Cruento

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Capítulo 6: Con cariño, C

Lo primero en despertar fueron mis oídos, quienes desmenuzaron todos los sonidos a mi alrededor, haciendo cada uno tan intenso que lo podía escuchar fuerte y claro, todo al mismo tiempo, llegando a aturdir a mi muy conflictuada cabeza, provocando que mi ceño se frunciera un poco. De entre todo aquel abanico de sonidos, en lugar de los platos o del cantar de las aves, mi cerebro eligió centrarse en la conversación que tenían los chicos a los que había conocido aquel mismo día.

—¿En serio debes irte ya? —dijo Javier, como quejándose.

—Sí, Javier, ya debo irme. —le respondió Julia con enfado, sonaba harta y cansada—A diferencia de ti, yo no voy por la vida huyendo de mis responsabilidades.

—Detesto cuando suenas como una adulta, eres nada más una mocosa amargada. —el tono con que Javier lo dijo, pareció enfadarla más.

—¡Se le llama madurar, espero que algún día lo intentes! —le espetó.

—Baja la voz o vas a despertarla. —replicó Javier, entre dientes, casi ignorando lo que ella acababa de decir.

—Oh, ¿Javi se siente raro? —dijo ella con un tono de burla, como si le hablara a un niño pequeño—¿Se siente raro preocuparse por otros?

—Me preocupo por…—su frase se vio bruscamente interrumpida por ella.

—¡Por nadie más que tú mismo!

—Que bajes la voz. —repitió. Escuché a Julia soltar un pesado suspiro.

—Llévame a casa, Marce, tengo muchas cosas que hacer…

—Si tanto tenías por hacer, ¿para qué vienes en primer lugar?

—Oh, no, no, no…ni te atrevas a ponerte en esa postura tan p…

—Bueno, ya, basta los dos. —interrumpió Marcelino, dejándome pensando que, quizá, me había equivocado mucho al pensar que ella era quien intervenía para mantenerlos en paz, pues Marcelino parecía estar ya acostumbrado a ser el mediador—Te llevaré a casa, Julia. Ahora vuelvo, ¿vale?

—Como sea… —masculló Javier.

—Más vale que se te pase pronto. Acepta que no todos vamos a hacer lo que tú quieras siempre. Otros tenemos cosas que hacer. Tenemos obligaciones y prioridades… —continuó diciendo ella, quien se aproximaba cada vez más a lo que parecía ser el punto débil de Javier—Madura, ya no eres un niño…

—¡Somos niños! Que cuides de tu madre es cosa tuya, ¿estás harta de esa vida? ¡Acepta la propuesta de tus tíos y lárgate de aquí, nadie te está deteniendo! —explotó él y luego se hizo el silencio.

—Vete al diablo. —fue lo último que la escuché decir a Julia antes de que se azotara la puerta y mi cerebro se desconectara de nuevo.

 

La siguiente vez que desperté, mis sentidos se conectaron de golpe, pero parecieron hacerlo en otro canal. Me senté en la cama, encontrándome en la habitación casi a oscuras. El sol estaba dando lo último de sí. Mi cerebro demoró varios segundos en notar que, ni las cobijas, ni los muebles, ni el color de las paredes, coincidían con los de mi habitación. Y entre esa confusión creciente, un gélido gorgoteo tuvo que llamar mi atención para notar que una figura femenina estaba a menos de cinco pasos de los pies de la cama donde yo me encontraba sentada.

Como si mis ojos fueran incapaces de enfocar, la figura lucía borrosa, sin importar lo mucho que entrecerrara los ojos, pero sabía que era una mujer…alta, pálida…y la piel se me puso de gallina al notar su cabello y la ropa que usaba…y no sé por qué lo supe, pero algo ahí lucía tan obvio: era ella. Estaba mirándome, con el ceño fruncido, el mentón hacia abajo, con los ojos brillantes de odio, con los puños apretados, el cuello morado y los labios azules. De su cabello, enredado, escurrían gotitas que humedecían el suelo. Su odio era palpable, su miedo, su ira, era como si lo gritara con el lenguaje corporal. No entendía qué hacía ahí, o por qué me miraba así, pero, sin duda alguna, era ella: la ex prometida de mi tío Lorenzo.

La luz del baño se prendió de golpe y giré la cabeza, adentro se oía el violento chapoteo del agua, gemidos, gruñidos y un forcejeo.

—Ugh, maldita seas…—una pequeña maldición se abrió paso entre el alboroto. Se trataba de una mujer joven, y aunque me pareció ligeramente familiar, mi cerebro estaba muy aturdido para reconocerla.

—¿Tú? ¡¿Pero qué te ocurre?! —chilló, horrorizada otra mujer que, por la voz, pude suponer que era menor que la primera, quizá mucho. Y algo me dijo que se trataba de la voz de la mujer que tenía frente a mí. Pero no dijo nada más, pues el sonido de algo sumergido violentamente en el agua y un golpe sordo contra un metal ocuparon los últimos segundos que duraría ese…recuerdo.

—¡Zara! —las fuertes manos de Javier al caer sobre mis hombros me regresaron a la realidad o, al menos, al presente.

La luz de la habitación estaba prendida y todo era exactamente igual a como lo había dejado esa mañana.



Honey Momo

Editado: 19.07.2019

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