Cualquiera menos tú

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SE BUSCA COMPAÑERA

BUSCO COMPAÑERA DE PISO

200 EUROS al mes.

Gastos mensuales a medias.

Barrio del Albaicín.

Teléfono: 555-460-849

Colgué el cartel sobre uno de los murales situados en el patio de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Las manos me temblaban, y me sudaban tanto que tuve que refregar las palmas contra la tela de mis vaqueros repetidas veces. Buscar compañera de piso no me ponía nerviosa, estaba hecha un flan ante la idea de vivir sola, lejos de casa y tener que enfrentarme a lo que la universidad suponía. Había dejado atrás muchas cosas, unos padres protectores, siempre pendientes de mí; una hermana que, aún dos años menor, me acompañaba a todas partes; un círculo de amigos que, aunque no muy grande, (nunca se me han dado muy bien las relaciones sociales), estaba muy afianzado. Siempre había vivido en un pueblo relativamente pequeño, donde casi todos nos conocíamos o sabíamos quiénes éramos. La seguridad y la confianza siempre me habían acompañado, no es seguridad en mí misma de la que hablo, me refiero a la certidumbre, a la intimidad, a la amistad, a la familiaridad... a la certeza real de lo que me rodeaba. Hasta ese momento todo había sido conocido, aprendido por inercia. Cuando salía el sol por la mañana sabía lo que iba a hacer, a quién iba a ver, qué podía pasar... y, si algo no iba bien, tenía a mi familia para superarlo, para que me indicaran el camino correcto o, al menos, me aconsejaran sobre ello.

Ahora estaba sola. Sola y desamparada. No quería hacer un drama de aquello. Sabía que ese día llegaría y durante los últimos meses (malditos desastrosos meses) lo deseé con ganas. A pesar de lo que acabo de contar, siempre he sido una persona muy independiente. No me gusta que me agasajen, que me agobien o me manden. Prefiero ir a mi aire y no me he sentido nunca cómoda rodeada de desconocidos.

De todas formas, me notaba perdida. Me dije a mí misma que era normal todo lo que percibía e intenté convencerme de que el miedo no me removía el estómago, las ganas de vomitar eran nervios por todo lo que estaba por venir. Tenía 18 años. Iba a vivir sola, conocer la universidad, un mundo del que todos hablaban maravillas y yo estaba dispuesta a disfrutarlo al máximo. Después de todo... me lo merecía.

Agarré fuerte mi mochila color verde militar por las asas que tenía alrededor de los brazos y me animé. Me centré en pensar en positivo. La ciudad en la que me encontraba era extraordinaria, además, la conocía. Había pasado en ella muchas vacaciones y puentes en casa de mis abuelos. Casa en la que iba a vivir a partir de ahora.

Giré sobre mis pasos después de suspirar varias veces y coger aire dispuesta a aprender, a absorber todos los conocimientos que estaba segura podían darme unos estudios superiores que tanto había deseado. Llevaba años preparándome para aquello. Años soñando cómo sería, años luchando y estudiando para poder llegar a la universidad. 

Estaba aquí porque yo sola me lo había ganado. A pesar de lo mal que lo había pasado los últimos meses, lo había conseguido. Acabé el último año de instituto sin bajar mi nota media y superé con creces mis expectativas en la selectividad. Estaba orgullosa de mí y agradecía inmensamente a mis padres la confianza que habían depositado sobre su hija. Lo había logrado a pesar de todo, a pesar de él.

Levanté la mirada y me encontré rodeada de lo único que me había quitado el sueño las últimas noches. No conocía a nadie. Las caras desconocidas se sucedían unas detrás de otras y nada me resultaba familiar. Grupos de estudiantes se esparcían por el patio y subían por las escaleras. Me sentí pequeña e insignificante. Nadie parecía estar solo o sentirse tan extraviado como yo. Comencé a caminar en busca del aula donde se impartiría mi primera clase en mi primer día de universidad y comencé a tranquilizarme al darme cuenta de que nadie parecía apreciar mi soledad. Nadie reparó en mí en ningún momento. Nadie... excepto un par de ojos inmensos, acompañados de una bonita sonrisa, que me miraban con curiosidad. Traté de ignorarlo con elegancia (creo que no lo conseguí), aparté los ojos y los llevé al suelo a la vez que seguí caminando. Subí un par de escalones y giré la cabeza con cautela para comprobar si era tan guapo como me había parecido. Y sí, lo era. Y sí, me descubrió mirándolo porque él aun me miraba. Volvió a sonreír y movió la cabeza en un imperceptible saludo. Yo me ruboricé tanto que me quemaban hasta las orejas. Vaya por dios. Pillada.

Encontré la primera clase de Ideación Gráfica e Introducción al Proyecto Arquitectónico al final del pasillo de la primera planta. Aún no había mucha gente dentro del aula, así que pude elegir sitio fácilmente. No quise sentarme detrás aunque era lo único que me apetecía, esconderme para que nadie se percatara de mi presencia. Y no estaba preparada para la primera fila hasta saber muy bien con qué me enfrentaba. Así que me decidí por el centro. Anduve los pasos que me separaban del pupitre elegido y me senté, dejando mi maleta a un lado. Saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón vaquero y comprobé que no había llegado demasiado temprano. Todavía faltaban más de diez minutos para que comenzara la clase.



Estrella Correa

Editado: 09.01.2019

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