Definitivamente, para Siempre (bilogía Para Siempre) Libro 2

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CAPÍTULO 29

AMALIA

 

Nunca había entrado a un centro de rehabilitación. En mi mente, eran sitios horribles, donde solo iban las personas con serios problemas de adicción y depresión, que estaban tan agotados de luchar por sí mismos, que al final terminaban rindiéndose a pedir ayuda.

Jamás imaginé ni por un segundo que acabaría yendo a un sitio de estos; aunque no fuera para mí.

Convencer a mi padre no fue tan difícil como pensaba, tuve que disuadirlo por algunos días, pero al final terminó aceptando a voluntad ir e intentar un tratamiento para mejorar.

Gracias a las influencias del prometido de Janet pude hacer que lo aceptaran, aunque faltara un día para el año nuevo. A penas pude dejarlo allí, le notifiqué a mi madre y a mis hermanos.

Con Harold la cosa fue más dura, pues todavía parecía reprochar; de forma sutil, que todo esto había sido culpa de mamá.

Apreté mis puños con fuerza cada vez que si quiera se atrevía a sugerirlo, y estuve a punto de hacer añicos el teléfono mientras le hablaba.

—Si tanto te preocupa papá, ¿por qué no estás aquí? Te das golpes de pecho por él, pero la única que se ha ofrecido a ayudarlo he sido yo. No seas tan hipócrita “hermano” —bramé enojada.

—Pediré unos días en la academia, es más, renunciaré si hace falta solo para que te calles, a mí sí me importa papá.

Bufé y giré los ojos, aunque sabía que no podía verme. Estaba bastante segura de que nadie de mi familia se apersonaría por el centro de rehabilitación. Odiaba que todo el peso de la responsabilidad hubiera caído sobre mis hombros, y no estaba segura si lo estaba haciendo por remordimiento de conciencia, o por amor, pero no lo iba a abandonar.

Volvería a Carolina luego del año nuevo, sin embargo, intentaría visitarlo lo más seguido posible hasta que supiera que estaba bien.

Por fortuna el centro no era el lugar lúgubre y deprimente que yo me había imaginado; en cambio, era un sitio bastante acogedor, con buenos profesionales a cargo, y los pacientes parecían personas normales.

Sentí un terrible nudo en la garganta cuando entendí que tendría que dejarlo ahí, y entonces comprendí lo mal que estaba y me sentí aún más enojada por haber dejado que mi padre llegara a ese estado, y haberlo abandonado.

Él no había sido el mejor esposo, pero sí había sido un buen padre para mí.

 

Ese mismo día volví a la casa y comencé a arreglar el gigantesco desorden que había allí. Parecía como si un huracán hubiera arrasado con todo hasta no dejar nada. Solté un suspiro largo y cansado, pues sabía que hacer eso me iba a llevar todo el día, y probablemente también el día siguiente.

De pronto mi celular comenzó a sonar, y automáticamente una sonrisa se formó en mi rostro al ver el identificador.

Era una videollamada, así que antes de responder intenté arreglarme todo lo que pude. Me parecía a cenicienta, con un moño gigante en la cabeza, la ropa hecha harapos y sucia hasta la punta de la nariz.

Lucas ya me había visto en todas mis fases y, aun así, sentía la necesidad de arreglarme cuando lo veía, como si fuera la primera vez.

—Hola amor, ¿cómo estás? ¿cómo está tu padre? —preguntó en cuanto me vio.

Yo dejé la escoba a un lado y me fui a sentar al sillón, que todavía seguía lleno de cosas. Le di un último vistazo a la casa antes de echar todo al carajo. Contrataría a no una, sino tres docenas de personas que lo limpiaran por mí.

—Estoy mejor, ya lo he dejado en rehabilitación y la verdad fue muy duro, no sé cómo haré para estar aquí y allá y trabajar, todo a la vez —me froté las sienes con los dedos y eché la cabeza hacia atrás, frustrada.

—¡Ey! No tendrás que hacer todo tú sola, sabes que estaré contigo siempre, ya encontraremos la forma.

Esbocé una nueva sonrisa al escucharlo, me animaba tanto hablar con él, lo único que odiaba era estar tan lejos, pero no podía dejar la casa sola hasta encontrar a alguien que se ocupara de ella. La propiedad seguía siendo de la familia, y no pensaba venderla, pues tenía la esperanza de que mi padre volviera en algunos meses, sano y rehabilitado.

—Te extraño tanto princeso.

—Adoro cuando me haces esos pucheros —dijo de pronto, y sentí como el rubor corría a mis mejillas.



Y.C. Socarras

Editado: 03.11.2019

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