Cruzada de Sangre - Presagios (parte 3)

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Capítulo 22

La endeble llama de la fogata pareció bailar con atrevimiento al son del frió viento. Envuelta en un peligroso amor que con un gélido abrazo la consumió hasta hacerla desaparecer. El viento rugió con furia, desconocimiento propio de su poder, tal vez si tuviera alma pensaría que sería por el desconsuelo de haber acabado con la pequeña y frágil llama danzarina.

 

Observé como el humo de la apagada fogata se elevaba hacia el cielo, y el frió me envolvió ante la huida del calor. Llevo guantes gruesos en ambas manos y un abrigo que cubre casi todo mi cuerpo. En esta área montañosa el frío suele ser así de agresivo, nos dijeron que más arriba hay una cabaña y vive un ermitaño que dicen que es un poderoso vampiro. Vinimos a comprobarlo pero la nieve nos obligó a detenernos. Observo a Fernando dormí envuelto en su enorme abrigo con sus mejillas sonrojadas por el frío. Me levanté para cerciorarme de su estado cuando la nieve comenzó a caer y cuyos copos se detuvieron quedando suspendidos en el aire. Al levantar la mirada la figura de Víctor se hizo presente frente a mis ojos.

 

Retrocedí en el acto tomando la daga Aeternus pero su triste mirada y desalentadora expresión me hizo reaccionar confundida. Es como si un desolador desconsuelo lo rodeara. Sus ojos oscuros permanecen fijos en los míos, no puedo evitar sentirme afligida al verlo en ese estado. Entrecierra sus ojos ¿Está llorando? pero no son lágrimas. Es sangre, y aprieta los dientes con dolor cayendo de rodillas frente a mí. Titubeó, los copos de nieve siguen estáticos en el aire. Me acercó lentamente caminando con dificultad sobre la fría escarcha. La nieve en el piso bajo Víctor empieza a oscurecerse, intentó tocarlo.

 

—¡No! —me grita con sus ojos rojos por la sangre— ¡No me toques!

 

Retrocedo ante su mirada de odio, ante el rencor en sus ojos, ante sus amenazantes colmillos, y sobrecogida llevo mis manos hacia mi pecho.

 

—No me toques —repite más calmado—... no dejes que mi oscuridad te infecte —murmura— ¡Estoy podrido!...

 

Y se cubre los oídos, desesperado. No sé qué hacer solo retrocedo dejando a mis lagrimas huir sin intenciones de detenerlas, viendo como la oscuridad crece sobre la nieve, y Víctor comienza a hundirse, y sus ojos resignados se fijan en mi. Y mi quejido se mezcla con la leve voz de mi despertar violento, siento que mi cabeza choca con otra y vuelvo a caer. Todo no ha sido más que una pesadilla pero el golpe si fue real.

 

—¡Tonta! —reclama Agatha sobándose la frente—. Solo quería despertarte.

 

—Sí claro —respondo revisándome el chichón que ahora tengo en mi frente aunque mi mente sigue enredada en la última mirada de Víctor.

 

—¿Soñabas con él? —preguntó molesta.

 

—No es tu asunto —suspiré levantándome de mi lugar—. ¿Además que haces aquí?

 

—Su oscuridad es mayor a lo que es tu luz —abrió los ojos amenazantes—. Sigue este camino Catalina Alcaraz y tu vida va rumbo al acantilado de tu desgracia, sigue luchando y su oscuridad te consumirá sin asco.

 

—¿Y acaso tengo otra opción? —tensé mi semblante atenta a su expresión amenazante. 

Sintiendo como mis sentimientos intentar huir siendo retenidos dolorosamente. Ese sueño ha perturbado mi aparente tranquilidad y es como si mi fortaleza se hubiera resquebrajado.

 

Guardó silencio sin quitar sus ojos que ahora han tomado una tonalidad de color amarillo. Mis recuerdos felices, la armonía junto a Víctor hunden mi tranquilidad y me siento agobiada por la pesadumbre y aquel dolor no físico pero que se clava en mi pecho hiriéndome día a día.

 

—La espada de la justicia —respondió arrugando el ceño e interrumpiendo mis pensamientos.

 

Se refiere al arma que Emilia uso para atravesarle el corazón a el hechicero oscuro. Abro la boca pero solo para dibujar una mueca de desagrado. Sé que la daga Aeternus no solo se transforma en una hoz pero ¿Tendría yo la fuerza para destruir a Víctor? Porque aunque suene estúpido, aun ante su odio y rencor, la imagen del hombre que me amaba sigue apareciendo, aunque me diga que me quiere matar aun tengo grabada aquellas veces que juraba amarme, aquellas en que hablaba de su felicidad y la calidez de su abrazo, el aroma de su cuerpo. Inconscientemente me niego a creer en su traición y me aferró a aquel niño abandonado en un orfanato, a aquel hombre perdido y cuyo amor mutuo fue su luz.

 

—Los muertos se transformaran en tu plataforma, y cuando la oscuridad sea cubierta por la falsa maldad, la espada de la justicia atravesará al negro corazón aun cuando a costa de eso herirá el sacrificio del ser amado—. Agatha  fija su mirada inquisidora en la expresión dolida de mi rostro.

 

—¡Cállate! —le grité dándole la espalda y luego agregué con melancolía—. Sé lo que debo hacer....



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros y brujas, aventuras, vampiro

Editado: 06.01.2020

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