Cruzada de Sangre - Orígenes

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Capítulo 6

Un leve ruido lejano, y luego las tinieblas parecieron consumirla, aprisionarla, y empujarla a la locura. Fija solo en aquella pared de piedra gris, un cuerpo sin alma, como una cascara perdida en la lobreguez de su mente. Su única pupila que seguía percibiendo las luces que la rodeaban parecía haberse cubierto de un invisible parpado, ciego tal cual su cavidad vacía en la que una vez hubo un ojo. Abierto, ignorando a las mujeres que estaban frente de ella, como una muñeca de porcelana, sin vida a pesar de que su corazón seguía latiendo.

 

—No ha querido comer —musitó la mujer de mayor edad fijándose en el ceño arrugado de la joven que estaba a su lado, quien al oírla cruzo los brazos sin dejar de observar a Alexa.

 

—Cualquier cambio en ella me avisas —indicó luego de examinar la expresión perdida de la chica campesina.

Se retiró cerrando la pesada puerta de madera de aquella habitación

Se retiró cerrando la pesada puerta de madera de aquella habitación. Y los recuerdos de aquel día vinieron como una bofetada al error del cual se sentía responsable. Solo un par de minutos y aun cuando por ello se había ganado una horrible herida en su brazo solo pensaba en como reportarse frente a su superior y darle cuenta de aquel descuido de sus hombres. Una omisión que permitió que el joven heredero de la corona huyera hacia los prados de cosechas, y en el cual dejo fluir la perversidad de su naturaleza, producto de su perturbada mente, atacando a aquella mujer arrancándole uno de sus ojos. Pudo detenerlo a costa de casi perder un brazo, la lucidez repentina del príncipe lo hizo detenerse y aprisionarla en sus brazos como si con ello pudiera sanar sus heridas. Herir, odiar, querer, lamentarse, eran las cuatro características con que definía a su joven amo, y cuyas pesadillas eran a causa de los tormentos infantiles a los que él la había expuesto, la sutil mano de la inocencia que levantaba el puñal mofándose de su agonía. Era extraño, ya no le repugnaba escucharlo hablar, ni que sus ojos ávidos de sangre se posaran en los suyos produciéndole un estado de pavor que la llevaba a límites de perder la cordura. Le había temido ante el dolor que era capaz de provocarle, de las heridas que le causaba en sus arranques de locura violenta y tal vez por ello mostraba indiferencia ahora ante las muestras de cariño a lo que su arrepentimiento lo empujaba.

 

Sus pasos sobre el frío piso de piedra la trajeron de vuelta a su situación actual, de la falla que había cometido. Su error mayor no era que él hubiera huido sino que el de haber dejado con vida a la mujer que se desangraba a sus pies, debía cortarle la cabeza y acabar con su sufrimiento como lo había hecho cada vez que el príncipe hería a alguien, su existencia debía ser secreta y por lo tanto no había que dejar testigos. Pero cuando estaba a punto de cumplir con esto aquella chica la había quedado mirando, aterrada, fijando su único ojo sano en el frío rostro de su ejecutora. Aquella mirada, y el recuerdo de un ser querido que no había podido salvar, la hicieron dudar haciendo que su mano, que sostenía la espada, temblará.

 

Llego frente a una puerta de madera y dio dos golpes con sus nudillos, esperando escuchar la voz de su superior que le indicará que podía pasar. Al entrar observó inquieta la espalda y el cabello castaño suelto y ondulado que cubría la espalda de la mujer frente a ella, estaba tensa lo supo al ver sus manos que se mantenían empuñadas.

 

—Mayor, vengo a dar el reporte de lo sucedido y a aceptar mi castigo por el error de las personas a mi cargo y...

 

—Ana —la interrumpió sin aun mirarla con un tono de voz que no daba indicios de si estaba molesta o no —, eres un buen soldado, es extraño que falles y usualmente cumples a cabalidad con tus obligaciones. Nuestro príncipe está bien y eso es lo que más importa.

 

Volteó deteniéndose en la seria expresión de Ana, por más que buscaba alguna seña de dolor, arrepentimiento o algo más solo podía ver el semblante serio y fijo atento a sus palabras. Podría entenderla si siquiera la dejase entrar a ella, pero mantenía aquella actitud alejada levantando un muro invisible hacia todos quienes la rodeaban.

 

Margaret arrugó el ceño tratando de descifrar en su rostro su razón de haber traído a esa joven campesina en vez de haberla ejecutado como correspondía, pero entendía el dolor que su subordinado arrastraba, y tal vez empujada por ese mismo calvario había ido en contra por primera vez de los decretos de la Orden. Cruzó sus brazos encima de su voluptuoso pecho buscando las palabras que pudieran romper aquella dura capa de quien tenía frente a sus ojos.

 

—Ella no es tu hermana —indicó secamente.

 

Ana bajo la cabeza entrecerrando los ojos con gesto molesto. Sabía eso y sin embargo tal como Margaret le había señalado aquella joven mujer le había recordado a su hermana. Se sintió vulnerable, apretó los labios como una forma de calmar el dolor de un pasado que ahora parecía revivir.



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, armas, cazadores

Editado: 28.05.2019

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