Cruzada de Sangre - Orígenes

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Capítulo 5

El cielo rojizo es invadido por el oscuro humo de las llamas que consumen a la hoguera en donde se encuentra atada una joven doncella cuyo cabello desordenado y sucio cubre su rostro. 

 

Incesante los murmullos de los espectadores ávidos de sadismo se elevan con el crepitar de las llamas, sus ojos enrojecidos, ansiosos por ver sufrir a aquella desafortunada criatura, destilan una ansiedad enferma.

 

El fuego rodea el cuerpo de la supuesta bruja, sin piedad, sin consuelo ante los ojos impávido de un niño que es obligado a ver dicho espectáculo. El pequeño intenta soltarse de las manos de sus padres, pero estos decididos de que la única forma de salvarlo de su destino es que entienda como va a terminar su vida los hace ignorar los gritos aterrados y las suplicas de su hijo.

 

—No llores —habla la mujer sin mirarlo mientras las llamas llegan a su cuerpo—. Disfruta el espectáculo, con la misma ansiedad perturbada de quienes te rodean...

 

Volteó su rostro hacia la infantil mirada. Sus ojos se abrieron en forma inusual dejando ver el oscuro color de sus pupilas penetrante y una hilera de dientes blancos se asomaron con una sonrisa demoníaca, perturbada, extraña. Gritó llevada por el dolor del fuego que la quemaba, pero sus propias carcajadas apagaron su agonía y el olor a carne quemada impregnó la ropa de quienes observan impasible la muerte de la bruja.

 

La risa estruendosa e inquietante atormenta al niño que grita horrorizado viendo como el fuego consume aquel cuerpo que se agita en convulsiones o en una especie de baile demoniaco y sin sentido. Siente como las manos de sus padres lo siguen sujetando, y ve al fuego irse contra él, rodear su pequeño cuerpo, y el dolor y la carne quemada se hacen suyos...

 

Aldo despierta de un golpe, otra vez la misma pesadilla. Enciende la vela que esta encima de una humilde repisa de madera, la pequeña llama aleja la oscuridad a su alrededor y observa sus manos que no dejan de temblar. Respira agitado sintiendo además el frío sudor de su cuerpo. Toma el relicario que hay a un costado del mueble y comienza a rezar intentando alejar el amargo sabor que le dejo aquel sueño.

 

Vuelve a dormirse y no despierta hasta que los golpes de la puerta lo hacen volver en si. La luz del sol ilumina la modesta habitación, una cama de sabanas blancas cerca de la ventana, un velador de madera encima de la cual se encuentran un candelabro de una sola vela, un relicario y un pequeño libro. Más al fondo un mueble con ropa y un espejo que cuelga de la pared.

 

—¿Qué pasa? —pregunta mientras se viste.

 

—Han solicitado tu presencia desde el alto mando —responde la voz de otro hombre. Y luego escucha sus pasos que se alejan de la puerta.

 

Se viste aun somnoliento y pensativo, no puede sacar de su cabeza el recuerdo de los gritos y la risa de aquella mujer consumida por la vesania. Se coloca sus pantalones marrones, y sus botas negras. Encima se vistió con una cota (túnica) dimidiada de color gris, ciñendo a su cintura una correa de cuero con una hebilla simple, de alineación de cobre, con el escudo de la Orden Heavelynt a la cual pertenece. Finalmente tomó la capa semicircular, de lana forrada en armiño, y se la vistió observando su reflejo y el dragón bordado símbolo de su Orden.

 

Caminó por los extensos pasillos de piedra, y el canto de su pasado brotó en sus pensamientos. La dulce voz de su madrina, con aquella misma que lo arrulló en sus brazos con la misma voz que gritaba mientras el fuego se la consumía hizo que sus metódicos pasos se confundieran y se vio obligado a detenerse. El dolor de su infancia se hace presente por culpa de su reciente pesadilla.

 

—Mayor —exclamó otro hombre llamándole la atención.

 

Levantó la mirada encontrándose con la sería mirada de su teniente, un hombre de edad y de cabellos canosos, cuyos ojos verdes se detuvieron en la confundida expresión del joven caballero. Sin embargo hay condescendía en la mirada del hombre mayor, y borrando su severidad le extiende un pergamino sellado.

 

—El cardenal ha dado órdenes —indicó a la vez que Aldo tomaba el documento en sus manos.

 

—¿Sucede algo? —arrugó el ceño preocupado.

 

—Lo desconozco, solo se nos ordenó informar la noticia a las personas que se encuentran en la lista que acabo de pasarte —le habló con sinceridad.

 

Los altos muros oscuros y gruesos de aquella torres; que esconde los gritos persistentes, las suplicas y la tribulación de los seres obligados a ocultarse en sus húmedas bóvedas; se muestran solemnes escondiendo la podredumbre de su interior. Quienes se llaman santos en la realidad no son más que fríos asesinos que usan su albedrío para dejar salir todas las perturbaciones propias del ser humano olvidándose de su raciocinio, a causa de un poder que le permite pasar por encima de las leyes de la sociedad.

 

El eco incesante se pierde entre las voces dolientes. Los pasos indican la presencia de aquel hombre de mirada grave y expresión seria. Cuyo semblante oculta los pensamientos que comienzan a perturbarlo cada vez que entra a ese lugar, el recelo de toda la estructura que desde niño sus padres le habían obligado a formar, y de cuya estabilidad se aferra inclinando la cabeza y repitiéndose a sí mismo que es parte de los cimientos que impiden que la maldad se apropie de la humanidad. Pero se miente así mismo, su duda crece y el agobio que esta le produce lo hace perderse en eternos desvarío dentro de su propia mente.



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, armas, cazadores

Editado: 28.05.2019

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