Cruzada de Sangre - Orígenes

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Capítulo 4

Sangre. Sí, solo sangre ante su mirada impávida y aterrada. Otra vida que su cuerpo expulsaba y que enterraba más en su pecho el puñal de la desolación. Marchita, ahogada en un dolor que doblegaba su cuerpo en violentos temblores. Cinco veces. Cinco muertes que ni siquiera llegaron a la vida, cinco corazones perdidos en un mar de sangre y expulsados a un mundo al cual aún no estaban preparados.

 

Abrió los ojos aferrándose a las sábanas, empuñando las manos aterrada, sin poder dejar de observar la mancha de sangre que corría desde su entrepierna, deslizándose hacia los costados de su cuerpo. Cruel destino, burla de su frustrada maternidad, de una sociedad que le restregaba en su cara la condición de mujer seca, de ser castigada por Dios a solo traer criaturas muertas. Una adoradora del demonio, incluso hasta una bruja, y cuyos nacimientos prematuros de bebés no desarrollados, era el pago de su pecado y maldad.

 

La iglesia presionaba, el heredero de la corona no nacía, y aun ante los gritos desoladores de la reina que se escuchaban por todo el castillo endurecían sus corazones proponiéndole al rey que deshiciera el matrimonio para casarse con una mujer pura y capaz de darle un hijo. Pero el amor del rey hacia que sus oídos fingieran no escucharlos.

 

Tiempo pasado, tiempo presente, la congoja consumía a quien había sido una mujer confiable, alegre y fuerte. El dolor silencioso del rey, al ver a su reina asfixiarse en los recuerdos de las perdidas, comenzaba poco a poco a carcomerle las entrañas. El silencio paseaba con soberanía dentro del castillo de piedra, luciendo su libertad que solo el llanto desesperado de la reina le arrebataba el dominio del lugar.

 

Sin embargo después de tanta oscuridad llegó la luz. Una sonrisa de bebé, unos ojos oscuros y abiertos de par en par detenidos en la mirada maternal que agradecía su existencia. Tal vez no podamos culpar a esa mujer de querer proteger a aquel preciado tesoro que la naturaleza al fin le había entregado. Pero su excesivo cariño, su desmesurado amor maternal, convirtió a aquel niño de ojos oscuros y cabello negro en una criatura temerosa que vivía continuamente aferrado a las faldas de su madre. El rey no tuvo corazón para apartarlo de su mujer, tal vez el haberlo hecho hubiera cambiado el destino de aquel pequeño príncipe. Creció con miedo, creció encerrado en un mundo perfecto pero cuya realidad no existía. No aprendió a ser fuerte ante el rechazo, a pelear por sus ideales, a alzar la voz cuando creía que algo no era correcto. Él solo callaba, y su mirada se perdía en continuos sueños, en ilusiones de su mente con las cuales se escondía de todos, hasta de sí mismo.

 

La maldad se apoderó de la lengua de sus súbditos. Mordaces acusaron al príncipe de padecer retraso mental, de tener problemas, ya que era lógico que de una mujer con tantos abortos hubiera nacido un niño enfermo. El rey guardaba silencio, aún cuando se dio cuenta que esas habladurías traerían consecuencias peores. Sus hermanos y sobrinos miraban con ansiedad obsesiva la corona que se alejaba del introvertido príncipe. Y temió por la vida de aquel niño incapacitado.

 

Con dolor como padre, muchas veces llegó a pensar que aquella criatura no era su hijo, era un engendro de un ser no humano. Sobre todo cuando entraba en ataques de llanto y grito cuando su madre no estaba cerca, dando patadas y golpes sin que nada pudiera controlarlo,  luego se golpeaba la cabeza contra el piso hasta casi perder el conocimiento. Sin embargo, lo que lo obligó a actuar fue el verlo en el jardín con la mirada perdida y sonriendo con una expresión que casi deformaba aquel rostro infantil, entretenido en reventar con sus manos a los caracoles que pululaban en el jardín  y en un acto irracional se llevaba las manos a la cara lengüeteando los restos de aquellos desafortunados insectos. No quiso llevarlo a la Orden Heavelynt de los clanes Yarey y Strayer, porque siendo parte de la iglesia, el destino de su hijo sería morir encerrado a manos de torturar perpetradas por hombres santos obsesionados con salvar su alma. Por lo que en secreto, para mantenerlo protegido, lo entregó a la Orden Darkevenger del clan Granyer, leales al rey y que se encargarían de hacer que aquella criatura asocial se convirtiera en un hombre digno de la corona.

 

La muerte caprichosa cerró los ojos del rey antes de lo esperado. Su corazón se detuvo llevándolo a la oscuridad de la que jamás saldría, siguiendo a su mujer que había dejado de respirar dos años antes. Una corona vacía, un reino acongojado y  un príncipe cuyo destino se desconocía. Se negó, se ocultó, no quiso una responsabilidad de la cual no se sentía capaz,  el príncipe de las sombras no apareció. Ante su ausencia su prima tomó su lugar, una adolescente encaprichada con el poder, como una niña jugando a ser princesa y cuyas extravagancias fueron el inicio de la caída de aquel reino.



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, armas, cazadores

Editado: 28.05.2019

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