Cuentos y sueños de la Luna llena

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Cuento tres: él

Explicación del escenario.

Liliana se había mudado a unos edificios con su familia, le había tocado una habitación grandísima, tenía dos baños, uno de ellos tenía jacuzzi. Las paredes anaranjadas, una pintura vieja y casi descascarándose. En el suelo había mucho polvo y pedazos de madera vieja provenientes de algo desconocido. Había una gran ventana que le daba luz a la inmensa habitación. Aquella ventana estaba protegida por hierro pintado de blanco, y daba a la vista de otros edificios.

La habitación, en forma rectangular, tenía la puerta principal en un extremo de la parte más larga. Una de las puertas del baño se encontraba paralelamente a la puerta principal, y, entre ellos dos, en el extremo pequeño del rectángulo, estaba el armario, que, ocupaba toda la pared.

Del otro lado opuesto a la puerta principal, estaba el segundo baño, el cual, tenía una puerta blanca destrozada por los insectos.

La habitación estaba vacía todavía.

Inicio

Liliana había invitado al chico que le estaba vendiendo la casa, llamado Arturo, el cual conocía desde su infancia y estuvieron a punto de tener algo durante su adolescencia pero las cosas no se dieron. Arturo para este momento ya tenía novia, pero Liliana sentía que su amor por ella no era real.

Fuera de la habitación, se encontraban los constructores los cuales hacían su trabajo allí fuera puesto que la casa estaba casi en ruinas. Liliana dijo que ella y Arturo arreglarían la habitación por su cuenta, pero esas sólo eran excusas de ella.

Recogían la madera y barrían todo el polvo en silencio hasta que ella decidió hablar.

—Arturo, ¿Puedo hacerte unas preguntas? —él la miró seriamente sabiendo a lo que venía.

Los constructores se habían detenido a escuchar, puesto que sabían la historia de aquellos dos muchachos.

—Claro —dijo él. Arturo era algo extraño, solía ser muy extrovertido con la gente, pero con ella era tan callado y torpe. Ella se confundía pues no sabía cuál era su personalidad realmente.

—Pregunta número uno, ¿Por qué ella? —Lili se quedó mirándolo, él ni siquiera podía mirarla a los ojos. Durante varios meses él se había alejado de ella y gracias a la venta de la casa pudieron volver a hablar.

—No lo sé —expresó él. Tal vez se sentía incómodo respecto al tema, tal vez no quería que ella supiera.

—¿Por qué lo nuestro tuvo que terminar así? ¿Por qué tuvimos que dejar de hablar? —Arturo ya se estaba sintiendo incómodo, él se sentía culpable, ya que por su cobardía perdió a la persona que más quería. Él no supo que decir e intentó salir de la habitación, pero ella lo detuvo.— No. —le dijo ella mientras hacía fuerza contraria para que no se fuera— Al menos me merezco ésto— dijo con la voz entre cortada, ya no eran los mismos muchachos que hace un año, habían madurado. La diferencia entre estatura de esos dos muchachos era notoria, ella tenía que alzar la cabeza para encontrarse con sus ojos, pero él sólo miraba hacia la pared con un rostro inexpresivo.

En ese mismo momento alguien tocó la puerta, y al asomarse, Liliana pudo notar que se trataba de el supervisor, fue corriendo a avisarle a Arturo en voz baja, y le dijo que se escondiera en el baño con la puerta blanca, puesto que estaba prohibido que el vendedor se quedara a solas con el comprador.

Abrió la puerta y entró aquel señor amargado y gruñón llamado Heriberto.

—Veo que has adelantado mucho.

—Sí, así es, quiero limpiar todo rápido para mudarme aquí lo más pronto posible.

—¿Has visto a Arturo? —dijo y ella negó con la cabeza rápidamente.

—Dijo que estaría muy ocupado en esta semana. —Heriberto comenzó a caminar por la habitación. Caminó hacia el primer baño, abrió los armarios. Se quedó pensativo.

—Sí, seguro lo está. —Salió prontamente de la habitación. Liliana le observó hasta ver cómo salía de la casa y se dio cuenta que todos los ojos de los constructores estaban fijos en ella.

—¿No lo encontró? —preguntó uno preocupado.

—No.—Respondió y él respiró aliviado. Liliana fue corriendo al baño de puerta blanca que parecía que Heriberto olvidó. Al entrar cerró la puerta y encendió la bombilla.— Ya se fue. —Dijo ella, él rápidamente se puso frente a la puerta, agarró la cerradura y cuando estaba a punto de abrir la puerta ella habló.

—Última pregunta. Una que nunca respondiste. —Él aún sostenía la cerradura y ella estaba frente a su lado izquierdo.— ¿Aún sientes algo por mí?

Inmediatamente, él soltó la cerradura y, recostó su cabeza contra la puerta unos segundos, y sonrió para sí mismo para luego decir.

—Sí —su sonrisa no desapareció en ningún instante.



Andry L. Rodríguez

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En el texto hay: romance, cuentos de terror, ficciongeneral

Editado: 28.02.2019

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