Cupido S.A de C.V.

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APUESTA

Observar el techo del consultorio médico, se había vuelto habitual desde mi infancia. Me quedaba acostada en el sillón de la sala con la cabeza hacia atrás esperando que la consulta terminará. Aquel día, no fue la excepción. Me revisaron y me pusieron oxigeno. Poco a poco pude volver a respirar con normalidad.
─Tuviste suerte ─me dijo Pedro, quien en aquellos años solo era pasante de medicina. Su padre, quien era mi médico de cabecera checaba el oxigeno que estaba conectado a mi por medio de un montón de cables─. ¿Qué hubieses hecho si mi padre no te  hubiera llamado?
─Hubiera muerto ─respondí secamente sin quitar la mirada del techo─, pensándolo bien, hubiese sido mejor que no llamaras doc.

El doctor se acercó hacia mi y me vio severamente.

─Viendo que tu negro humor a regresado, imagino que te sientes mejor ─me dijo con amargura─ ponte de pie ya puedes irte.
─No le dirá nada de esto a mis padres,  ¿cierto?
─Debería, pero Pedro me pidió que no lo hiciera. Mey, conoces muy poco la ciudad, no deberías de estar sola por las calles ─me regaño.
─Ya lo sé, ¿puedo irme ya?
─Pedro te llevará a tu casa ─me respondió mi doctor mientras se sentaba detrás de su escritorio. Me puse de pie y me acerqué  a él y lo vi algo alarmada.

─¡No puede hacerlo doc! tengo que ir al estudio ─recalqué─, tengo mucho que practicar, estoy a solo unas semanas de la audición para el colegio de artes. 

─¿Colegio de artes? ─preguntaron ambos al unisono. 

─¿Por qué no nos hablaste de eso? ─me dijo Pedro, sentándose a mi lado. 

─No creí que fuera algo que les importara ─exprese encogiéndome de hombros.

─Mey, te conozco prácticamente desde que naciste. Tus padres, tu hermano, tus tíos, en fin, toda tu familia siempre me ha apoyado, gracias a ellos se lo que es tener una familia que no es de sangre, es obvio que nos interesa lo que pase contigo ─dijo el medico mientras me frotaba la cabeza. Sonreí con aprecio, hacia mucho que no me sentía querida por alguien ajeno a mi familia. Debo decir que eso, hizo que mi día dejara de estar tan nublado como en un comienzo. Faltaba muy poco para el medio día, eso solo podía significar que la primera sección de clases del estudio estaba por terminar. Sabía que estaba a tiempo para llegar a la segunda ronda, pero honestamente, no me sentía capaz de poder realizar los ejercicios de la practica. Aun así, mi terquedad me hizo ponerme de pie y rogarle a Pedro que me llevara al estudio.

─No puedes bailar ─, me dijo, como si no supiera eso de sobra.

─Puedo, pero soy consciente de que no debo hacerlo ─le respondí llevándome mi mochila a la espalda. El chico se muerde el labio y me quita la mochila, me sonríe y me ve con cariño. El doctor se acercó a nosotros y se tapo la boca ocultando una sonrisa.

─A veces no sé si eres demasiado despistada o demasiado inocente ─me dijo. 

Pedro me llevó hasta el estudio, en su auto es cual era demasiado vistoso. Para ser honesta, era algo irónico que una chica como yo, con aquellas vestimentas viejas y algo raídas, bajara de semejante coche acompañada por aquel joven, de vestimentas caras y porte de niño rico. No era para menos, un pasante de medicina, hijo de un reconocido medico de la ciudad, no era cualquier cosa. No fui la única que lo notaba. A penas baje del auto sentí el peso de las miradas de los alumnos que recién salían de la primera clase. Claudia salia del estudio acompañada por su grupo de clones que hacían todo lo que ella les decía. Pedro me acompaño hasta el interior del lugar y me dijo que esperaría hasta que terminara. Entre al salón, el cual por cierto estaba completamente vació, nadie había llegado. Eran exactas las doce de la tarde y la clase debía de dar inicio, pero la buena costumbre de muchas personas, la cual por cierto siempre me ha molestado, era que podían tomarse ya sean diez minutos como treinta. Mi puntualidad, ha sido algo que siempre he estado orgullosa de presumir. No había llegado nadie pero no me importó y comencé con los ejercicios de calentamiento. Pedro se había sentado en una de las butacas que estaban a un costado. Me sonreía sin quitarme la mirada de encima, lo cual estaba comenzando a ponerme algo nerviosa. Practicaba uno de los giros que mas se me complicaban, cuando las puertas se abrieron y asustada caí al suelo lastimándome el brazo, pues caí encima de este. El chico corrió hacia mí y me ayudó a ponerme en pie.

─¿Estas bien, Mey? ─Preguntó Miss Angélica, quien recién llegaba.

─Si, lo estoy ─respondí tratando de no hacer notar la vergüenza que tenia. Las alumnas habían entrado y habían sido testigos de mi caída. 

─Lo mejor sera que vayamos a casa, Mey. Has entrenado suficiente por hoy ─el chico me llevo de vuelta al coche sin que yo opusiera resistencia alguna. Se ofreció llevarme de vuelta a casa, y esa una oportunidad que, dada mi situación económica, no podía despreciar.

─Soy un asco, ¿verdad? ─comente mientras pegaba la cabeza al cristal de la ventana.

─Uhm, no conozco mucho de baile, pero te veías muy bien en la pista.

─Verse bien, no es lo mismo que hacerlo bien ─respondí con amargura─, tal vez deba darme por vencida con esto.



Mariiah Cisneros

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En el texto hay: desamor y amor, amistad, amistad y drama

Editado: 23.07.2019

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