucho, Zara...ya eres toda una mujercita...aunque no te vistas como una.
—Sí...hace tiempo que no nos vemos, tía.—dije, sin estar muy segura de cómo responder a su comentario.



Honey Momo

Editado: 19.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar