Cuando te acuerdes de mí

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EL INICIO

Tratándose de mí no creo que mi historia les resulte un tanto cliché, no sé cómo comenzar, ¿alguna vez les ha gustado alguien tanto pero no se dan cuenta hasta que lo pierden? Ya sé, puede sonar cliché, pero no, no lo es.

Cuanto tenía la tierna edad de seis años conocí al niño más perfecto, aun que yo apenas estaba en el preescolar, y cuando digo que era el más perfecto no me refiero a que era un niño guapo, no; era simplemente él.

Por alguna razón jamás fui una persona social, a esa edad había vivido más violencia que amistades y es justo eso lo que creo que me afectó, jamás tuve un grupo de amigas y si tenía una sola era por que tambien era una solitaria como yo. Pero en aquel prescolar el único que quería estar conmigo era él, Francisco… o como yo le decía, Pancho, éramos un dúo raro, hablábamos de temas que ningún niño de nuestra edad tocaba.

— ¿Te comes los mocos?— me preguntó un poco inseguro mientras caminábamos alrededor de una llanta.

—Responde tu primero…

—Yo si…

— ¡Yo tambien!— respondía al instante y los dos nos privábamos de risa, ¡ya sé! ¡Era asqueroso! ¡Pero vamos! Tenía seis años… comprendan.

Tiempo después salimos del prescolar y llegamos a la primaria, ¡seguíamos juntos! Y por si fuera poco seguíamos siendo los antisociales, solo que ahí la situación cambió un poco, porque a pesar de estar con mi mejor amigo, yo me enamoré perdidamente de otro chico… Ulises, y él enamorado de mi peor pesadilla, Geraldine… nunca supe porque ella era tan popular, ¡jamás hablaba! Y si lo hacía se ponía un pañuelo en la boca y susurraba, ¡era malditamente perfecta! Cabello castaño claro, perfecta piel blanca, ojos color esmeralda y peinado risueño que su mamá se tomaba el tiempo de hacer, a comparación de ella yo siempre he sido apiñonada, regordeta… y siempre me enviaba mi madre a la escuela con una coleta tan estirada que obligaba que mis ojos se rasgaran. Ella era la perfecta niña, mientras yo… era solo una niña invisible.

En fin, Pancho siempre se sentaba a mi lado y nunca me abandonaba, mientras yo observaba a Ulises perdida en un mundo de corazones la voz de Pancho me sacó.

—No quiero espantarte pero… tienes una araña en el hombro. —me dijo quitado de la pena al tiempo que coloreaba el ejercicio de la clase, ¡una maldita araña! ¡Mi gran terror!

— ¿Pu…. puedes…quitármela? —pregunté controlándome para no verme muy gallina frente a Ulises quien había escuchado lo que Pancho me había dicho.

—No te preocupes, yo me encargo. —respondió tranquilo y juntando sus dedos sacó volando a la araña al horizonte y continuó dibujando, ¡y fue ahí! Fue en ese preciso momento que lo vi, vestía un traje de príncipe y empuñaba una espada mirando al cielo estrellado, él se había vuelto mi príncipe.

Con el tiempo nuestra amistad se hizo más grande, cada vez que nuestras familias se encontraban los domingos en la iglesia hacíamos contacto visual desde donde estuviéramos y nos abrazábamos, él siempre me giraba en el aire y la verdad a mí me encantaba. Los años siguieron pasando y cuando llegamos a tercero de primaria a mis padres les entró la fiebre nómada, cuando cumplí los ocho años tuve que dejar mi escuela, mi hogar, el lugar y las calles que me vieron crecer y que tanto amaba pero, lo que más me dolió dejar fue a Pancho, no me importaba dejar la casa que mis papás rentaban pero ¡Pancho! Él era mi único amigo en el mundo, ¿Dónde encontraría a alguien más? Yo siendo un ser triste y solitario, ¿quién entendería lo rara que era?

Triste me subí al auto de mi papá y bajé la mirada para que el sentimiento no me encontrara, suspiré y me acosté en el asiento trasero.

—Ya verás que te gustará la nueva casa Lina, es rara… parece una gran torre, te sentirás como una princesa. —Intentó motivarme mi madre pero al verla noté que no sonreía, sabía que tenía problemas con Papá y me partía el corazón porque sabía que mi mamá era justo como yo, solitaria. Quería llorar, me mordía la lengua para evitar hacerlo porque mi padre odiaba que yo llorara, y cuando ya no pude más dejé escapar una lágrima ¡una sola! Y con eso bastó para que él empezara.

— ¿Ya vas a empezar a llorar otra vez? ¿Por qué no maduras Lina? ¡Siempre tienes que cagar todo! ¡Eres igualita a tu madre! —Mientras escuchaba de nuevo el mismo sermón que utilizaba cada vez que me regañaba intentaba controlar mi ritmo cardiaco, escucharlo gritarme era el peor sentimiento del mundo, sentía como si me arrojaran de un edificio sin fondo, así que cuando al fin se callaba yo prefería mirar por la ventana, ¡ansiaba crecer para irme lejos! Y así fue la primera experiencia mudándome de varias casas, estuve en cinco primarias diferentes y en ninguna tuve amigos, siempre sola… pero sobre todo siempre recordaba a Pancho, sin duda él me hubiera defendido de aquellas chicas que me golpeaban, o de aquellos abusivos que me tiraban jugo encima para que pareciera que me orinaba, pero tuve que acostumbrarme, vivir de esa manera.



Ann Ramírez

Editado: 28.01.2019

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